En la escuela nos enseñan sobre las culturas antiguas de la costa: Manteña, Jama Coaque, Valdivia y Chorrera, pero todo suena tan lejano desde un aula de clases entre las montañas de la capital, que jamás imaginé caminar entre los vestigios de una cultura Valdivia ni observar las venus originales que elaboraron hace miles de años.

La costa ecuatoriana de alguna manera había permanecido como un misterio para mí, puesto que se consideraba “demasiado lejos”. Cuando salí del país comprendí que había distancias mucho mayores y muy pocas que no pudieran transcurrir con facilidad durante la noche en un autobús.

Hay otro estigma que limitaba mi exploración por estos territorios que había escuchado tan mágicos y hermosos. Siempre ha habido una rivalidad entre regiones, pero más allá de ello, Ecuador ha pasado por varias olas de violencia en los últimos años que han menguado el turismo en ciertas zonas del país. La costa es una de ellas. Esto, junto con la costumbre de mi familia de siempre ir a la misma playa, había impedido que viajara hacia los rincones más representativos de la Costa de mi país natal.

Finalmente decidí hacerlo: armé un itinerario de viaje por los puntos icónicos del territorio costero y ahora los llevaré conmigo a través de ellos. Elegí la época de avistamiento de ballenas, que inicia en junio, cuando las ballenas jorobadas viajan desde el sur hacia las aguas más cálidas del Pacífico para tener a sus crías.

La ruta inició en Manta, a pesar de todos los rumores sobre la inseguridad. Recordaba haber ido a la ciudad costera hace varios años, pero al llegar, encontré algo totalmente nuevo. Manta es una ciudad con edificios altos y museos. Esa fue una de mis partes favoritas. Sin duda, Playa Murciélago es el mejor lugar para recorrer la ciudad y las playas más cercanas.

Frente al malecón se erguía un edificio imponente de cristal negro que reflejaba el sol de la zona. Parecía estar en reparaciones, por lo que dudé si entrar, pero al hacerlo me llevé la sorpresa de ver una colección de figuras precolombinas que pertenecían a cada una de las culturas ancestrales: sellos, vasijas, dedales y más de la cultura Jama Coaque, Manteña. Todas finamente pulidas. No podía creer lo que estaba viendo. Jamás había imaginado estar tan cerca de estos tesoros arqueológicos, más allá de los libros de texto e imágenes.

Cada una de las salas exhibía figuras pulcramente conservadas, con un detalle impresionante, algunas antropomorfas, otras zoomorfas, todas ellas con una representación única de la vida en la época. Estaba anonadada ante tantas historias frente a mis ojos. La siguiente parada fue otro museo más contemporáneo en el que se veían las prácticas culturales cotidianas de los pobladores de la zona. Manta me dejó la impresión de tener la historia al alcance de mi mano y valorar la complejidad y el desarrollo de las culturas que nos antecedieron. Dicen que los ecuatorianos no somos tan orgullosos de nuestro país, pero para ello es indispensable conocer de dónde venimos y esta información no está al alcance de todos.

La siguiente parada fue Puerto López, un lugar clave para el avistamiento de ballenas y también para movilizarse con facilidad a otros atractivos naturales como la Playa de los Frailes y la Isla de la Plata. Puerto López es un pueblito costero que concentra en el malecón todo el turismo, nacional y extranjero. No faltarán las personas locales que te ofrezcan tours para el avistamiento de ballenas y visita a las otras islas.

Siempre había querido conocer la Reserva Nacional de Los Frailes: esa playa azul, cristalina, con arena blanca que era reconocida por ser una de las más hermosas del Océano Pacífico. El camino para llegar era un recorrido natural a lo largo del bosque seco en el que podía ver todas las especies que se habían adaptado a su entorno con hojas pequeñas y espinas para preservar el agua. Entre la diversidad de plantas, llamó mi atención el muyuyo, un pequeño fruto blanco del que se podían obtener múltiples beneficios desde desparasitación hasta peinado del cabello o hidratación para la caminata.

Los Frailes es una reserva maravillosa que consta de varios senderos naturales que te dirigen a tres playas: Playa Prieta, Playa Tortuguita y la más esperada: Playa de Los Frailes. La caminata por el bosque seco es larga y exigente, especialmente por el calor del sendero; pero llegar a cada una de las playas es un espectáculo.

Playa Prieta es una experiencia hermosa en su peligro; las olas revientan ferozmente contra las rocas, amenazando con el peligro de sumergirse en el agua; el mar es más oscuro y picado en esta zona. La siguiente playa se conoce como la zona donde las tortugas dejan sus huevos en temporada, por eso su nombre, pero tampoco es apta para el ingreso de turistas. Por último, está Los Frailes, una playa extensa que al caminar por ella puedes observar todo tipo de formaciones rocosas, aves y entradas de mar. Bañarse en medio de las montañas y reconocer el trayecto recorrido es una experiencia llena de satisfacción y conexión con la naturaleza.

Al día siguiente me esperaba otra aventura natural en la Isla de la Plata, que se conoce por albergar flora y fauna similar a la que se encuentra en las Islas Galápagos. Yo había conocido el archipiélago en una excursión del colegio, pero no recordaba haber divisado tantas fragatas ni piqueros como pude hacerlo allí. Una de mis formas favoritas de transportarme es en lancha acuática. La libertad de sentir el viento en la lancha a motor, que desafía a las olas mientras estas responden con un repique que refresca a los pasajeros, me enseña el valor de la temporalidad. En pocos minutos las olas dejarán de mecer el barco, mi rostro ya no tendrá que enfrentar el viento y mi piel no recibirá la brisa marina. Esa temporalidad de la emoción es lo que vuelve a la experiencia trascendente.

Al llegar a la isla pudimos observar tortugas marinas que se acercaban a la lancha y eran fáciles de distinguir debido al agua cristalina. Esta visita también correspondía a una reserva natural, por lo que fue increíble ver el hábitat natural de piqueros de patas azules y fragatas. A medida que caminábamos podíamos ver numerosas parejas de piqueros que descansaban juntos, otros estaban empollando sus huevos. La hembra y el macho tomaban turnos para cuidar el huevo. Ese era su lugar y quedaba claro que nosotros estábamos de visita. Los animales habían aprendido a convivir con los humanos, siempre y cuando respetáramos su hábitat.

Más adelante estaban las fragatas, volando en torno a un árbol en particular. Los polluelos se asemejaban a peluches de algodón por sus plumas blancas, que paulatinamente cambiarían al plumaje negro que los caracteriza, así como su bolsa gular roja que crece en su pecho cuando están cortejando a su pareja. Las fragatas son una representación clara de la competencia en el reino animal, para conseguir su comida, pican el cuello de los piqueros hasta que estos devuelvan su alimento y entonces aprovechan para robar sus peces.

El paisaje desde el mirador de la isla era increíble y ofrecía un espacio para reflexionar sobre su nombre. Las culturas originarias que habitaban la isla realizaban prácticas culturales que consistían en ofrendas de oro y plata para sus dioses. Cuando los españoles llegaron a la isla, observaron estas prácticas y decidieron llamarla Isla de la Plata. Esta es una muestra más de la forma en la que quienes nos antecedieron marcaron lo que vivimos ahora.

El trayecto de regreso prometía favorecer el avistamiento tan esperado de las ballenas jorobadas. Todos los tours garantizaban ver a los mamíferos gigantes, pero no todas las exhibiciones serían como la imagen que tenemos de las películas. Todos los tripulantes de la embarcación íbamos con nuestras expectativas llenas y el corazón acelerado. Alertas ante el avistamiento de las ballenas.

El guía señalaba a un punto en medio del mar, el capitán de la nave paraba el motor y, en ocasiones, se acercaba hacia el cetáceo para que lo observáramos mejor. Se divisaba una mancha de agua que el océano había olvidado agitar: era la huella de la ballena. Luego veíamos una aleta a lo lejos, junto con la piel gris y lisa de un animal cuya dimensión no era posible calcular con exactitud. En la mayoría de las ocasiones no veíamos un salto sorprendente, pero sí un paso casi milagroso, como una serpiente gigante que atravesara el río.

La última parada del viaje era Montañita, un pueblo reconocido por sus olas y vida nocturna, pero el inicio de la temporada de ballenas no coincide con la temporada de surf, por lo que la mayoría de los locales estaban cerrados y los turistas no llegaban aún. Sin embargo, en el trayecto se encontraba el museo del sitio de la cultura Valdivia. Era una parada inesperada en la carretera, pero quizá sería la única oportunidad de conocerlo. En su interior residía un museo pequeño, pero con inmensa riqueza cultural, en el que descansaban las piezas originales de una cultura que marcó la historia precolombina del país y la región.

Viajar a un lugar no se limita a conocer la belleza de sus paisajes, sino la trascendencia de su historia. Esta vez recorrimos una parte de la cultura y ancestralidad de la costa ecuatoriana, pero aún hay mucho por indagar en la tradición del territorio.