El peregrinaje empezó en la estación del metro Etiopía, a eso de las 12 del día. La intención era clara: encontrar la cabeza de serpiente colosal que está adosada a los muros de un edificio colonial en el Centro Histórico de la capital. Específicamente, el Museo de la Ciudad de México, a unas cuantas cuadras del Zócalo.

Para nuestra sorpresa, a pesar de que era jueves al mediodía, el metro estaba atascado. Por alguna razón, la multitud de pasajeros iba en la misma dirección que nosotros. Andrey Núñez, doctorante en Ciencia Política de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se mostró claramente extrañado por la cantidad de gente: “Qué raro”, lo escuché musitar en más de una ocasión a lo largo del trayecto.

Le pedí que me acompañase en este peregrinaje urbano por la curiosidad común que tenemos por la historia de nuestro país. En este caso específicamente, porque ni él ni yo conocíamos esta cabeza colosal de Quetzalcóatl. Realizada hace más de 500 años sobre piedra volcánica, la pieza emerge de la esquina entre Pino Suárez y República de El Salvador. Es como si apenas asomara el hocico, colmado de colmillos afilados y coronado por escamas.

Muy pronto nos dimos cuenta de que varias personas se estaban bajando en la estación Zócalo-Tenochtitlan, que lleva a la plancha principal del Centro Histórico. Supusimos que habría algún evento especial o tal vez una marcha. Cosa extraña un 28 de diciembre, después de Navidad y de las demás fiestas de fin de año. Al bajar en Pino Suárez, nos dimos cuenta de que no era el caso.

Antes de salir del metro, hicimos una parada frente al Adoratorio de Ehécatl, la deidad mexica del viento. De acuerdo con los registros del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el nombre en náhuatl significa simplemente “viento”. Usualmente, además, “se le interpreta como una de las manifestaciones de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada”. Por ello, sin saberlo en ese momento, era una parada obligada en nuestra búsqueda por la pieza arqueológica colosal.

Frente al dios del viento

Esta pirámide se encontró originalmente durante las obras de construcción del metro capitalino. Se asume que era un templo a Ehécatl por la pieza que se encontró al centro del yacimiento, tallada durante el Periodo Posclásico mesoamericano (entre los años 1400 y 1521 de nuestra era). De hecho, el ideograma que representa a la estación Pino Suárez hace alusión a esta estructura, intacta desde hace más de 620 años.

Según el INAH, este centro ceremonial era tan grande que se extendía desde la calzada de Iztapalapa, al sur de la ciudad, hasta Tenochtitlan, la capital imperial, que se fundó donde actualmente se encuentra el Zócalo. Desafortunadamente, la mayor parte de los vestigios fueron destruidos durante la construcción del metro.

De acuerdo con Pedro Francisco Sánchez Nava, antropólogo de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) que documentó el proceso en los años 60, explica que los hallazgos fueron “numerosos” al excavar la actual estación:

[…] los vestigios correspondían a un conjunto de estructuras como adoratorios, habitaciones, cuartos […] y la estructura principal dedicada a Ehécatl.

(Sánchez Nava, 1984: 25-26)

Según el autor, había ofrendas con restos de diferentes animales, como loros, grullas y perros. En la actualidad, el adoratorio recibe al menos 54 millones de visitas al año. Algunas en consciencia; otras, que se lo encuentran casi por casualidad. Frente al dios del viento, a veces sólo queda guardar silencio mientras se recupera el aliento.

¿Quién era Quetzalcóatl y qué hacía?

Los mexicas no fueron los únicos en rendirle culto a la serpiente emplumada. Por el contrario, incontables espacios de culto fueron erigidos en su honor en todo lo ancho de Mesoamérica. Incluso los mayas, desde su propia cosmovisión, lo representaron como Kukulkán en su libro sagrado, el Popol Vuh.

Para la cultura mexica, sin embargo, Quetzalcóatl no sólo se representaba en la forma de una serpiente emplumada. En ocasiones se le mostraba como un hombre cuyas vestiduras se conectaban al reptil que zurcaba los cielos. Por ello, también, existió esta conexión como deidad del viento:

Tanto las más antiguas como las más recientes expresiones de esta figura divina suelen adoptar la forma de serpientes con plumas verdes o multicolores que ondean en el cielo al inicio de la temporada húmeda y cuyo vuelo trae la lluvia.

(Documenta Noticonquista, la plataforma de divulgación del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM)

En las diferentes representaciones que se realizaron en la época hay algunas coincidencias:

  • La serpiente emplumada tenía una versión antropomórfica (o en forma de humano).

  • Se le asocia a la figura de un viajero conquistador, que llegaría en algún momento para ser venerado en vida.

  • Es uno de los dioses más poderosos de los panteones mesoamericanos, asociado a la creación del universo y de la humanidad como la conocemos.

Debido al segundo punto, ha habido “discusiones apasionadas” —según las describe el medio— sobre si Hernán Cortés fue considerado como la encarnación de Quetzalcóatl a su llegada a América. Visto así, él sí que era un viajero conquistador.

El Centro sólo se entiende a sí mismo

Ni Andrey ni yo conocíamos en persona la cabeza de serpiente colosal. Aunque conocemos bien el Zócalo, y el circuito de museos obligados en la zona, por alguna razón esta pieza había pasado desapercibida.

Pensando en eso, abrimos Google Maps para seguir la ruta que la aplicación indicase. Caminamos a lo largo de Pino Suárez, que eventualmente —según indicaba el mapa— nos llevaría al Museo de la Ciudad de México. Sin embargo, ni siquiera la precisión satelital de punta puede descifrar los recovecos del Centro Histórico.

Llegó un punto en el que el mapa sencillamente no correspondía con la traza real de la ciudad. Comparamos más de una vez el camino marcado en azul en la aplicación con las calles que estábamos viendo, pero no tenían nada que ver: internet nos mandaba por un callejón bloqueado, mientras que el museo que estábamos buscando está en la esquina de dos avenidas populosas. Decidimos seguir caminando.

Cabe aclarar que no existe una única cabeza de Quetzalcóatl. De hecho, es probable que las que se conservan hasta la actualidad no se acerquen al grueso de representaciones en piedra que aludían al dios-serpiente. En la actualidad, esta pieza contrasta con “uno de los ejemplos más notables de la arquitectura barroca del siglo XVIII”, según lo describe la Secretaría de Cultura.

Esta construcción es uno de los múltiples casos de remodelación profunda que recibieron los edificios coloniales a lo largo de los siglos. Originalmente, fue una encomienda de un primo de Hernán Cortés, que mandó construir su propio palacio en 1528, tras la caída de Tenochtitlan. Incluso desde entonces, los arquitectos decidieron conservar la cabeza de Quetzalcóatl como un recordatorio de la gran civilización que ahí había florecido.

Aquel que muestra los colmillos

Siglos más tarde, el arquitecto español Francisco Guerrero y Torres se encargó de remodelarlo por completo. Bajo este nuevo proyecto, recibió el nombre de Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya. Hoy se le conoce como Museo de la Ciudad de México y sigue siendo un ejemplo magnífico de sincretismo: la cabeza de Quetzalcóatl todavía asoma el hocico.

A pesar de que la pieza es pesada y mide unos 50 centímetros de alto, fácilmente pasa desapercibida. Entre los vendedores con diablitos, motocicletas y hordas de gente que cruzaban Pino Suárez, Andrey y yo no la vimos: parece deslizarse entre los pies de los transeúntes. Justo a la mitad de la calle, en el último rincón de la esquina, lo vi: “Ahí está”.

El paso de decenas de personas imposibilitó que pudiésemos tomar mejores fotografías, pero la cabeza colosal de serpiente no se inmutó. Después de varios minutos de intentarlo, sólo nos quedamos viéndola. Incluso después de siglos, sigue mostrando los dientes, a través de los que ondea su lengua bífida. Tal vez, si se escucha con atención, se puede percibir aún su exhalación pesada.

Todo termina en el Mictlán

Las peregrinaciones no terminan al llegar al lugar sagrado. Por el contrario, quienes emprenden ese camino deben de volver sus pasos hasta su punto de partida. Y así lo hicimos. Al salir de las fauces del metro, en la estación Etiopía, caminamos un rato en silencio hasta llegar al Mictlan.

Según las escrituras sagradas mexicas, Quetzalcóatl descendió al inframundo para enfrentarse con Mictlantecuhtli, el señor de los muertos. Nosotros quizás no bajamos al reino de las sombras, pero sí hicimos una parada debida en Mictlan, Antojitos Veganos: un restaurante transincluyente en la colonia Narvarte, que conserva la esencia prehispánica con un tzompantli en su pared principal. Todo termina en el Mictlan.