Estoy sentada en la oficina que ha sido mi lugar de trabajo durante los últimos 15 días. Me encuentro a dos horas de Nicaragua y cruzaré el país para llegar a Puerto Viejo de Talamanca.
Hace seis meses me hablaron de Costa Rica y empecé a verlo como un destino que no había considerado antes. Una amiga que conocí en México ha vivido aquí los últimos tres meses. Sus fotos se veían increíbles, llenas de verde, tan parecidas a los paisajes del bosque nublado de Mindo, en Ecuador. Varias personas que había encontrado en mis viajes mencionaban constantemente Costa Rica y yo quería unirme a esa experiencia. Veía las historias de Instagram de mis conocidos y empezaba a imaginar lo que sería “pura vida”.
Postergué el viaje por varios motivos que se convertían en excusas para no elegir una fecha. Terminé comprendiendo que solo dependía de mí elegir el momento y el destino. Mi plan original era hacer un road trip desde Colombia y recorrer los lugares que me faltaban de Latinoamérica. Finalmente, compré un vuelo directo a Costa Rica desde mi ciudad y, pocos minutos antes de ingresar al counter para entregar mi maleta, compré el vuelo de regreso.
Llevaba un tiempo sin viajar sola ni elegir destinos nuevos y decidí emprender una nueva aventura en un lugar que varias personas habían marcado como un camino. Tomé el avión y desde los primeros minutos empecé a crear conexiones. En la escala del vuelo de Panamá conocí a una señora de nacionalidad costarricense que venía de un viaje en el que visitó Ecuador. Ambas haríamos el intercambio cultural en nuestros países correspondientes. Conversamos sobre su experiencia en Quito, yo buscaba recomendaciones sobre Costa Rica. Fue muy amable desde el primer momento y ofreció llevarme hasta el terminal donde debía tomar el bus a mi destino: Guanacaste, playa Flamingo.
Apenas entré al bus, un costarricense se acercó para contarme de su país y su relato me acompañó durante todo el camino. Contemplé árboles hermosos, milenarios y llenos de colores. Podía apreciar el cambio de la vegetación y de las condiciones ambientales.
El autobús hizo una parada a mitad del camino y me pareció un lugar sorprendente. Se encontraban una tienda, baños y comedor ―como se podría encontrar en cualquier otro sitio―, pero a un lado había una pequeña reserva de aves en la que contemplé diversas especies de pavos reales de todos los colores: blancos, turquesa y uno que tenía manchas negras y blancas en su plumaje.
Continuamos el recorrido y yo observaba atentamente cada pueblo, cada vuelta del autobús hasta adivinar la parada de mi destino. Pude ver los pisos climáticos, los diferentes ecosistemas. El cambio de la ciudad a la selva y al bosque seco. Me preocupaba constantemente mi parada; miraba con ansias el exterior de mi ventana, intentando averiguarla. Pregunté a varios pasajeros y después de cinco horas de viaje, cuando el bus se detuvo, descubrí que era la última.
Bajé cuando no quedaba nadie más y crucé la calle para arribar al hotel donde gestionaría las redes sociales y crearía contenido a cambio de alojamiento y alimentación. La entrada no era tan prometedora, tal y como la que había visto en las fotos. Me recibió una amable señora que me mostró mi habitación: un dormitorio privado frente a la piscina, a diferencia de lo que había recibido en otros voluntariados.
Un chico apareció en el camino y me saludó con un acento argentino. No lo volvería a ver hasta el día de su partida, salvo por un breve encuentro en el que me señaló el lugar del refrigerador. Había viajado preparada para el clima de Quito y el aire acondicionado del bus me mantuvo en una temperatura adecuada para mi vestimenta, pero en cuanto llegué a la habitación comprendí que el calor sería un reto durante el viaje. Adecué mi rutina para trabajar en las mañanas, descansar al mediodía y salir en la tarde. Justo a tiempo para el atardecer. Encontré mi lugar favorito para contemplar los árboles: una silueta de ramas secas que adornaban el sol y la luna en sus respectivos turnos. El árbol crecía dentro de un terreno con ganado. Eran vacas blancas, propias de la Costa y una de ellas llevaba una rama de árbol en su cuello. Con el tiempo comprendí que era parte de una curación.
El hotel estaba a pocos metros de la playa, por lo que podía caminar sin dificultad hasta el mar, salvo por la carretera, que carecía de iluminación en la noche y de una acera para los transeúntes. Sabía poco sobre la seguridad del lugar en el que me hallaba. Me habían dicho que podía caminar tranquila, pero, como mujer en Latinoamérica, la premisa es siempre tener más cuidado del necesario.
Empecé a recorrer la zona, explorar los lugares cercanos, supermercados, sitios para comer. Todo era extremadamente caro. Los precios triplicaban los de mi país, por lo que seguí caminando hasta que encontré una pizzería con gelatos. Pedí una pizza de papa; no imaginaba cómo sería, pero mi hambre me ordenaba ingerir la mayor cantidad de carbohidratos posible. Estaba deliciosa. Conversé con la chica que atendía el local, una joven con mirada profunda, resultado de una mezcla entre padre italiano y madre israelí, viviendo en Costa Rica.
Conversamos y supe que era mi tercera amiga del viaje. Estaba muy agradecida por las personas que había encontrado en el camino. Pocos días después, decidí salir a tomar un cóctel, pero la zona en la que me encontraba era principalmente residencial y no había turismo en temporada baja. Me costó construir un ambiente en el que pudiera hacer más amigos, aunque tenía su encanto y comodidad.
La búsqueda del cóctel me llevó a otra pizzería, donde tuve que pedirle a la mesera que me explicara en qué consistía un refresco natural. ¿Era una gaseosa de fruta? ¿Algún tipo de bebida especial de la zona? Me supo indicar que era simplemente un jugo. Decidí pedir el de “pitahaya”, que en mi país se pronuncia “pi-ta-ja-ya” pero en Costa Rica respetaban la “h” muda. Ese elemento fue el que me llevó a conversar con la dueña del local y que me regalara un limoncello. También abrió mi curiosidad por explorar Nicaragua, su país natal. En ese momento, las fechas estaban justas, por lo que limité el tiempo de mi voluntariado a explorar las playas cercanas. Cada recorrido me llevaba al otro extremo de la bahía. Desde Potreros hasta Conchal, desde Tamarindo hasta las Catalinas.
Cada día exploraba un lugar nuevo: empecé por la playa más cercana de Flamingo, continué hacia la Marina ―inspirada en una ciudad italiana de 1925―, recorrí sus playas privadas en las que la arena daba un salto hacia el océano e incluso ingresé a una residencia de la Marina en busca de un mirador. Era época de mangos y los árboles cubrían las aceras para brindar sombra a quienes las habitaran. En una de mis caminatas encontré un pequeño mango que me permitió saborear la vida en Costa Rica y las sorpresas del camino.
Mi lugar favorito de exploración fue sin duda Conchal: una playa en la que la arena se convertía en conchas y viceversa. Llegué en transporte público desde Flamingo hasta Brasilito. Recorrí las tiendas de souvenirs y descubrí la imposibilidad de comprar algo por el sobreprecio. Caminé por la playa hasta que divisé la entrada de la reserva de Conchal: un arco de árboles hermoso que daba la bienvenida a la playa de conchas, como lo indica su nombre.
El panorama era impresionante: la arena blanca, el borde de las playas custodiado por árboles, el agua absolutamente turquesa y cristalina. Era el paraíso costero. Estaba anonadada por tanta belleza; intenté capturar en mi cámara el esplendor del atardecer, la tibieza de sus aguas y la abundancia de su arena. Muchos turistas nadaban en el mar mientras yo contemplaba. Pronto volvería a tomar mi baño de agua salada.
El atardecer se marchó y la noche marcaba el regreso a mi lugar de residencia. La noche cobijaba el lugar y daba cabida a personas bebiendo alcohol que me daban una sensación de inseguridad. El bus no pasaba. Había múltiples taxis que me ofrecían un recorrido, pero tampoco me generaban la confianza necesaria. En mi búsqueda de un lugar iluminado encontré una tienda, con la particularidad de que tenía un área de refrigeración para conservar las frutas, algo que no ameritaba el clima de Ecuador ni de ninguno de los lugares que había visitado antes.
Compré un pepinillo, pedí instrucciones para llegar y esperé mientras el bus pasaba. No pasó, por lo que decidí optar por un servicio de taxi colectivo que me llevó rápidamente a mi hogar temporal. Mi segundo lugar favorito fue Tamarindo: un ambiente totalmente distinto al que tenía todos los días en Flamingo. El espacio tenía vida, estaba completamente habitado y en celebración continua. Personas de todas las edades y nacionalidades caminaban por la playa, charlaban y danzaban al son de los loros que se preparaban para dormir en la copa de un árbol.
El mar se sentía distinto, también la arena. Caminé por la playa hasta que tuve el privilegio de contemplar un show de fuego. Fue impresionante; era la primera vez que veía algo de ese estilo. Fuego alrededor de cuerpos tatuados e impregnados de alguna sustancia que evitaba que se prendieran en llamas. Vestimenta negra que jugaba con las sombras del incendio controlado. La chica se movía con la misma gracia y velocidad que las llamas, bailaba con un hula-hula, luego dos y llegó a balancear tres hulas encendidos en fuego. Se unió su compañero que llevaba espadas prendidas, de las que desprendían chispas hasta formar un arcoíris incandescente que irradiaba luz abrasiva. Era magia, sin duda.
La diferencia entre un lugar y otro era tan radical que generaba la impresión de que todas las personas habían abandonado Flamingo para dirigirse a Tamarindo y era ahí donde habitaban. Las tiendas parecían haber sido extraídas de una portada de revista o una serie de televisión. Eran perfectas, absolutamente hermosas y con miles de artesanías por comprar. Me llevé un vestido, un pantalón y una blusa. También compré una camiseta de turista que promovía la “pura vida” y un perezoso para que me acompañara en el camino a casa.
Otro descubrimiento de la zona fue el pueblo de Potreros: un pequeño recinto que se hallaba a media hora caminando desde Flamingo, al igual que la mayoría de atractivos. Llegué en búsqueda de un mar tranquilo, libre de barcos para meterme a nadar. Encontré una clase de yoga al atardecer, con vistas al mar que fueron un regalo del océano, además de varios bares a los que prometí volver.
Mi tiempo en el hotel estaba por terminarse y mis ganas de conocer otra zona del país crecían de manera desmedida, pero necesitaba despedirme. Volví a todos los lugares a los que había prometido un regreso: las arenas de Conchal para probar sus olas, la Marina de Flamingo para capturar su belleza europea en una fotografía y los bares de Potreros en el día de karaoke.
El último destino en Potreros fue algo accidentado. El karaoke tenía escenario y era un ambiente que parecía sacado de una película de Hollywood ambientada en Texas. Todas las canciones eran en inglés, todos los visitantes eran de Estados Unidos y por unos segundos sentí que no estaba en Costa Rica. Pasé a cantar mi canción con tanto entusiasmo que tropecé en el escenario y torcí mi pie. Pensé que el recorrido había acabado; no podía moverlo y quizá sería necesario reprogramar mi viaje a Ecuador. Afortunadamente, el dolor pasó pronto.
Al día siguiente volví a las Catalinas para ver, una vez más, otra ciudad italiana construida para el turismo. El propósito del trayecto de regreso era ver un mapache como habíamos hecho en la ocasión anterior, pero lo que encontramos fue un pequeño felino al que decidimos dar un hogar y llamar Mapache. Esto ocurrió la noche previa a que dejara el alojamiento. Cuidé de Mapache mientras estuve en el lugar y luego lo entregué a mi anfitriona, quien había tenido la idea de adoptarlo. Esa noche estuvo llena de vida: divisé un oso hormiguero o tamandúa, un zorrillo y escuché un sinnúmero de pájaros. También escuché a los geckos o salamandras blancas, propios de la región de Guanacaste, que emiten un sonido similar al trino de un pájaro y brindan melodía a la noche.
Aquella velada comprendí que “pura vida” se refería no solo a un estilo de vida, sino también a toda la flora y fauna que son parte del país en su riqueza natural. Partí al día siguiente con un nuevo rumbo al otro extremo del país. Pronto descubriría el Caribe.















