Abrieron la puerta de la habitación, cerraron las cortinas, se desnudaron y se acostaron agotados sobre la cama con el cielo de cabecera, apuntando hacia el norte. Palparon la almohada para sacarse de la cabeza la imagen del pájaro del cuento El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga, que tanto espantaba a Alma desde que lo había leído en su infancia. Oscar metió la mano debajo de su almohada, cogió su pijama y el gorro para dormir. Alma se puso el suyo. Eran gorros de goma, de los que usan los nadadores, pero estos tenían incorporado bluetooth para transmitir información, pasar al cerebro del otro, interfiriendo en sus sueños. En los últimos meses, introducirse en sueños ajenos se había convertido en una necesidad urgente para entrar a la dimensión que despiertos no recordaban. Memoria y sueños eran enigmas que jugaban tomados de las manos.

Alma y Oscar creaban cada noche un puente que les permitía atravesar las tres divisiones del tiempo que conocemos, pasado, presente y futuro, en una trenza que solo ellos sabían cómo tejer para llegar a una onírica comunión. Los sueños eran un lenguaje para comunicarse, con códigos propios unidos en una forma misteriosa que les entregaban mensajes personales. Había algunos que tenían que descifrar, comprender juntos. La primera vez que transitaron fuera de sus propios sueños fue después de un largo trayecto, pasaron por varias estaciones, cuatro cuartos que dividían los cambios de paisajes de la naturaleza. El reloj había avanzado 360°.

Escuchaban el sonido constante de la cascada de arena. Se taparon con el cobertor de diseños precolombinos, cargados de significados y conocimientos de sus orígenes, expresiones de sus identidades. Envueltos en ese pesado manto tejido, hecho de infinitos nudos luminosos y tintes naturales, que se iban lentamente desatando y diseminándose, fueron cayendo en un trance, cediendo a la gravedad con la delicadeza y el absoluto control de los movimientos para posar una ofrenda valiosa ante un ser divino.

En una contraposición de direcciones y fuerzas, una que tiraba hacia la tierra y otra hacía el cielo. Así se sentían por dentro Alma y Oscar. Esas energías etéreas entraban en acción y fricción provocando el desprendimiento de múltiples capas. Primero, la de las acciones cotidianas, preocupaciones, lo contingente, el tiempo consciente. Una a una liberándose, dejándolas ir a todas. En el primer despegue, cada uno tomó distancia, viajó hacia sus mundos, memorias, recuerdos con personas significativas del presente y pasado.

-Alma, por favor, deja de hablar y quédate dormida, el silencio no es tu enemigo.

-Déjame, me gusta hablar antes de dormir, ¿por qué crees que se les cuentan historias a los niños en la cama? Son hechizos que te toman de la mano para soñar.

-Hablas todo el día, incluso cuando duermes. Nunca te callas.

-Ni debajo del agua, ya me lo has dicho antes -dijo Alma riendo.

-Tantos diálogos y detalles, ¿y la acción cuándo llega?

-¿A qué te refieres? -Respondió Alma mirándolo juguetona.

-A dormir, Alma, deja material para tus sueños.

-No entiendes, Oscar, te cuento todos esos detalles para que crees las imágenes y entres en ellas. No sabes escuchar y es porque tus orejas son pequeñas, casi invisibles.

Alma levantó el gorro de Oscar y le dio un beso en su oreja y se entusiasmó dándole un suave mordisco. Oscar dio un grito.

-Eres tan sensible, Oscar…

Él la besó dos veces, en el segundo con un mordisco en la lengua que Alma resistió riendo para responderle con otro más fuerte. Con mordeduras de intensidades y profundidades diversas en diferentes partes de sus cuerpos se fueron quedando dormidos.

Alma nadaba en el océano trazando el mismo movimiento de la serpiente Uróboros, mordiéndose la cola, formando un círculo sin fin. La velocidad con que nadaba iba variando según sus intenciones, imitando a los delfines. Iba de crucero hasta arrancar a gran velocidad cuando estaban cazando, huyendo de depredadores o buscando pareja. Nadaba por el cielo, subiendo y bajando de niveles, atravesando dunas tibias dejando que los átomos se metieran por todos sus pliegues. Su cuerpo tomó la forma de un reloj de arena antiguo ladeado. Despacio comenzó el desmoronamiento horizontal interno. Cuando uno de sus recipientes estaba por vaciarse completamente, Oscar entró de golpe por uno de los lados de la vasija de vidrio. Entró en el sueño de Alma para cambiarlo todo, en especial el trazado de las mareas sobre las que ella cabalgaba. De las suaves curvas acuáticas pasaron a olas vagabundas, monstruosas que asustaban a Oscar. Ella se agarraba con sus muslos a los de él, pero le resultaba difícil sostenerse sobre estas olas gigantes. Alma no paraba de viajar.

Oscar estaba visitando la casa de su infancia, corriendo por intersecciones de calles, que iban cambiando de ángulos. Corría de lado con su perro, Obsidian, un perro negro con ojos rasgados y tornasolados. Mientras más corría, y a más velocidad, esto provocaba variaciones en su línea de tiempo, acelerado por el reloj digital que exhibía en su esternón como escudo. Pasaron los años hasta convertirlo en un hombre de mediana edad, adornado por pulseras de madera en ambas muñecas, cascabeles para espantar malos espíritus. Mantenía su espíritu juguetón a pesar de la adultez. Se entretenía escondiéndose de su perro, después llamándolo con bailes y con sus muñecas sonajeras, como un danzarín español.

Al llegar a la esquina, dio un giro y se encontró de frente con dunas costeras, saladas con aroma a rocas secas y algas. Caminó sobre el piso cristalizado, un lente amplificador que dejaba ver los cuerpos marinos disecados bajo él. El paisaje del piso fue cambiando, de conchas de diferentes tamaños, colores y texturas, pasaron por enredosos cochayuyos, y luego impalpable arena de desierto. Oscar vio a Alma.

-Almaaaaaaa.

Ella nadaba en las dunas, se enterraba y aparecía por el otro lado de la montaña, levantando polvo hacia las nubes, formando remolinos que tapaban la visión de Oscar. La humedad de las nubes y la arena formaron un macizo quitasol, sombra dura que seguía a Obsidian, quien intentando escapar de las varillas estrictas de la sombrilla se perdió en el atardecer. Oscar seguía inventando juegos, ahora era un mago. En un acto de ilusionismo sostuvo con su mano derecha el sol, luego extendió la mano izquierda para que la luna se posara sobre su palma.

-¡Tengo a ambos, mira, Obsidian!

Obsidian daba saltos para morder una esfera y luego la otra.

-Siempre perdido entre dos estrellas, perro tonto deja de seguir a tus padres, ¡así jamás crecerás! -Grito Alma desde la cima de una roca.

-¡Alma! ¡Aquí estoy!

Oscar movía en la distancia sus brazos para que ella lo viera. Como no lo hizo, cambió la estrategia, movió sus muñecas para que lo escuchara. Alma, entretenida en su relato, continuó su cuento. Se había sentado cerca de un río y miraba el reflejo del agua, hablaba imaginando a Oscar. Sin escuchar ni oírlo, él se transformó en un sonajero humano, cada vez más estridente. Luego en una onda expansiva, que tomó la forma de un boomerang. Obsidian y Alma se le escapaban. Sobre la cama, colgaba Alma y en otra punta Oscar, acalorados e inquietos por una noche de verano que no baja de 33° Celsius.

En los sueños todo era posible, todo lo que humanamente nos limita como son la mecánica corporal, el medio ambiente y el tiempo lineal, nadar entre dunas, jugar malabares con el sol y la luna, eran realidades. Alma seguía hablando como narrador omnipresente. Oscar cabalgaba sobre un caballo metálico de formas geométricas, imantado por la armadura que no podía quitarse. Con dificultad para respirar porque sus costillas estaban aplastadas. Si respiraba de forma ascendente, lograba tomar aire para pensar. Cada movimiento le exigía no solo concentración mental sino fuerza muscular. Estaba agotado por el peso del metal. Alma rodó sobre la cama y Oscar cayó en un arrecife con su traje de caballero medieval. Caminaba tan lento que Alma nadó a su alrededor varias veces, y él solo daba un paso.

Alma saltó sobre el caballo de Oscar y chocaron de espaldas, y la armadura se desplomó, quedando ambos desnudos. Rozando sus omoplatos húmedos. Fueron sincronizando sus respiraciones, girando hasta quedar frente a frente. El sube y baja, la fricción, fue intensificándose, haciéndolos emerger a la superficie violentamente convertidos en dos aves que danzaban en el aire, lanzando sus plumas, misiles a mensajes dibujados en el campo, alivianando sus vuelos. Cuando no quedó ninguna pluma, cayeron, incendiándose, convertidos en cenizas, desparramándose por el viento, camuflados entre los granos de arena.

-Silencio, Alma… alguien respira fuerte.

-Eres tú, Oscar.

Curiosos se cubrieron la boca y escucharon la respiración de alguien que dormía cerca.

En el segundo despegue, estaban juntos. Con esa cercanía de los cuerpos, Alma aprovechó para besar a Oscar. De día era esquivo al contacto corporal, pero en sueños su cuerpo tomaba diferentes formas y podía sentirlo en todas ellas.

Un ruido, una estridulación, el sonido producido por la fricción con ciertas partes del cuerpo, y luego un bramido. Oscar hundió su mano en la arena hasta meter el brazo izquierdo entero para encontrar algo con que defenderse. Sacó un sable que medía 7 metros. De pie en una esquina de la habitación de la casa, sintió que corría mucho viento, junto a él estaba Alma. El miedo salió de su cabeza en forma de cabellos de varios metros que se convirtieron en tentáculos cubriendo la visión de Oscar. Él tomó su sable y comenzó a hacer cortes en el aire. Las paredes de la habitación estaban cubiertas por fotografías de su familia en blanco y negro.

Alma miraba a Oscar caminar cortando las 6 caras de la habitación, ella iba esquivándolo, contoneándose como lo hacen las serpientes. Oscar caminó con el largo sable, arrastrándolo por el parquet, creando tallados profundos con el filo del arma, clavando de punta a punta la casa, saliéndose por las ventanas, atravesando el piso y luego el techo. Era el show de Oscar y su casa negra. Alma tomó a Oscar por la espalda, cubriéndolo, envuelta en él con sus piernas y brazos. Le arrebató el sable y lo apoyó en la pared.

-¡Los odio! -Gritó Oscar.

Lloraba enroscado en el piso. Alma se tendió junto a él.

-Oscar… lo sé…

-Mi familia, los odio a todos. Si pudiera cortar así mi pasado, esa invisible espiral genética detestable.

En la pared las fotografías, todas, cada una tenía cortes que dejaban entrar el aire, y se fueron despegando, cayendo enroscadas igual que hojas secas de bananas asoleadas. Oscar caminó hacia la puerta desorientado. Alma lo siguió para ver hacia dónde iba. Al pasar por ese umbral no recordaban nada del lugar anterior, no tenían memorias. Eran dos seres recién llegados al mundo.

Alma estaba ahora en un paisaje sureño, con una cabaña en el fondo. Corría un viento gélido, acomodó el gorro que llevaba puesto para proteger sus oídos. Caminaba por una huella dibujada que le indicaba dónde recoger leña para la estufa que estaba en la cocina. Al ir a tomar el hacha, quedó detenido su movimiento.

-Deja eso, cariño, yo lo hago.

-Oscar, ¿qué haces acá?

-No lo sé, recuerdo que estábamos durmiendo, ¿es tu sueño o el mío?

-No lo sé.

Alma miró hacia el cielo, vio que nadaba agotada junto a Oscar. Se dejó ir, dejando que su cuerpo fuese llevado por las direcciones que las corrientes del agua eligieran, sin forzar nada. Por mucho tiempo fue de los peces que nadan a contracorriente y eso la había hecho perder varias lentejuelas nacaradas de su valioso traje. Oscar se había convertido en viento, con su soplido secaba el vestido mojado por el mar, con otro soplido la desnudaba, para luego volver a cubrirla. Jugaba así con su muñeca que hablaba. Alma se divertía y reía.

Oscar se enojó con el viento fisgón; era la falta de oxígeno lo que lo confundía. Aplaudió para ser atendido con prisa. El escenario aéreo dio la entrada del azul imperial. Se extendieron kilómetros de un inmenso lienzo satinado por donde se puso a correr. La tela resbalosa lo hacía enredarse en el camino. Quedó colgando y en otros, enrollado, aprisionado en una camisa de fuerza que él mismo se había puesto.

-¡Mira lo que haces, Alma!

-¿Yo qué hice?

-Llevas puesto ese traje ajustado de lentejuelas, y te agitas bajo el sol con esos ojos encendidos ¿a quién vas a ver?

-Oscar, tú y tus celos, yo no te digo nada por ese quitasol que te sigue cuando sales a correr. Un monumento a la pesadez.

-A propósito de tirarnos piedras, ¿dónde está Obsidian?

-Déjame a mí eso, yo lo llamaré.

-Veamos a quién le hace caso, a ti o a mí.

Oscar y Alma peleaban cuerpo a cuerpo sobre mareas cuadradas.

Con la cabeza húmeda por el sudor, Oscar despertó. Se sacó el gorro. La habitación estaba cubierta de miles de minúsculos triángulos transparentes de colores que se movían, se expandían y giraban, un caleidoscopio amplificado iluminado por luna llena. Alma seguía en otro paisaje, miró a su alrededor y no vio a Oscar y se quitó el gorro también. Giraron sobre la cama dándose la espalda.

-Alma, hemos perdido a Obsidian.

-Tú lo asustaste con tus gritos.

-Yo no he gritado.

-Tus orejas minúsculas no perciben el volumen de tus palabras.

Cada uno volvió a ponerse sus gorros. Oscar lo llamaba por un lado, Alma por otro, eso lo confundía sin saber qué voz seguir, a quién ser leal. A sus memorias antiguas, construcciones primarias, la identificación con su amo, la comodidad de seguir órdenes. En otro ángulo estaba el presente con una voz abstracta, palabras sueltas que repercutían en sus huesos, intuición y protección. Dos palabras que le permitían moverse con seguridad en el mundo. Si se perdía, podía volver al significado de una de las dos, si estaban ambas, sabría cómo regresar siempre a su hogar.

Viéndolo sufrir al tener que decidirse, ambos unieron sus silbidos. Con una espiral de notas lo hicieron volver. Guiándolo por un infinito pentagrama de madera hecho de listones. Trepó entusiasta, subió por el andamio hasta donde lo esperaban al final Alma y Oscar. Lo tomaron en brazos y después de acariciarlo lo soltaron para que jugara persiguiendo estrellas fugaces.

Envueltos en sus mantas, se columpiaron por horas, días, meses, años, siglos y milenios, mirando a Obsidian correr entre nubes y mares, esconderse entre calles y dunas, atardeceres magentas y noches ventosas. Continuaron meciéndose en una oscilación que comenzó tímidamente a empujar ese péndulo. Fue tomando más fuerza y velocidad, hasta que salieron disparados, nadando y volando, atravesando capas líquidas, sólidas, gaseosas, mimetizándose y tomando las formas del todo. En un momento Alma era Obsidian, luego era el hacha, Oscar la serpiente, Alma los cascabeles de madera, ambos la manta que los cubría, Alma era las calles, Oscar el perro que corría sobre Alma sin fuerzas. Agotados de tanto viaje, cayeron en un profundo sueño.

A media noche Alma despertó con sed. Se levantó para tomar un vaso de agua en la cocina. Había una estufa de leña encendida. Al cruzar el umbral de la puerta recordó lo qué estaba soñando. Volvió a meterse en la cama, acercó su cuerpo al de Oscar, sus ojos estaban agitados, moviéndose en todas direcciones, escaneando imaginariamente información, como lo hacía al soñar. Alma cerró sus ojos al mismo tiempo que Oscar los abría. Vio cómo ella dormía, y luego sintió la boca llena de líquido, tragó el agua salina, que se transformó en arena al bajar por su garganta.

Giró sobre ella como un reloj de arena apurado, en la posición para comenzar el conteo del tiempo. Alma lo sintió bajar por su cuerpo igual que fina arena, metiéndose por cada pliegue, y antes de terminar de vaciar su recipiente, ella giró suavemente y fue el turno de él. En ese rito se pasaban horas cada noche, dando vuelta el tiempo, de un lado a otro.

Oscar abrió el camisón de Alma.

-Tengo que ver que eres tú y no la gallina del cuento de terror que me da miedo.

-Ese es otro cuento, Oscar, el del pájaro no es el mismo que el de la gallina. Los dos son de Quiroga. No tengas miedo, Oscar, abrázame. Puedo convertirme en tu almohada en el próximo sueño.

-Se me ocurren muchas cosas cuando dices almohada…

-A ver… cuéntame, quiero escucharte…

-¿Te vas a quedar callada, en serio?

-Sí… al menos mientras estés hablando.

-Deja que te cuente algo más de las gallinas.

-Alma, está bien… cuéntame…

Alma le habló a Oscar en voz baja. Las últimas palabras no las pudieron escuchar ninguno de los dos.

-Las gallinas simbolizan la fertilidad, la maternidad, la protección del hogar, la prosperidad y la buena fortuna. Representan también el cuidado, la protección de los hijos. En negativo, es la cobardía. En el ritual judío, kaparot, se usan para la expiación de los pecados de las mujeres, y un gallo para los hombres.

Oscar y Alma se durmieron abrazados en un solo cuerpo, con dos cabezas. Por fuera de la ventana una piedra volcánica oscura los protegía. Era la escultura de un perro que tenía puesto un collar trenzado de cuero de reptil, al que a Oscar le gustaba jugar a vestir y desvestir, para ver qué hay por debajo de las formas.

Todo esto ocurrió en el año de la Serpiente de Madera.