Había escuchado por mucho tiempo sobre Oaxaca. Mi sueño era pasar ahí un día de muertos, pero el único acercamiento fugaz que había tenido al Estado fue a través de un tour en el que conocí las magníficas cascadas petrificadas de “Hierve el agua” y un brevísimo recorrido por la ciudad a una hora en la que la mayoría de sus atracciones principales estaban cerradas. En esa ocasión me sumergí en sus pasillos artesanales y sembré la certeza de volver.

Cada año intentaba reservar sin falta mi estadía para el día de los muertos, pero los cupos se agotaban o los precios subían al cielo. Incluso hubo una ocasión en la que, a pesar de tener la reserva lista, el día del viaje me di cuenta de que el alojamiento no existía y mi sueño se vio aplazado una vez más.

Estaba en mi tercera visita a México y no podía permitir que Oaxaca siguiera escapando de mis planes, por lo que planifiqué una visita a sus playas de las que no había dejado de escuchar reseñas maravillosas. Todas las personas con las que conversaba mencionaban Puerto Escondido, Huatulco, Mazunte, y otros lugares icónicos de la costa.

El costo de los boletos de autobús en México suelen ser elevados, por lo que el viaje inició en una línea de bajo costo en la que viajaría toda la noche en asientos bastante incómodos. Mi asiento no se reclinaba y en la mañana despertaría con olor a marihuana por parte de los pasajeros. Quizá esa empresa no fue la mejor elección, pero cumplió su propósito. Antes de que amaneciera ya estábamos en la capital de Oaxaca. Desde ahí deberíamos tomar otro transporte que nos llevaría hacia su costa.

Caminamos en medio de la noche, pero temimos por nuestra seguridad. Preferimos tomar un taxi que nos transportó por pocas cuadras hasta el lugar del que salían las camionetas con dirección a Puerto Escondido, donde teníamos nuestra reserva. Un hermoso amanecer anunciaba el inicio de nuestro viaje.

La temperatura aumentaba en el trayecto, el cansancio de la noche sin sueño no me permitía abrir los ojos por completo y cuando nuestro transporte se detuvo no me sentía lista para empezar el día. Aun así, tomamos nuestras maletas y caminamos en busca de un lugar para desayunar. El calor era muy fuerte y el hambre empezaba a despertar, por lo que nos dirigimos a una cabaña, que me recordaba a las covachas de la playa en Ecuador, donde comimos enchiladas.

Nos cambiamos de ropa y fuimos a buscar una agencia que nos llevara a las atracciones más importantes porque nuestra estadía era corta y no queríamos perdernos de lo esencial. Mientras tanto, esperábamos que llegara la hora de ingresar al hotel para poder descansar.

Caminamos por cuadras eternas que llevaban hacia el mar. Al final había un mirador hermoso, rodeado de buganvillas que enmarcaban la vista a la playa. Era una vista impresionante, solo equiparada por la frescura del viento que traía la brisa del mar. Podía quedarme ahí todo el día, pero había mucho por abarcar todavía. Recorrimos cada una de las playas que estaban a nuestro alcance: Manzanillo, Puerto Angelito, Carrizalillo y Zicatela. Cada una se distinguía por algo en particular, a pesar de ser muy cercanas entre sí y era un reto visitar todas.

Aprovechamos las últimas horas para recorrer las playas que estaban en las recomendaciones del hotel, entre ellas, playa Coral. Se encontraba a pocos minutos caminando de nuestro alojamiento, detrás de unas gradas que me recordaron a la bajada de Barranco en Lima. Al llegar la sorpresa fue absoluta. Era una playa encantadora, perfecta para nadar, con varios segmentos naturales.

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Decidí continuar la exploración en los senderos trepando rocas, contemplando la playa desde arriba y pude divisar un rincón escondido en el que descansaban las rocas más hermosas. Era como si todas las conchas y rocas más especiales de las playas que había visitado se acumularan en su arena. Algunas brillaban como el interior de una concha nácar, otras tomaban una tonalidad púrpura distintiva y otras tenían forma de oreja, textura de coral, colores salmón, azul marino y tantas otras variantes que era impresionante ver reunidas en un solo lugar.

El mar tenía un encanto distinto, con el repique propio de las últimas horas de la tarde. Contemplamos el atardecer en el reflejo del agua y permanecimos ahí hasta que la oscuridad nos alcanzara.

La emoción de conocer un lugar nuevo y su belleza había disipado el hambre que ahora reaparecía. Cada lugar de comida se veía prometedor, y decidimos entrar a uno que tenía una vibra especial donde vendían tostadas de mariscos. Era la combinación perfecta entre un taco y un ceviche, refrescante y absolutamente delicioso. En la cocina aledaña estaban cocinando pizza artesanal. De no ser por la prisa, me hubiera detenido a probarla.

La manera en la que se preparaba era digna de contemplar: el cocinero de brazos fuertes golpeaba la leña, amasaba la pizza, la arrojaba por los aires y sacaba del horno una pizza del grosor perfecto con las señales del horno de leña. Era fácil distinguir que la dueña del local no era originaria de México por su acento. Casi todos los que estábamos ahí teníamos rasgos de venir de otro lugar, pero pertenecer ahí. Fue una noche perfecta que podría repetir sin parar.

Al terminar la comida nos apresuramos al hostal para tomar nuestras cosas y prepararnos para lo que depararía el resto de la aventura.