En vista de los últimos y más recientes acontecimientos, Don José María Aguirre había decidido dejar muy claro su punto. Así pues, corrió el mosquitero cuidadosamente para no despertar a su esposa y tanteó con los pies las sandalias sobre el suelo de cemento.

Al mirar al espejo, solo encontró despojos de aquel hacendado soñador. Había elegido casarse con la mujer más bella del pueblo, la señora Rosa. Ahora él era un setentón de pelo blanco y barba rala que cuidaba a su esposa, que por demás escasamente recordaba de quién era vecina.

Se miró al espejo, se descubrió viejo con el esqueleto amarillento y las polainas sudadas. Sin embargo, el reflejo le sonrió. Luego de una afeitada con navaja pasó lentamente la mano por las mejillas llenas de vida por la fricción. Ese suave paso lo llevó a sus años de expedición por el Orinoco, aquellos años que lo habían hecho un hacendado.

Salió del baño y buscó en la penumbra de la madrugada una camisa; el vapor de la mañana calurosa ya comenzaba a pegarse a la piel. Se calzó sus botas de piel, se amarró el cinturón marrón sobre su dril que comenzaba a colgarle por la pérdida de peso.

Cuando fue a buscar el sombrero, no encontró a Rosa bajo el mosquitero, comenzó a llamarla primero con voz queda y luego con toda la potencia que pudo hacerlo. Al paso salió Carolina en camisón, sobresaltada y preguntando por lo sucedido. Don José María fue cortante y respondió sin más "dónde está Rosa". Carolina la había visto pasar al baño y eso fue lo que le respondió apresuradamente.

Ya vestido, se aplicó loción en el rostro y resintió el ardor repentino de la afeitada. Bajó las escaleras mientras la madera de los escalones lo saludaba, dio vuelta la esquina para ir a la cocina. En el estante vio la botella de aguardiente y pensó que era el mejor momento de acompañarse, de darse todo el valor posible, así que se empujó una buena copa que le calentó el garguero.

Cuando vio el amanecer al abrir la puerta, tuvo que entrecerrar los ojos. De camino a la caballeriza pensó en su yegua y creyó que no podría tener mejor compañera. Llegó el momento, mi niña, le dijo cuando la montó. Suavemente, pero con un pasito apurado como el de caballo viejo, de esos que se estilan para llegar lejos, cruzó el quiebrapatas para que no saliera el ganado, llegando al camino que lo llevaría al pueblo. Cuando vio el pueblo, ya era de mañana, se lo avisó el calor de la luz sobre su cara. "Bendición, patrón", dijo Camilo cuando se lo topó en la entrada de la plaza, "lo esperaba la semana que viene", continuó. A lo que José María Aguirre contestó: "Tengo un asunto pendiente, Camilo, lo más seguro es que no vea más". Camilo le respondió, pero José María no lo escuchó, azuzó la yegua que al instante apuró el paso.

Llegado el momento, no tendré el tiempo de regresar, pensó José María. El calor comenzaba a expulsar la bruma del asfalto cuando cruzó por la calle real. Para ser tan temprano había poca gente, raro, muy raro, pero más raro se tornó el día al oscurecerse. Una lluvia puntillosa descendió apagando la bruma del bochorno. Al llegar al parque, vio cómo la iglesia adornaba el horizonte y sintió frío y calor al mismo tiempo; su destino lo estaba esperando al pasar la calle. Se apeó, se subió los pantalones con las muñecas, ajustó la altura del sombrero y caminó tan rápido como pudo hasta el naranjo al que amarró su yegua.

Sin perder un segundo de vista a su enemigo, cruzó la vera hasta que sintió que la fuerza lo abandonó y cayó al suelo. "¡Don José María!", gritó espantada Carolina, "¡Don José María!". Al escucharla, corrió el mosquitero cuidadosamente para no despertar a su esposa y tanteó con los pies las sandalias sobre el suelo de cemento. Volvió para reparar a Rosa a su lado y no la vio, al notar a Carolina le preguntó sin más: "¿Dónde está Rosa?". "... La vi pasar al baño", respondió ella.

Don José María Aguirre había decidido dejar muy claro su punto. Pensando en ello, salió del baño y buscó en la penumbra de la madrugada una camisa, el vapor de la mañana calurosa ya comenzaba a pegarse a la piel. Se calzó sus botas de piel, se amarró el cinturón marrón sobre su dril que comenzaba a colgarle por la pérdida de peso. Bajó las escaleras mientras la madera de los escalones lo saludaba, dio vuelta la esquina para ir a la cocina. En el estante vio la botella de aguardiente y pensó que era el mejor momento de acompañarse, de darse todo el valor posible, así que se empujó una buena copa que le calentó el garguero. Cuando vio el amanecer al abrir la puerta, tuvo que entrecerrar los ojos. De camino a la caballeriza pensó en su yegua y creyó que no podría tener mejor compañera.