Si toda la vida has sentido que estás buscando algo que no sabes exactamente qué es, que la vida tiene un sentido profundo que aún falta descubrir o que existen muchas cosas en tu cabeza por resolver y te llama la vida sencilla, el regresar a lo esencial, quizás el Camino de Santiago tiene las respuestas que buscas.
Un camino que tiene más de mil años y que está cargado de un enorme significado se ubica en varias zonas de Europa, que convergen en Santiago de Compostela, donde está enterrado el apóstol Santiago. Antiguamente se convirtió en un peregrinaje que hacían las personas por indulgencia, redención espiritual, perdón de pecados y otros motivos religiosos, pero hoy las razones para hacerlo son mucho más amplias. Con el tiempo, sufrió los embates de guerras, reformas, pandemias y cambios religiosos, pero permaneció, y sigue funcionando, adaptándose a las épocas que lo atraviesan.
Hoy en día es un espacio de reencuentro, ya sea con Dios, con la espiritualidad, o con uno mismo. Existen aproximadamente 10 caminos distintos, siendo el Camino Francés el principal y más transitado, ya que cuenta con muchos más servicios que los otros. Lo pueden realizar personas de todas las edades, religiones, orígenes y estados físicos. Se puede hacer a pie, a caballo o en bicicleta, aunque caminar es lo más frecuente.
En el Camino de Santiago la rutina es la misma todos los días: levantarse temprano, vestirse, salir, desayunar fuerte y caminar. Durante muchas horas lo único que debes hacer es caminar, por el medio de paisajes increíbles, así como lugares y personas memorables, y seguir las flechas amarillas que demarcan la ruta. No sabes qué hay después, cada paso es una aventura, y al llegar al límite del día toca buscar albergue (o haberlo reservado anteriormente si es uno privado), cambiarte los zapatos por sandalias y salir, con los pies adoloridos pero un calorcito especial en tu corazón, a comer un buen menú del peregrino para reponer tus fuerzas. Después, lavarás tu ropa del día y conversarás con otros peregrinos en el albergue, para conocer historias fascinantes de personas de todas partes del mundo.
Parece sencillo, pero el encanto que tiene el camino radica justamente allí, en lo sencillo. En el camino eliminas el ruido cotidiano, las decisiones permanentes, el hacerte cargo de todo y el estar casi todo el día mirando una pantalla. Entre los bosques mágicos de Galicia, los pueblitos medievales, el paisaje bucólico y el “bon camiño” de los otros peregrinos, que te van dando fuerzas extra, no existen pantallas, y las redes sociales pierden toda su importancia. Lo único que debes hacer y lo único que importa es, simplemente, caminar.
Y ese caminar es un espectáculo en sí mismo porque, si bien hay trechos más urbanos que no tienen mayor relevancia, gran parte del camino se hace por el medio del bosque. Y cuando estás caminando entre árboles ancestrales, con el sonido de los pájaros, sin música, ni notificaciones del teléfono, ni noticias, ni preocupaciones, de repente ya no te apuras, ya no buscas llenar tu mente con mucho contenido y conectas con algo que normalmente no escuchamos, es algo que está tapado por el ruido exterior. Juan Ramón Jiménez lo explicó muy bien cuando dijo: “No corras, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo”.
Y vuelves a ti mismo, y te das cuenta de que eso es justamente lo que te faltaba. Liberarte de las necesidades, distracciones y expectativas del mundo actual, y volver a enfocarte en lo importante: tú. Los peregrinos a veces llegan caminando extraño por los variados dolores que van apareciendo en los pies, pero siempre están con una sonrisa en la cara, porque aunque duelan los pies cumplieron con el objetivo del día: caminar. Y en ese proceso también disfrutaron de paisajes abrumadoramente hermosos, conversaron con peregrinos que les contaron sus historias, se dieron tiempo para conectar con su cuerpo, para tomar una pausa, para disfrutar de la comida local y para volver a sí mismos. También, conocieron lugares que parecen de otro mundo, como la Iglesia de San Nicolás en Villafranca del Bierzo, un castro celta o el monasterio de Samos, entre muchísimos otros. Tienen preocupaciones, claro, pero son solo dos: el dolor de los pies y si colocaron el peso correcto en su mochila.
Porque hay algunas reglas, generadas por siglos de personas haciendo el camino. La primera es que la mochila no debe pesar más del 10% del peso corporal del peregrino. La segunda es que nunca se deben estrenar zapatos en el camino, siempre hay que ir con los que son más viejos, cómodos y amoldados al pie. Debes conseguir tu credencial del peregrino en casi cualquier lugar del camino e irla sellando en cada pueblito. Y, por supuesto, debes respetar a los otros peregrinos, a los espacios donde pasas y a toda su gente. También, debes caminar al menos 100 kilómetros si vas a pie o a caballo, o 200 si vas en bicicleta, para obtener la Compostela, que sería algo así como tu diploma por haber logrado el desafío.
Llegar a Santiago de Compostela es un momento profundamente emocionante, se ve a los peregrinos acostados en el suelo llorando de emoción, aun si llueve, o saltando y abrazándose por toda la Plaza del Obradoiro, el fin del camino. Pero antes de llegar hay sentimientos encontrados: por un lado estás cansado y feliz de haber logrado el objetivo, pero por el otro lado el camino ha echado raíces en ti, te ha hecho conocer una paz que nunca habías vivido, te dio la emoción de hablar con otros peregrinos quienes, vuelvas a ver o no, dejaron una huella imborrable en ti y también el camino te demostró que eres capaz de lograr grandes cosas.
Antes de llegar al final ya extrañas tu día tranquilo, sin mirar el teléfono más que para sacar fotos, de no saber qué viene después, de conocer gente genial, de comer divino y de vivir algunas de las experiencias más lindas de tu vida, y entonces la llegada es agridulce, porque estás feliz de llegar, pero también estás triste de que haya terminado. Allí, realmente, te das cuenta de la metáfora que implica el Camino de Santiago sobre la vida: no se trata de la meta sino de disfrutar el camino.















