Hay quienes dicen que no existen las películas anti bélicas, porque todo film bélico termina estando a favor de la guerra. Como si mostrar algo fuera lo mismo que fomentarlo. Es cierto que muchas películas que dicen tener intenciones anti bélicas terminan glorificando la guerra, convirtiéndola en un espectáculo. Es más, hay películas que se han usado como propaganda para fomentar el visto bueno del público sobre una guerra, por ejemplo Vivir al límite (The Hurt Locker, 2008). Pero no creo que mostrar algo, en una disciplina tan compleja en su lenguaje como el séptimo arte, siempre sea igual a decir que ese algo es bueno. El cine tiene un amplio abanico de recursos audiovisuales para posicionarse éticamente con respecto a lo que muestra.

Para comprenderlo, no hay nada más que recurrir a Funny Games, una película de Michael Haneke de 2007, hecha en Estados Unidos, que es un remake plano por plano de su propio film austríaco de 1997. Prefiero hablar de la segunda versión ya que, al ser una recreación, le permitió al director ajustar algunos matices, sobre todo con respecto a los actores. Aunque es cierto que cualquiera de las dos son perfectas para ejemplificar el tema. Ambas obras ofrecen una reflexión brillante sobre la relación entre la violencia en el cine y el espectador. Para quienes no vieron ninguna, no la voy a spoilear; solo voy a contar la premisa.

La historia gira en torno a una familia compuesta por un padre, una madre y su hijo, que van a pasar unos días en su casa de verano. Apenas llegan, se encuentran con dos jóvenes que, si bien parecían inofensivos en un primer momento, los secuestran en su propio hogar y los someten a torturas físicas y psicológicas mientras se toman todo como un simple juego. Teniendo en cuenta la trama, uno puede adivinar que es una película incómoda de ver, y Haneke nos muestra desde muy temprano que busca sacar al espectador de su lugar de confort. En los créditos iniciales, en los que la familia está viajando hacia su lugar de vacaciones en auto, la ópera suave que están escuchando es interrumpida por una música extradiegética, es decir fuera del mundo de la película, compuesta por baterías a alta velocidad, guitarras distorsionadas y una voz que produce alaridos agudos casi inhumanos, mientras unas letras grandes y rojas anuncian el título: Funny Games U.S.

La música caótica y disonante se mantiene sobre las imágenes de la familia sonriente, lo que augura el carácter de la historia en la que dos psicópatas torturan a estos pobres individuos, mientras, por momentos, se comportan como dos niños alegres y tontos. Ese principio es solo una pequeña muestra de lo que viene después. Haneke nos está advirtiendo que esta no es una “película entretenida”, sino que está planeando otro tipo de experiencia para nosotros. En más de un momento uno de los jóvenes mira a la cámara buscando una complicidad con el espectador. Nos mira directamente, como diciendo: «¿También estás disfrutando de esto?». Porque al estar viéndolo, de alguna forma, somos cómplices.

En la estructura clásica del guion, que se compone de tres actos, el personaje puede triunfar al final; pero ese triunfo supone que pasó por una serie de acontecimientos en los que cada vez cayó más bajo. En esta estructura clásica, se supone que el héroe se sobrepone al conflicto justo después de su punto de mayor debilidad, lo que hace que su triunfo sea más satisfactorio. Teniendo esto en cuenta, puede ser que queramos verlo ganar, pero en algún punto queremos verlo sufrir antes. ¿Qué dice eso de nosotros? Esta es la pregunta que nos hace Haneke en esta película, sólo que la lleva a su forma más extrema. Rompiendo la cuarta pared de forma abrupta, nos interpela directamente cuando uno de los psicópatas, ante las súplicas de una de sus víctimas, mira a cámara y nos pregunta:

¿Ustedes creen que ya fue suficiente? Es decir, quieren un final real, ¿no es así? Con un desarrollo de trama creíble. ¿O no?

No creo que Haneke esté diciendo que los espectadores necesariamente somos despiadados, creo que la película tiene una intención filosófica; entendiendo esto como la intención de hacerse preguntas más que de dar respuestas definitivas. Nos invita a la reflexión: ¿qué rol cumplimos como espectadores? ¿Tenemos el control a la hora de ver un film? ¿Deberíamos ver una película sobre el sufrimiento de los inocentes? ¿Cuál es la forma de asistir a esas historias? Todas estas son preguntas que abren charlas que difícilmente pueden cerrarse con una respuesta tajante. Algo raro y bienvenido en el mundo actual. Afuera de la lógica de “no quiero problemas, quiero soluciones”. Los problemas nos obligan a pensar.

Si uno busca solo entretenerse un rato, esta no es la película para ver. Pero si uno busca el lado artístico y filosófico del cine, esta es una obra ideal, ya que el arte no está solo para entretener; también está para reflejar el amplio espectro de emociones que podemos sentir y para hacer reflexiones sobre la condición humana. Y a veces eso significa invitar a reflexiones que son un poco incómodas.