Héctor Fortes del Castillo estaba predestinado. ¿Cómo podría dejar de ser un aventurero, valiente y aguerrido, incluso apuesto, si llevaba el nombre de aquel héroe troyano y si sus dos apellidos se relacionaban con fortalezas? Y, acaso, ¿no le sobraba también inteligencia como para no ser generoso?

Si algún defecto tenía, ¿quién no lo tiene? Era el de la soberbia. Su sombra en aquel torrente de luz que irradiaba era ir sobrado en todo y creerse el ombligo del universo.

Héctor guiaba grupos de excursionistas por lugares exóticos: Tierra del Fuego, en el sur de Argentina, las Torres del Paine, en la cordillera andina del sur de Chile, los volcanes guatemaltecos, el desierto del Sáhara… Se había labrado fama de resolver de manera expedita los problemas que surgían en los viajes: si un escorpión se colaba en la tienda de algún excursionista, Héctor lo atrapaba con un vaso y lo depositaba a cientos de metros del campamento; si en una mosquitera aparecía un roto, Héctor sacaba su kit con la aguja de coser y el hilo y remendaba con pericia el agujero; si el viento se llevaba la bufanda de un miembro de la expedición, le colocaba la suya y él se hacía un apaño entrelazando el par de calcetines que siempre llevaba de repuesto.

Las atenciones a sus clientes y su simpatía eran encomiables. Y cuando se acostaba con la satisfacción del deber cumplido, en los breves instantes en que llegaba el sueño, se piropeaba a sí mismo: “¡Hay que ver lo bien que ha salido todo!”. “¡Si es que eres un tipo formidable!” Su ego crecía aún más cuando recibía halagos de las excursionistas, lo que no era infrecuente.

Como en otras ocasiones, Héctor decidió ampliar el horizonte de su trabajo y propuso a sus socios ofrecer viajes a la selva amazónica. Aconsejado por un contacto brasileño, viajó a Manaos, en el corazón de Brasil, a explorar las posibilidades que ofrecía. Nada más llegar a la ciudad, disfrutó de una obra en el teatro de la ópera donde, según se afirmaba, había cantado el propio Caruso y, al día siguiente, ya navegaba hasta Iquitos por el gran río, junto a docenas de pasajeros, en una barcaza del siglo pasado donde, en cubierta, dormía en una hamaca a la intemperie. En el trayecto, tuvo ocasión de visitar tribus indígenas dispuestas a intercambiar sus danzas y su cultura por los reales que precisaban para cubrir algunas de sus necesidades y, de vuelta a Manaos, entabló negociaciones con los dueños de balnearios en los afluentes del Amazonas para que sus partidas de aventureros pudieran disfrutar de la selva, la “mata”, como la llamaban allá, observando macacos, delfines, yacarés y garzas reales.

Héctor quiso recorrer en canoa, él mismo, un tramo del Manacapurú, un afluente que se une al Solimões, cerca de Manaos. Allí, a pocas millas, el Solimões se une al Río Negro para formar juntos el gran Amazonas sin que sus aguas, debido a las distintas densidades, se mezclen durante kilómetros, como si las dos tremendas corrientes se negaran a perder sus respectivas identidades.

Un viaje en canoa por los recovecos del Manacapurú, pensaba Héctor, sería una bonita forma de terminar las excursiones que ya estaba decidido a ofrecer a sus clientes más osados. Pero antes tenía que experimentar personalmente aquella aventura.

A las cinco de la mañana, cuando el sol se alistaba para asomarse por las copas de los árboles, Héctor ya remaba con un guía llamado Mario. El agua mansa reflejaba los colores ocres que comenzaban a formarse en el cielo, las aves despertaban su canto y una familia de nutrias se dejó ver a lo lejos. La ausencia de nubes en el horizonte era absoluta.

El guía vivía con su familia en medio de la jungla. Sus pertenencias se limitaban a un par de camisetas, unos pantalones vaqueros desgastados, unas botas de agua para andar por la selva cuando no podía ir descalzo, la casa de madera que él mismo había construido, un fogón, unos catres y un machete. El machete, inseparable como si fuera una prolongación de su brazo, lo mismo servía para abrirse paso por la mata que para pelar unas castañas, construir una canoa o protegerse del ataque de alguna alimaña.

Héctor disfrutaba como nadie de aquel momento y contemplaba la espalda de Mario, quien guiaba la canoa mientras remaban. Al verlo tan enjuto y al conocer que apenas sabía leer y escribir, enseguida se creyó superior, aunque reconoció que aquel descendiente de indígenas debía ser un tipo valiente al vivir en aquellas tierras. No tanto como él, claro, pero sí lo suficiente como para no emigrar a la ciudad.

Llevaban un rato navegando cuando aparecieron las primeras nubes y Mario decidió regresar. Héctor, un poco desconcertado, se desdijo: el guía no era tan bravo como él había supuesto. Unas nubecillas en el horizonte y ya se rendía. Pero al rato llovía copiosamente. Héctor pensó que no había problema; hacía calor y aquello era como tomar una ducha fresca. Se empaparían, lo cual era de agradecer, y después se secarían con rapidez al sol. El cielo se oscureció cada vez más y llegó a un punto en el que casi se asemejaba al de la noche, sin que Héctor perdiera en ningún momento la calma. La lluvia arreció y el viento comenzó a soplar fuerte. Héctor observó la cara seria de Mario. Había oído hablar del viento huracanado del Amazonas, pero pensaba que era algo que ocurría muy excepcionalmente. En fin, le pareció que aquel muchacho pecaba de excesiva prudencia y que aquello no era para tanto.

Mario, parco en palabras, tuvo que gritarle en medio del ruido: “Tenemos que buscar un refugio con rapidez”. Después de mirar hacia las islas más cercanas, señaló un punto donde se divisaba un gran tronco varado. El viento cogía cada vez más fuerza y la lluvia torrencial apenas permitía otear el destino. A gran velocidad gracias a la destreza de Mario y a la fuerza de Héctor, llegaron a la isla antes de que el huracán mostrara toda su fiereza. Allí, el guía embarrancó la canoa en la arena, la amarró con una gruesa cuerda al tronco gigante y, agachado, para ofrecer la menor resistencia posible al viento, se dispuso a esperar. Permanecerían a la intemperie y empapados, pero a salvo.

Las palmeras se balanceaban como si fueran juncos y el agua se encrespaba cada vez más. Héctor se agarró con fuerza a una de las ramas del árbol y se dispuso a disfrutar de aquella demostración colosal de la naturaleza. Miedo ninguno, hasta que cayó un rayo con un fogonazo formidable y partió en dos un enorme castaño, como si el hachazo de un leñador gigante le hubiera quebrado la espina dorsal. A continuación, otro fogonazo, aún más cerca, y entonces Héctor se sintió pequeño y vulnerable. Pensó que el universo podía prescindir de su persona sin que ocurriese ninguna catástrofe, pero que quien no podía prescindir del mundo era él. Recordó a sus padres, quienes le trasmitieron la vida, a sus maestros, quienes le enseñaron a leer, y pensó en Mario, quien le estaba salvando de morir ahogado, sin olvidar a Chiquinha, la cocinera que les esperaba en la cabaña del albergue con el mantel puesto y que preparaba aquellos platos tan sabrosos a la brasa, como el pez pirarucu. ¡Lo saborearía como nunca si salían de aquella!

Así que, en medio de la jungla, rodeados de agua y varados junto al enorme tronco, Héctor comprendió todo aquello de lo que no se había percatado hasta entonces: sin los demás, no somos nada. No obstante, su ego se reveló en un último ramalazo: su valentía estaba fuera de duda. Afirmó:

“Si la canoa hubiese volcado, habríamos nadado hasta aquí, remolcándola poco a poco, y nos hubiéramos subido de nuevo a ella, ¿verdad?”

Mario respondió, sin dramatismo, que en aquel río abundaban las pirañas y que, de vez en cuando, se veía alguna anaconda, por no hablar de los yacarés. El ego de Héctor se empequeñeció, se desarmó y, por fin, el aventurero admitió la limitación de sus fuerzas.

El viento tardó en desaparecer lo mismo que había tardado en llegar y los dos remeros pudieron regresar sanos y salvos a las cabañas del albergue.

Al día siguiente Héctor madrugó para llegar a Manaos y tomar el vuelo de regreso a su país con escala en São Paulo. En el aeropuerto agradeció a su viejo contacto la ayuda que le había proporcionado y especialmente los días pasados en aquel balneario selvático que le habían permitido conocer y disfrutar la mata y el inmenso río. Su recuerdo le acompañaría siempre. “Inolvidable” fue la palabra repetida.

  • —Parece que corrimos un cierto peligro—comentó.

  • Sí, Mario estaba preocupado por ti, por si te ocurría algo. El equipo del balneario se había comprometido a devolverte a Manaos sano y salvo —sonrió su amigo.

En el vuelo de vuelta, Héctor tuvo tiempo para rememorar aquellos días fantásticos y escribir algunas notas en su cuaderno de bitácora. Iba feliz, pues había disfrutado de la experiencia amazónica y sabía que podría compartirla con sus clientes y amigos. Reflexionó sobre la cura de humildad que le había supuesto verse desamparado en medio de aquel huracán. Si no hubiera sido por Mario, por su experiencia y entereza, ¿qué hubiera sido de mí?

A su mente regresó aquel rugido atronador del viento que todavía le zumbaba en los oídos, el fogonazo del rayo, las manos heladas, el cuerpo empapado, mientras temía que el huracán pudiera eternizarse. Se vio de nuevo allí, en medio de la nada, rodeado de agua y de una vegetación infinita, sin un alma en docenas de leguas a la redonda y sin apenas poder cruzar unas palabras con el guía, pues, ¿qué pueden decirse dos seres humanos en medio de una tempestad y en momentos de gran apuro, cuando la muerte ronda y puede atacar en cualquier momento? Por primera vez en su vida había sido consciente de su vulnerabilidad, a pesar de su valentía y arrojo.

En el avión, Héctor anotó en su libreta: “Por mucho que un buen guía conozca los riesgos que se corren durante una excursión, siempre puede ocurrir algo imprevisto”. Y a continuación “Le debo la vida a la calma y serenidad de Mario. A su experiencia”.

Y también: “Mucho más importante que ufanarse de su valía, un buen guía tiene que proteger a las personas que se han puesto en sus manos y ayudar a que crezcan durante la travesía, compartiendo con ellas sus conocimientos y su amor a la naturaleza. Con humildad, como Mario”. Y después anotó cuatro enseñanzas que se prometió recordar siempre:

  • No somos superiores a los demás; dependemos de los demás; aprendemos de los demás; y nadie es el ombligo del mundo.

(***)

Años más tarde, Héctor departía con un grupo de excursionistas en aquel campamento cercano a Manacapurú y presumía humildemente de sus hazañas. Hacía una noche apacible y el cielo lucía lleno de estrellas. El silencio era casi total y el ambiente, después de una cena tempranera, propicio para las confidencias. Héctor advirtió a sus oyentes sobre la posibilidad, remota —dijo—, de que durante alguna de las excursiones surgiera de la nada aquel viento amazónico que una vez le había mostrado su poderío. Una chica, quien lo escuchaba con admiración, le pidió detalles y Héctor se explayó. No había que preocuparse, pues él y Mario sabrían de sobra cómo proteger al grupo. Y rememoró, sin ajustarse mucho a lo sucedido, la ocasión en la que se habían refugiado junto a un gran tronco y la magia del espectáculo que se les ofreció, abrazados a una de sus ramas. “Temor, ninguno”, aclaró.

Mario no entendía muy bien el castellano, pero no le hacía falta comprenderlo todo para interpretar a Héctor. Ahora, no había duda: se pavoneaba ante aquella joven. Mario le había tomado cariño a Héctor a pesar de saberlo vanidoso, pero también reconocía su valentía y su generosidad. Un pensamiento vino entonces a la cabeza de aquel habitante de la jungla que desconocía las comodidades de las urbes y la vida en sociedad:

“A mi amigo Héctor le vendría de perlas otro huracán para bajarle los humos. Uno solo no es suficiente. Más fácil es para el viento amazónico arrancar de cuajo una enorme palmera que doblegar el ego de un macho alfa, blanco y nacido en el primer mundo”.