Es la segunda vez que tengo una caída severa en menos de un año. Dicen que antes de un accidente, uno tiene ciertas señales de alerta: un crujido, una luz, un aroma, un pinchazo que te advierte que algo va a pasar. Mentiras. En ninguno de los dos casos tuve el más mínimo aviso de lo que me iba a suceder. Por lo tanto, la confusión es total y absolutamente arrebatadora. La vivo como si tuviera una pérdida momentánea de la función cerebral.
La mañana avanzaba lenta y alegre con renovado placer en la Bahía de Santa Lucía en el hermoso puerto de Acapulco. Con pasos lentos y cautivada por la felicidad que me da estar de vacaciones en mi lugar favorito del mundo, subo a mi hamaca —sobre la que me he mecido durante más de veinte años y en la que confío con fe absoluta— acompañada de un libro que me lleva a pasear por las calles laberínticas de la antigua ciudad de Samarcanda.
Recorro los renglones que me revelan los rincones de esa ciudad desconocida. Puedo ver las construcciones hechas de ladrillos cocidos, las formas de sus bóvedas, cúpulas y muros. También veo los azulejos y cerámica vidriada que adornan las fachadas y los minaretes. Admiro los mosaicos y las mayólicas en tonos azul turquesa y dorados. Entro en la descripción del olor a pan recién horneado que se cuece a fuego lento y casi puedo tocar los cántaros que contienen vino color granate. Puedo ver sin pudor a los hombres que caminan por esos callejones: usan turbantes y barbas largas; su piel es morena y los ojos de un negro acerado que intimida. Es la primera vez que leo algo sobre esa ciudad que fue punto clave en la Ruta de la Seda, o quizá ya sabía algo de Samarcanda, pero de pluma de otro autor.
Sigo los pasos del protagonista de esta historia que desde los primeros renglones ya se metió en un problema. Se involucró en una gresca por defender a un borracho que pasó de la temeridad a la demencia; se le veía errar en harapos, tambaleándose y voceando locuras. Los chiquillos se reían de él y los maldosos le daban palmadas en la espalda, le lanzaban piedritas y se carcajeaban de tal modo que le arrancaban las lágrimas.
Omar, el protagonista, no puede dejar pasar semejante oprobio. “¡Dejen en paz a este desgraciado!” Les grita. Si no tienen cuidado, pueden acabar como esta piltrafa. Piltrafa es la palabra que utiliza el autor y a mí me parece muy dura. No obstante, estoy de acuerdo que no es la embriaguez lo que más hay que temer sino la pérdida de la respetabilidad: es la demencia, la falta de control sobre uno mismo. Es la decadencia. Pero el cabecilla de los maldosos le planta cara a Omar, el protagonista. Este hombre es un borracho; le grita y escupe al suelo.
Deja ya a ese anciano; es un hombre que carga sobre su sombra un vicio. ¿No ves que apenas puede mover los labios? El cabecilla empuja la cabeza y de un salto golpea en la barbilla a Omar, el protagonista, al tiempo que la hamaca se desploma y me estrello contra el suelo. El impacto da duro contra la espalda baja, la curva craneal que forma el occipital y la sutura lambdoidea. Estoy tan confundida que siento que las ideas se me desparraman por una nueva fontanela posterior y no tengo la más remota idea de qué es lo que pasó.
El reloj que traigo puesto y que parece más inteligente que yo empieza a sonar, vibra y en la pantalla aparece una alerta que yo no entiendo. Como no respondo en treinta segundos —porque apenas me estoy dando cuenta de que la cuerda de la hamaca se destejió y por eso me caí— el aparato emite un aviso a mis contactos de emergencia y al 911 porque no cancelé la cuenta atrás. En esos momentos, no tenía la más mínima idea de cómo hacer eso; no sabía que tenía activado ese servicio.
Mi hija recibe la primera alerta y corre a mi lado a ver qué fue lo que pasó. En la pantalla de mi reloj aparece un aviso: parece que sufriste una caída fuerte y se ve un ícono rojo que dice SOS. Debajo hay otro aviso que dice si estoy bien. Lo pulsé. No lo alcancé a oprimir. “No te muevas”, me ordena mi hija. Yo estoy como una tabla tirada en el piso. “¿Estás bien?”
No alcanzo a responder porque las llamadas empiezan a aglomerarse en mi teléfono móvil. Mi marido, que estaba en la regadera, sale enrollado en una toalla blanca gritando: “Tu mamá tuvo un accidente. Yo oigo todo a la lejanía y me pregunto de quién estarán hablando. El libro quedó sobre mi pecho. No te muevas, me repiten. ¿Estás bien? Muevo la cabeza de izquierda a derecha y digo que sí, que creo que sí. ¿Qué pasó? No sé. ¿Quieres que conteste las llamadas? Mejor, apaga el teléfono.
Demasiado tarde, mi reloj ya había tomado decisiones. Mandó mensajes a los servicios de emergencia vía satélite y por wifi. Mi hija toma el control. Sí, perdón, se inició una llamada, pero parece que no hay una emergencia; parece que no necesitamos ayuda. Finaliza la llamada en el momento en el que se escucha la sirena de una ambulancia llegar a la casa.
Los paramédicos entran y mi marido los lleva al lugar de los hechos sosteniéndose la toalla para que no se le caiga y quede todo expuesto. Yo sigo sobre la hamaca que está tirada en el suelo. ¿Me escucha? ¿Puede abrir los ojos? Los tengo abiertos. ¿Cómo se llama? ¿Qué día es hoy? ¿Sabe dónde estamos? ¿Le duele algo? ¿Dónde le duele? Trato de responder a las preguntas, pero el muchachito que me está cuestionando está más nervioso que mi marido y que mi hija.
Siento todo el cuerpo adormecido; me duele el triángulo lumbar que va de la cintura al coxis. No sé por qué se me ocurrió denominarlo un triángulo, pero veo que le hace gracia al paramédico. ¿Puede mover las piernas? Las muevo. Me giran sobre el costado derecho y me piden que intente levantarme. Lo logro.
La mirada se pierde en la profundidad de las vistas de la Bahía de Santa Lucía. Algo anda mal y lo sé. Sólo yo lo sé. El Farallón del Obispo se movió de lugar; está ligeramente ubicado más a la izquierda. También se desplazó el cerro de Guitarrón; se hizo más a la derecha. Los hoteles están un poco más separados. El parachute vuela unos metros más alto y las nubes algodonadas están un poco más a mi alcance. ¿Está bien, madrecita?
En un instante, todo vuelve a su lugar. Las nubes se suben, los parachutes bajan, el farallón y el cerro ocupan su espacio habitual y a mí me dan ganas de que el paramédico reciba el mismo golpe en la barbilla que recibió Omar, el protagonista, pero no me atrevo a levantar el puño. Quizás no puedo o no sé cómo hacerlo. No me diga, madrecita. Agacho la cabeza, respiro profundo y meto en los pulmones todo el aire con olor a sal que puedo. Mi marido acompaña al paramédico a la puerta; mi hija sigue contestando las llamadas de mis contactos de emergencia —yo ni sabía que tenía tantos ni que había activado ese servicio, parece que es algo automático—.
Miro el lazo roto; la hamaca sigue en el suelo. Alzo los ojos al cielo. Una nube en forma de medialuna acaba de ocultar el sol. Paseo la mirada por los reflejos de la alberca, por el azul profundo del mar, por este lugar de ensueño y decido seguir de pie. Mi marido está parado frente a mí, junto a mi hija. Los dos están reprimiendo una carcajada. Me siento un poco como el anciano al que Omar, el protagonista, defendió en las calles de Samarcanda. Me pregunto cuándo podré volver a subirme a la hamaca.















