Ordenando mis cosas para una mudanza, comencé a revisar cajas, y en una de ellas había una con recuerdos de los años 90, de mi época universitaria. Entre papeles, cuadernos, cartas y fotos, encontré la invitación a la inauguración Anatomía y origen de la Melancolía, del pintor Rodolfo O., en la Galería Ataraxia; en Alonso de Cordova, en el exclusivo barrio Vitacura. Viendo la invitación comencé un viaje al pasado. En ese entonces no tenía consciencia de lo que significa para los artistas vivir de su arte. Ahora sé que no basta con ser un buen creador y tener talento, sino que hay que tener contactos y ser un buen comerciante. Dado que la jaula del arte es compleja, vivir del arte es casi un milagro.
Para mí las inauguraciones eran un espectáculo humano con cocktail incluido. En esa época yo salía con Vicente, un compañero de la universidad que estudiaba Cine. Nos divertíamos mezclándonos con los invitados, seleccionando obras y las comprobamos con dinero imaginario. Hablábamos con los artistas, curadores y galeristas desenfadadamente. Así nos transformamos fantasiosamente en coleccionistas. Éramos el señor y la señora Lynch.
Asistimos a la inauguración a la que nos invitó, Rodolfo O., un pintor, provocador, y víctima profesional del establishment, un cincuentón con barba de profeta con ojos que habían visto y viajado por el mundo, incluso había estado una temporada en Europa en los años 80.
Nos saludó desde lejos, desde un extremo de una de las salas de la galería. Estaba atrapado como decía hiperbólicamente, en un círculo infernal. Era habitual ver a coleccionistas que lo hostigaban con caras de tiburones hambrientos, eran compradores que fingían entender más de lo que aparentaban, pero como siempre el dinero manda. Rodolfo O. solía decir que esos tipos no compraban arte, se lo tragaba entero, pinceles incluidos, y lo escupían convertido en decoración para sus casas y oficinas. Era un artista curtido como un viejo marinero de óleos y aguarrás, que a tiempo se dio cuenta que el camino del exceso no conduce al palacio de la sabiduría, contradiciendo a William Blake, en su texto El matrimonio del cielo y el infierno.
Nos hizo una seña y se deshizo de su séquito por unos instantes. Se acercó contoneándose ligeramente, el alcohol lo había convertido en una escultura móvil. Al llegar a nosotros nos abrazó y besó, para luego alcanzarnos unas copas de vino, que acababa de coger de la bandeja de un garzón. Y brindamos, lo felicitamos, nos agradeció, y luego soltó una diatriba.
-No pagan ni la sombra de lo que soy.
Dijo con la voz quebrada por el cinismo y la necesidad.
-Mira a esa señora, está midiendo si mi cuadro va a juego con su alfombra persa. ¡Si supiera que lo pinté pensando en ese último mal amor, lo pinté con dolor y pasión! Si supiera las lágrimas que tienen, ¡no lo compraría!
-Tranquilo, Rodolfo O. Las obras son extraordinarias, créeme. Me gusta la combinación de estilos, me han sorprendido tus nuevos trabajos, las pinturas azules. Son como el periodo azul de Picasso, en tu versión chilensis.
-Muy audaz, joven Vicente, pero nada que ver. Solo el color, esto es expresionismo.
Vicente cambió de tema rápidamente para no quedar en evidencia ante mí, le dijo a Rodolfo O. volviendo al tema anterior, al ambiente en la galería.
-Sé que en el fondo te gusta esta tensión, mira a toda esta gente, estamos en el clímax de la exposición, todos quieren robarte un poco de tiempo. Hoy estás sorprendiendo con tus viejas y nuevas pinturas.
Vicente se lo dijo en un tono sincero, lo admiraba. Rodolfo O. asintió, casi conmovido; y luego, con una sonrisa torcida, susurró:
-Esto es lo que me mantiene en pie, saber que alguien igual que ustedes lo disfruta. Que alguien en algún lugar, viaja con mis pinturas, con el lienzo bajo el brazo. Aunque sea en metro, con el cuadro envuelto en papel periódico.
-Tan poética la imagen. Disfruta la tormenta como la tierra seca. Eres el pintor más grande que conozco, un poeta de la pintura. Le dije cariñosamente.
Esas palabras lo hicieron venirse arriba, levantó los brazos como un sacerdote iluminado por una epifanía y con su voz grave hizo que hasta el vino en las copas vibrara. Exclamó ante la mirada atónita de los presentes, mientras se giraba hacia mí y me cogía de la mano exhibiéndome ante todos.
-¡Baila! ¡Baila para mí! ¡Dale vida a este templo, eres una musa!
Luego, para exaltar los ánimos citó a Baudelaire como si fuera un versículo bíblico:
-“¡Es hora de embriagarse!, Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos; ¡Sin cesar embriagaos!. De vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo.
E insistió, ante la expectación del, a esa hora, no tan respetable público.
-¡Baila! ¡Baila para todos!
En un principio quedé descolocada, me sentí avergonzada pero como me lo pidió Rodolfo O. no pude negarme, así que bailé. No con gracia, sino con una precisión absurda, girando sobre mí eje, como bailarina de una cajita musical, hasta que, poco a poco, fui deteniéndome como si se me acabara la cuerda, hasta quedar petrificada en una pose estática y ridícula. Los presentes no sabían cómo reaccionar ante la performance. Rodolfo O. como el presentador de un circo exigió que aplaudieran.
-¡Aplaudan! ¡Dije que aplaudan! a la escultura viviente. Esta obra, un tanto espontánea, que acabo de crear. Se llama “Mujer que se detiene, se transforma en estatua de sal”.
Ante la incomprensión de la performance, pero para no quedar como ignorantes, aplaudieron por compromiso; luego, se escucharon risas y murmullos. Les hice una reverencia, Vicente para romper el tempo levantó su copa y brindó por Rodolfo O. La exposición continuó. Cogimos unas copas y nos fuimos los tres a un rincón para observar el verdadero espectáculo, el público. Porque en estas inauguraciones, el arte está en las paredes, pero el teatro, el verdadero, el grotesco, ocurre entre los asistentes.
Había, por ejemplo, a un costado, una pareja ejemplar negociando con la galerista: él, seguramente gerente de un banco, con cara de quien prefiere una auditoría a una charla sobre expresionismo figurativo; ella, entusiasta, ya imaginando el cuadro sobre la chimenea de su casa en Zapallar. Él fingía interés, pero en realidad calculaba cuántos minutos faltan para irse y tomarse un whisky “Monkey Shoulder” solo, nada de este vino que sabe a trementina y compromiso social.

Imágenes creadas por Nicolás Cisternas Mar
Cerca de la mesa del catering, había un grupo de estudiantes de miradas furtivas. Algunos eran conocidos en el ambiente, rondaban las mesas de los canapés y comían con la precisión de comandos hambrientos. Llevaban abrigos sueltos para resolver urgencias. Tenían estrategias. Mientras unos distraen a los garzones que estaban sirviendo, otros operaban. Más de alguna botella de vino desaparecía en las profundidades de los abrigos. Se sentían rebeldes, aunque en el fondo sólo querían beber gratis para luego continuar en alguno de talleres de algún barrio bohemio de la capital. Uno de ellos murmuró indicando un cuadro:
-Esto no es arte, es capitalismo con buenos reflectores.
Rodolfo O. al oírlo, se acercó, le palmeó la espalda y le dijo:
-Hijo, el arte es lo que queda cuando pagas el arriendo. Y si no vendes, no pintas. Así de simple, es un círculo. Si no eres depredador, ¡eres presa!
Luego, le guiñó un ojo al comando de los abrigos y añadió.
-Pero sírvanse otra copa. Oscar Wilde decía que el único modo de librarse de una tentación es caer en ella, es como llevarse una botella de una inauguración.
Los muchachos asintieron, conmovidos por la sabiduría y el alcohol gratis, y siguieron bebiendo como si cada trago fuera un acto de subversión. Rodolfo O. dirigiéndose hacia nosotros nos dijo:
-Que beban, todo está en el presupuesto: 30% materiales, 30% angustia existencial, 40% vino para compradores, amigos, críticos y aduladores.
Luego la galerista vino a por Rodolfo O., había varios interesados en sus cuadros. Se excusó diciéndonos.
-La función debe continuar.
Y se perdió entre la masa de asistentes, el ruido los borró de nuestra vista. Con Vicente recorrimos la exposición, contemplándola. De pronto él con las manos comenzó a hacer un rectángulo como si fuese una cámara, encuadrando escenas, y me dijo:
-Le propondré a Rodolfo O. hacer un pequeño documental de él y su obra, aprovechando la exposición. El trabajo es brutal. Hay buen material, lo estoy imaginando, será un trabajo entre artistas.
Yo me reí, y le dije
-Anatomía y origen de la melancolía, un documental del Maestro Rodolfo O. dirigido por Vicente Lynch, ¡¡¡cha chán!!!
-Te gusta el webeo, vas a tener que bailar, cha chán!!! y convertirte en estatua de sal.
-Qué picado, vamos a por más vino que se acaba.
-Trae tu abrigo.
Luego con la última copa en mano elegimos algunas pinturas para nuestra colección imaginaria. Seguimos observando a la gente, hasta que el cocktail y la bebida se acabaron. Era tarde y la fiesta se desinflaba como un globo de cumpleaños olvidado en un pasillo. Mientras la gente salía y las copas vacías eran retiradas de las mesas y las pinturas miraban después de ser vistas. Llegó la hora de despedirnos de Rodolfo O., quien, con actitud alegre y gesto teatral, que el mismísimo Oscar Wilde hubiera envidiado, nos dijo.
-¡Los invito a mi taller el próximo fin de semana! Descorcharé un tinto que sepa a gloria y sudor.
-Será un placer, me gustaría llevar la cámara Rodolfo O, y entrevistarte.
-Eso es más caro, ahora soy más famoso que ayer.
Nos reímos y nos tomó de los hombros, como un viejo maestro que ve en sus discípulos el último destello de idealismo. Rodolfo O. Se quedó en la puerta despidiéndose de los asistentes. Nos alejamos de la galería de la mano. Nos fuimos comentando la experiencia, recordamos mi baile, la lírica de Rodolfo O. y sus fantásticas pinturas. Tomamos el bus pagando la tarifa reducida con nuestros carnés universitarios, embriagados no de vino, sino de poesía y virtud. Nos besamos en nombre de ese mundo que tanto nos gustaba. Esa noche habíamos sido parte de un capítulo de la historia del arte chileno.















