Nunca me atreví a comentar sobre esta experiencia: algo de pudor y cierto grado de vergüenza interfirieron. Dicen que el tiempo cura todo y a veces es cierto. Tres décadas y un lustro después, me animo a compartir una anécdota que tuvo lugar durante mis inicios como guía de aventura.

Aunque el título no tiene que ver con ofrenda a deidad alguna, fue como los involucrados nos referimos al incidente que empezó como un acto forzado en un intento de resolver un embrollo de un amigo (que por momentos parecía más un enemigo).

Corrían los finales de los años 80. Me encontraba en una buena etapa de mi vida, 27 años a cuestas, lleno de vitalidad y una testosterona súper elevada. Ya había llegado a la conclusión de que el ombligo del mundo, como era conocida la ciudad del Cusco, era el sitio ideal para trabajar como guía de turismo. Mi país tenía a terroristas creando caos y anarquía, una inflación galopante y una sensación de desesperanza en la capital: mientras tanto, en el Cusco, la vida seguía como en un pequeño y refrescante oasis.

Como ya había trabajado junto al experimentado tour conductor, yo aprovechaba cada momento para aprender y conocía que era propenso a realizar bromas pesadas, como el día del bautizo en el que fui forzado a bañarme en una torrentosa caída de agua.

Manejábamos un grupo de turistas californianos de clase media con cierto estatus económico. En aquellos días, yo era un asistente sin experiencia, con conocimientos de inglés, que buscaba agradar a todos, cosa que descubrí tiempo después es banal y no depende de uno. El grupo estaba compuesto por algunos matrimonios y dos viajeros solitarios de sexos opuestos en busca de un cambio en su rutina. El plan consistía en realizar la ruta al Salcantay (un viaje de seis días), armando campamentos cada noche con destino final en el pueblo de Santa Teresa.

Cabe mencionar que Santa Teresa, la antigua, fue borrada del mapa por un aluvión. La suerte de los pobladores es que el río se represó de a poco, dando tiempo a los pobladores para escapar. Entre bromas con el tour conductor del grupo, pensábamos actuar de cupidos para que se emparejen los solteros y así todos disfruten felices en sus vacaciones. El plan no resultó: ella, una procuradora que trabajaba para el gobierno, no quería nada con él y, por el contrario, se sentía atraída por mí.

Me di cuenta de la situación y me sentía abochornado por sus insinuaciones, mientras el soltero me miraba con el recelo que un macho rechazado puede manifestar. Al resistir los embates, dado que no era mi tipo, ni sentía atracción alguna por ella, mi amigo el TC no tuvo mejor idea que informar que yo era gay y me atraían los hombres. Ese fue un grave error: la mujer se trastornó, complicando así la armonía existente en el grupo, porque, para agravar la situación, ella asumió que éramos pareja.

Ahora teníamos un problema que resolver. Conversando sobre el asunto, llegamos a la conclusión de que debía mostrar mi heterosexualidad con muestras de virilidad. Ya llevábamos dos días descendiendo desde el abra más alto (a 4,650 msnm) y el grupo estaba en modo festivo. Copas de vino y pisco sour salieron a relucir para celebrar el logro que íntimamente iba ligado al fantasma del fracaso.

A pesar de mi reticencia a actuar, el jefe me animaba a proceder, llenando mi vaso con bebidas espirituosas. Bajo esas condiciones, la invité a pasear cerca del río, donde el entorno de la naturaleza me inspiraba a seducir. Luego de breves momentos con detalles de nuestras vidas, fui directo al grano y me sorprendió lo fácil que resultó.

Todos sabemos que las cosas fáciles pierden rápidamente su valor abstracto. Era un día con altas temperaturas que invitó a desnudarnos para tener sexo bajo un árbol de durazno, mientras éramos observados por vacas lecheras y mariposas juguetonas, que intentaban posarse en nuestros jugos corporales.

Esa noche me invitó a dormir con ella y acepté halagado. Lamentablemente, no hubo planificación sobre la ubicación de la carpa y nos encontrábamos rodeados de campistas. Resulta que era chillona, y a pesar de mis intentos por acallarla, fue todo un escándalo bajo un cielo estrellado. En las charlas antes de iniciar los viajes, el guía debería poner énfasis en mencionar que las carpas son a prueba de agua, aunque no de los ruidos.

A la mañana siguiente me sentía avergonzado: aparentemente todos conocían que fui el culpable del bullicio nocturno. Mi presunto rival, sin otra opción, al retornar a su país, envió un reporte a la compañía, acusándome de haber violado impropiedades sexuales. Como castigo, fui suspendido y se hizo más difícil trepar la escalera que los novatos ansían.

Moraleja: planea mejor y asegúrate de que las carpas no estén tan juntas si es que deseas involucrarte en sexo lúdico.