Hoy he quedado con Andreu Llorens, «Mag Selvin», quien se dedica al ilusionismo desde que era un niño y los Reyes Magos le trajeron una caja de magia. A los catorce años incorporó la ventriloquia. Fernando Maymó, ilusionista y creador de la «Escuela Radio Maymó», le regaló su primer muñeco parlante. Qué curioso: los magos le regalaron magia, y don Fernando, el mago de la radio, le obsequió una voz que habla desde otro lugar, como la radio misma. Podría hablarse de predestinación.

Dicen quienes se dedican a estos menesteres que los magos jamás engañan: juegan con nuestra percepción. Llaman la atención con un gesto intrascendente para que la mirada vaya allí; mueven la mano izquierda, por ejemplo, mientras con la derecha ejecutan la célebre misdirection. Desorientan deliberadamente al público para poder realizar, acto seguido, aquello que realmente importa.

Algunos, como Andreu, acompañan este proceso con comentarios crípticos y humorísticos. Lo cuenta en su libro De ilusión también se vive, un recorrido por su azarosa y llena de episodios memorables vida profesional, por caminos principales y, a veces, también por caminos menos transitados, donde ha conocido a seres de lo más singular.

En este relato hago una parada. Disculpad, pero me vence la nostalgia cuando aparece Christa Leem: aquella estríper hipnótica, cinemática, revolucionaria, teatral… y me detengo aquí porque ningún adjetivo le hace justicia. Prefiero quedarme con la impresión que tuve la primera vez que la vi actuar en el legendario El Molino: era la musa de la libertad recién estrenada, en una Barcelona que ya no existe. Cosmopolita y, a la vez, entrañablemente nuestra.

Christa se nos fue muy joven, como pasa con quienes se convierten en mito demasiado pronto. Murió en 2004, con 51 años. Su arte era una historia de liberación y provocación; bailaba entre la poesía y el calor de miradas prendidas.

Andreu lleva más de medio siglo actuando. Es asesor de otros magos y ha tenido presencia en radio y televisión con un estilo propio, donde mezcla humor y una teatralidad basada en la complicidad con el público. Su ruptura con la cuarta pared no es completa; intenta una invitación a entrar en otra dimensión, donde priman el ritmo escénico y la elegancia.

Si enumerara todos los lugares donde ha actuado, el inventario sería desmesurado. Y cuando leo lo que otros han escrito sobre su trabajo o las personas importantes que ha conocido, a este cronista le invade un complejo difícil de explicar. Para saber estas cosas, vuelvo a remitir a su libro, un caleidoscopio gozoso de anécdotas vividas en primera persona, que se puede disfrutar en el omnipresente Amazon.

Ha amanecido con un sol radiante tras muchos días de lluvia y varias alarmas por fuertes vientos. La del pasado jueves 12 de febrero estuvo justificada: solo en nuestra ciudad, Castelldefels, cayeron más de veinte árboles.

Quedo con Andreu en mi lugar de referencia; por si a estas alturas alguien no lo sabe, es el bar Alba. Sí, por eso lo escribo con mayúscula. Nada que ver con esa hora que, cuando la visitas por gusto, tiene tanto encanto y adopta nombres tan evocadores: alborada, amanecida, aurora, madrugada, primeras luces… y así, tantos y tan bonitos.

En directo, como si fuera una actuación suya, me va desgranando su opinión sobre lo que ha sido su trabajo y su devoción en estos últimos cincuenta años. Me dice que el espectáculo no ha decaído: está en pleno auge, con grandes profesionales que dignifican el oficio. Un oficio atemporal y adecuado para todas las edades. Aunque ahora el público tiene más información sobre lo que va a contemplar, la actuación, si es buena, siempre gustará.

Andreu se lamenta de que haya personas que, solo para tener un fugaz reconocimiento en las redes sociales y en los medios de comunicación, revelen secretos del oficio que se han mantenido guardados durante siglos. Hay, muchas veces, demasiado ruido ambiental, que solo cesa cuando el trabajo bien hecho se impone. Además, continúa, existe un pacto no escrito entre el artista y el espectador: ambos son conscientes de que no hay engaño. Se asiste a los espectáculos para disfrutar de las sorpresas, sabiendo que el mago no tiene superpoderes, aunque algunos lo digan para darle más bombo al espectáculo.

Sobre el ilusionismo espectacular, tan de moda en estos tiempos, basado en grandes actuaciones con equipos trabajando para el mago, en algo más parecido a los efectos especiales de una película y tan alejado del trabajo artesanal que él elabora con amor en cada actuación, Andreu me sorprende al decirme que le gusta. En la vida hay sitio para todos.

Si hay espectadores difíciles, esos son los niños: si en los primeros minutos no los has interesado, se desconectan sin contemplaciones, con la consiguiente contrariedad para el artista.

Lo que más le gratifica es saber que ha asombrado y divertido a los espectadores, niños y mayores.

Podría cerrar este encuentro con Mag Selvin hablando de un libro misterioso, ¿mágico?, con dos dedicatorias suyas, separadas por seis años, que me llegó vía Amazon hace unos días. Pero esa anécdota la dejo en el aire para más adelante y prefiero terminar con una historia preciosa que le oí a mi amigo Dani Izquierdo.

Me contó que, hace años, un niño ciego asistió por primera vez a un espectáculo de ilusionismo. No podía ver al mago, ni las cartas, ni las luces, ni los animales pequeños, ni el humo que envolvía los gestos precisos del artista. Pero respiraba y sentía todo lo que acontecía en el escenario.

En un momento dado, el mago hizo desaparecer un objeto. El público contuvo la respiración, expectante y desorientado, sin saber dónde podía estar. El niño sonrió y señaló el lugar exacto donde lo había escondido. Al confirmarlo el mago, el niño rompió a llorar. Supo que él también podía ver el prodigio.

Quizás esa sea la moraleja: el prodigio no depende de la vista, sino de la sensibilidad de quien lo recibe. Se puede ver, escuchar… y todos, si queremos, podemos sentirlo.

Andreu no solo muestra ilusiones: nos recuerda que la magia existe y que, si la dejamos entrar, se queda.