Hay fiestas que duran un día, otras una semana.
Y hay una que parece durar toda una vida. No porque sea eterna, sino porque quien la ha vivido una vez la lleva consigo para siempre.
Esa es la Feria de Abril de Sevilla, que este año, por caprichos del calendario, se ha celebrado en pleno mayo, del 4 al 11.
Pero ni el cambio de mes ni los tiempos modernos han podido diluir la fuerza de un rito que convierte la ciudad en otra cosa: un lugar suspendido entre la memoria, la celebración y el arte de vivir.
Cuando llega la primavera a Sevilla, algo profundo se agita en la ciudad.
El aire se espesa con el aroma del azahar y el polvo leve del albero. Las farolas de gas de los siglos pasados ceden el paso a más de 200000 farolillos que parecen alumbrar un universo paralelo.
Durante una semana, la capital andaluza deja de ser un destino turístico y se convierte en un mundo aparte, regido por sus propios ritmos, códigos, vestimentas y rituales.
Para entender la Feria de Sevilla, no basta con asistir. Hay que entregarse.
La Feria no es un evento, es una experiencia que se vive con todos los sentidos, con todos los órganos, con toda la memoria y la herencia que una ciudad como Sevilla es capaz de convocar en su gente.
El origen de una celebración desbordada
La Feria de Sevilla tiene un origen más modesto de lo que su fastuosidad actual podría sugerir.
Fue en 1847 cuando Narciso Bonaplata, un industrial catalán, y José María Ybarra, un político vasco, propusieron la idea de una feria agrícola y ganadera. Lo hicieron desde una visión práctica: dinamizar la economía local. El 18 de abril de ese año, en el Prado de San Sebastián, se inauguró la primera edición con apenas 19 casetas.
Pero, como ocurre a menudo en el sur, la economía pronto se vio superada por el arte de la fiesta.
Lo que empezó como un mercado de ganado se transformó con rapidez en una celebración popular. La música, el vino, el cante y el baile ocuparon el espacio de las transacciones, y Sevilla decidió que había nacido algo más importante que una simple feria: su semana grande.
En 1973, la Feria fue trasladada a su actual ubicación en el barrio de Los Remedios, donde se levanta el llamado Real de la Feria, una ciudad efímera que cada año se reconstruye con precisión obsesiva.
Más de 1000 casetas, calles bautizadas con nombres de toreros ilustres y una portada monumental distinta en cada edición conforman este escenario donde todo, salvo el olvido, es posible.
El Real: entre lo privado y lo popular
El visitante que llega por primera vez a la Feria suele encontrarse con una paradoja: un espacio lleno de gente, música y color, pero donde la mayoría de las casetas son privadas.
Este es uno de los rasgos más característicos de la Feria de Sevilla y, a menudo, también uno de los más malinterpretados. Cerca del 85 por ciento de las casetas pertenecen a familias, peñas, asociaciones o empresas, y su acceso se realiza mediante invitación.
Sin embargo, reducir esto a una cuestión de exclusividad sería no entender el alma andaluza.
En Sevilla, las casetas no se cierran por clasismo, sino porque muchas se sostienen gracias al esfuerzo colectivo de grupos familiares o sociales que las mantienen año tras año.
No son clubes privados, sino casas efímeras que reflejan la intimidad y la herencia de quienes las habitan. Y, como buena casa andaluza, siempre tiene la puerta entreabierta a quien llega con respeto, alegría y ganas de compartir.
En realidad, ser invitado a una caseta no es tarea difícil: basta la cercanía, la simpatía o simplemente dejarse llevar.
Sevilla no presume de su Feria para guardársela, sino para compartirla. Porque si hay algo que define al alma andaluza, es la hospitalidad: ese arte de hacer sentir a cualquiera como en casa.
Además, existen numerosas casetas de acceso libre (las de los distritos municipales, sindicatos, partidos políticos y otras instituciones, por ejemplo) en las que cualquiera puede integrarse al ambiente festivo.
En todas, sin excepción, se repite el mismo ritual: mesas de jamón ibérico, tortilla de patatas, alegría desbordada, trajes de gitana que giran como remolinos y voces que se elevan al grito de "¡Olé!" bajo el cielo iluminado del Real.
Aquí no hay más distinción que la del compás y el buen humor. Sevilla, orgullosa de su cultura y sus tradiciones, acoge con los brazos abiertos a quienes vienen con ganas de conocerla y, sobre todo, de respetarla.
Porque la Feria no es una postal folclórica: es una expresión viva de lo que somos. Y eso, en el sur, se comparte.
El traje de gitana: icono de identidad
El traje de gitana es uno de los elementos más llamativos y simbólicos de la Feria.
No se trata de un disfraz ni de una simple prenda típica: es una manifestación estética de la identidad andaluza y, particularmente, sevillana.
Con sus volantes, lunares, escotes, mantoncillos y peinetas, el vestido no solo embellece, sino que transforma.
Las mujeres que lo llevan lo hacen con una seguridad que bordea lo místico. “Se camina distinto con el traje puesto”, pienso yo. Y es cierto. Hay algo en la verticalidad del porte, en la cadencia del andar, que convierte el paso por la Feria en una coreografía continua.
El diseño del traje evoluciona cada año como lo haría la alta costura: hay tendencias, nuevos cortes, debates entre lo tradicional y lo moderno. Pero todos respetan su esencia: abrazar el cuerpo y celebrar el movimiento.
El colorido es infinito, pero el rojo, el verde, el negro y el blanco siguen dominando el espectro. En los hombres, la vestimenta también cuenta: traje corto, sombrero de ala ancha y botas camperas se convierten en vestigios vivos de la Andalucía ecuestre.
El flamenco: corazón sonoro de la feria
Aunque la Feria no es oficialmente un festival de flamenco, el arte jondo la habita como un latido subterráneo.
Las sevillanas (esas cuatro coplas con palmas, giros y acompañamiento de castañuelas y guitarra) son las protagonistas del baile. Todo sevillano sabe bailarlas desde pequeño, y quien no, aprende por ósmosis en una caseta cualquiera, guiado por la gracia de una compañera o la paciencia de un anfitrión.
Pero más allá de las sevillanas, la Feria resuena con cantes por rumbas, fandangos, bulerías e incluso con incursiones más modernas del flamenco-pop.
Algunas noches, en ciertas casetas, pueden escucharse cantes por soleá o seguiriyas en un rincón improvisado. Porque la Feria, aunque exultante, no es ajena a la profundidad.
El alumbrado: encender el alma de la ciudad
El momento más simbólico de la Feria es, quizás, el del alumbrado.
A medianoche del lunes, miles de personas se congregan frente a la portada monumental (una estructura que cada año se diseña inspirada en algún elemento arquitectónico, cultural o histórico representativo) para presenciar el encendido de las bombillas que dan inicio oficial a la fiesta.
En ese instante, Sevilla entera parece contener el aliento. Luego, una explosión de luz inunda el Real y el bullicio se convierte en clamor.
Es como si la ciudad renaciera, como si todas las penas quedaran suspendidas por unos días en favor del gozo compartido.
Comer y beber en la Feria: un arte en sí mismo
No se puede hablar de la Feria sin mencionar su gastronomía: aunque la carta es sencilla, su ejecución es impecable.
Las tapas se sirven sin pretensión pero con maestría: montaditos de pringá, chocos fritos, gambas, tortilla, salmorejo, ensaladilla.
El rey indiscutible sin duda es el pescaíto frito, que protagoniza la noche del lunes, conocida como la noche del pescaíto, una especie de prólogo no oficial para sevillanos de pura cepa.
Para beber, el rebujito se impone como la bebida identitaria: una mezcla de manzanilla con refresco de lima-limón, servido con hielo en jarras grandes. Refrescante, ligero al primer trago... pero traicionero a largo plazo. Su efecto no está tanto en el alcohol como en el ritmo con que se consume, casi sin querer.
Los caballos: elegancia en movimiento
Cada día, al llegar el mediodía, la Feria se llena de un ritmo distinto: el de los cascos marcando el paso sobre el albero, el traqueteo elegante de los carruajes y el murmullo admirado de quienes se detienen a mirar.
El paseo de caballos no es solo una de las estampas más bellas del Real: es una muestra de arraigo, de tradición viva, y de una estética que forma parte esencial del alma andaluza.
Aunque pueda parecer un desfile espontáneo, en realidad está perfectamente organizado.
Para participar en él se requiere un permiso previo, cumplir unos horarios determinados y respetar un reglamento estricto coordinado por el Ayuntamiento de Sevilla.
Todo está medido para que la circulación fluya con seguridad, orden y respeto por todos los que comparten el espacio de la Feria.
Los jinetes, vestidos de corto, y las amazonas, con sus trajes impecables, forman parte de esta coreografía diaria que convierte las calles del Real en un escaparate de elegancia tradicional.
Caballos andaluces perfectamente cuidados avanzan con paso firme entre las casetas, y los carruajes (desde calesas hasta berlinas históricas) contribuyen a una atmósfera casi mágica.
Lejos de ser un simple adorno, este desfile ecuestre es una de las manifestaciones más queridas de la identidad sevillana. En él se entrelazan la historia rural, el gusto por el detalle y la pasión por una cultura que se transmite de generación en generación.
Durante esos momentos, la Feria parece detenerse para rendir homenaje a una forma de vivir que conjuga belleza, respeto por las costumbres y amor por lo nuestro. Porque en Sevilla, la tradición no se repite: se celebra.
La otra cara de la feria: emoción, identidad y reencuentro
Más allá de la música, los volantes y el bullicio, la Feria de Sevilla es también un territorio íntimo donde suceden cosas que no siempre se ven, pero que se sienten.
Es el reencuentro anual de familias que viven lejos, el punto de reunión de amigos que no se ven desde hace meses (o incluso años), la ocasión para celebrar lo vivido y dejar atrás lo difícil.
Muchas de las casetas, aunque parezcan al visitante una fiesta continua, están cargadas de pequeñas historias: una abuela que lleva 40 años preparando el primer plato de tortilla, una pareja que se conoció bailando sevillanas en la esquina de la calle Joselito el Gallo, un niño que aprende a montar a caballo por primera vez vestido de corto.
La Feria también es escuela de vida para muchos jóvenes andaluces que aprenden a convivir, a compartir, a organizarse en comunidad. Desde pequeños, forman parte activa de esta celebración: ayudando a montar la caseta, sirviendo bebidas, tocando la guitarra o simplemente aprendiendo a moverse al compás del cante.
Y está, por supuesto, la dimensión emocional: esa que activa los recuerdos más profundos de la infancia, del primer traje de flamenca, del primer rebujito, del primer amor al abrigo de una canción por sevillanas.
La Feria no solo entretiene: emociona, arraiga, deja huella.
No es raro que muchos sevillanos digamos que la Feria "nos da la vida", y no es una exageración.
Durante esa semana, Sevilla se multiplica: en orgullo, en belleza, en sentido de pertenencia. Es una celebración de lo que somos, de nuestras raíces, de nuestra manera de mirar el mundo con alegría, con arte, con respeto.
Porque al final, la otra cara de la Feria no es la que se ve, sino la que se siente. Y esa, sin duda, es la más verdadera.
Epílogo: una Sevilla que se multiplica
Al final de la semana, la Feria se apaga.
El domingo siguiente, con los fuegos artificiales sobre el Guadalquivir, la ciudad vuelve a su ritmo habitual.
Pero algo queda en el aire. Quizás el eco de una sevillana, la estela de un volante rojo, el sabor de un brindis compartido entre desconocidos.
Porque la Feria de Sevilla no es solo una fiesta. Es un espejo en el que la ciudad se mira a sí misma y se reconoce, año tras año, como un lugar donde la belleza, la tradición, la comunidad y la alegría siguen siendo posibles.
En tiempos donde el mundo parece ir demasiado deprisa, la Feria nos recuerda que hay días que no se viven, se bailan.















