Respiró profundo. Cansada, agotada, agobiada, como si el día se hubiera quedado atrapado en su pecho. No había una palabra que emergiera para escribir. Nada. No se le ocurría nada. Ni una chispa, ni una frase, ni siquiera una imagen suelta que tirara del hilo.

Buscó la definición de la palabra aburrimiento. ¿Cómo iba a escribir sobre él si no sabía qué era?, si creía que nunca lo había sentido. Estaba acostumbrada a escribir sobre las cosas que había vivido, que había sentido y que había –alguna vez– pensado. Escribir empezó a ser una parte clave de su vida después de la operación de las cuerdas vocales, cuando se quedó sin habla, bajo la urgente necesidad de expresarse, cuando tuvo que recurrir a la escritura para sobrevivir. Al menos emocionalmente.

Agarró su vaso térmico plateado con la tapa de color naranja; había puesto té verde con miel adentro. Estaba caliente, le sacó la tapa para que se enfriara. Levantó la mirada hacia la pantalla de su computadora. Tenía abierta la hoja para escribir, blanca y vacía. Vio su reflejo de frente. Sus ojos cansados, el rostro sin expresión, su cara de preocupación y desgano, el marco de sus lentes, el vaso de té en la mano. El dolor de cabeza era tan fuerte que, aunque una palabra hubiera querido salir, no hubiera podido. Pensó que darse una ducha sería una buena idea para renovarse. El agua siempre limpia, siempre lava lo que uno ya no quiere cargar.

Agarró la toalla color bordó que colgaba de la puerta y la bata de baño fucsia que le había dejado de herencia su amiga. Abrió la puerta de la pieza y caminó por el pasillo. Caminó por el pasillo arrastrando los pies. Tiró de la cuerda para prender la luz. Giró la canilla hasta la temperatura que ya había descubierto que era su favorita y se metió. El vapor empezó a llenar el baño lentamente. Cuando llegó el momento del champú se acordó de que ya no había. Tendría que haber ido a comprar; hacía días que no iba al supermercado. La heladera estaba igual de vacía. Ya había estado en ese lugar: en ese lugar de dejar todo de lado, de no ocuparse de lo básico e importante, como si la vida cotidiana quedara suspendida.

Seguía nublada y molesta. ¿Cómo podía ser que nada se le ocurriera? ¿De qué iba a escribir? ¿Dónde estaban las ideas? Recordó esos meses tristes cuando recién se mudaba a la ciudad y no conocía a nadie. Su vida estaba vacía y pasaba las horas haciendo nada. Literalmente nada. Le gustaba cocinar, pintar mandalas, pasear en bicicleta, leer, caminar en el parque, disfrutar del sol. Y pese a que podría haber hecho todo eso porque tenía tiempo libre de sobra, no hacía nada. Tenía todo el tiempo del mundo y, sin embargo, no encontraba la fuerza para habitarlo.

Se acordó del vacío que sintió al salir de la sala de operaciones, cuando al ver a su familia no pudo decir una palabra, cuando ningún sonido salía de su boca por más que lo intentara. Recordó que fueron las vacaciones más ansiadas y planificadas que había tenido hasta el momento. Vacaciones que terminaron en momentos de mucha soledad y silencio. Triste. Un silencio espeso, casi palpable, que parecía ocupar toda la habitación. Sacó la idea del recuerdo de su cabeza; hoy no quería llorar.

Pensó en escribir sobre dos personas que están en una cueva, que se quedaron perdidas en una isla, aburridas. Pero no la motivaba demasiado. Se le ocurrió escribir sobre una persona que estaba en coma, en ese estado de reposo absoluto que sin dudas debe ser aburridísimo —y muy vacío— y cerrar la historia con el diálogo de dos enfermeras diciendo que la persona se había despertado. Pero sintió que tal vez no era prudente hacerlo. Demasiado profundo. Salió de la ducha; seguía sin tener una sola idea potable.

Abrió la puerta de su habitación. Ya era de noche. Las luces de la ciudad se veían desde la ventana. Dejó la luz apagada. La habitación quedó apenas iluminada por el brillo de la pantalla con una hoja en blanco. Se tiró en el piso; sintió su espalda apoyada por completo, abrazó la relajación de estar sostenida por la tierra, y se soltó. Recorrió despacio su cuerpo con la mano derecha. Se masturbó en el piso de su habitación, mirando las estrellas por la ventana. Se encontró entre los gemidos de placer y la electricidad corriendo por todo su cuerpo. Escuchó su voz. Sonrió.

Se levantó del suelo. Prendió la luz. Se sentó al frente de la computadora. Buscó de vuelta la definición de la RAE para la palabra aburrimiento.

aburrimiento
De aburrir.
m. Cansancio del ánimo originado por falta de estímulo o distracción, o por molestia reiterada.
Sin.: tedio, hastío, cansancio, fatiga, aborrecimiento, aburrición, disgusto, fastidio.
Ant.: entretenimiento, diversión.

Comenzó a escribir en la hoja en blanco. Lo describió.

El té estaba helado y el dolor de cabeza desapareció.