Mamá, papá, mi hermana Reyes y yo vivíamos en una casa de cuatro plantas. Mi padre siempre decía que la había comprado para no tener que cruzarse con nosotras por los pasillos. Se suponía que lo decía en broma. Pero mamá nunca se reía. Cada día, con mi mochila a la espalda, llegaba del colegio y cerraba la puerta principal tras de mí y gritaba “¡Hola!”. Como el pasillo de la escalera estaba hueco, escuchaba cómo una voz de niña, muy parecida a la mía, me saludaba de vuelta.

Siempre entraba con mi hermana de la mano y, siguiendo estrictas indicaciones de mi madre, no se la soltaba hasta que entrábamos en el recibidor. Reyes tenía cuatro años y yo siete. El colegio estaba a unos diez minutos caminando, así que mi madre nos dejaba hacer el camino solas para llegar con tiempo al trabajo.

La vecina, que tenía dos niños que iban con nosotras a clase, casi cada mañana nos seguía a una distancia prudencial para vigilar que llegásemos a nuestro destino sanas y salvas. A mí me parecía que mamá tenía razón: aquella vecina era una entrometida y una metomentodo, así que, orgullosa, agarraba muy fuerte de la mano a Reyes y le demostraba a la vecina, comprobando que nos miraba por el rabillo del ojo, que conocía perfectamente la nomenclatura de los semáforos. No era tan difícil: rojo igual a quieta, verde igual a pasa, y si parpadeaba, dependía. En general, íbamos con prisa, así que miraba a mi hermana y le ordenaba que corriese. Ella siempre obedecía a sus coletas y a su sonrisa de dominó. Yo, como era ya mayor, me hacía una trenza solita y trataba de no reírme durante el camino, ya que estaba de servicio.

Cuando llegábamos del cole, no podíamos ver Los Simpson porque mi padre decía que el almuerzo era un momento familiar. Así que subíamos por las escaleras hasta el primer piso y nos sentábamos en el comedor. El momento familiar solía consistir en presenciar las discusiones de mis padres acerca del trabajo. Luego, cuando al fin la mesa estaba recogida, mi hermana y yo nos dirigíamos a la otra parte de aquella planta y veíamos la tele en el salón.

Imitábamos a mamá y papá peleando por el mando o por quedarnos con el sofá grande. A veces, igual que papá, nos dábamos alguna cachetada. Si la discusión había sido muy fuerte, subía a la planta de arriba y me encerraba en mi habitación. Sacaba mi diario y escribía en él: “Reyes es una rata inmunda”.

Cuando llegaba el fin de semana, mis padres solían irse con amigos y me dejaban cuidando de mi hermana. Luego me daban una moneda de dos euros si, cuando llegaban, estábamos las dos dormidas y los platos limpios.

Mi hermana se dormía muy temprano, así que yo me quedaba viendo Mentes Criminales hasta que conseguía pegar ojo. Pero aquella vez, mi hermana me obligó a acompañarla hasta la cama.

—Sube tú sola —le dije, ya que el agente Spencer Reid, mi personaje favorito de la serie, estaba a punto de adivinar al asesino.

—¡Qué no, en serio! Acompáñame, por fa; te juro que he oído un ruido en el hueco de la escalera.

—¡Anda ya! No seas niña chica —le respondí— y, poniendo los ojos en blanco, accedí a acompañarla.

Como siempre, en cuanto se metió en la cama, empezó a roncar. Cuando me dispuse a bajar las escaleras, escuché, tal como mi hermana había dicho, un ruido que provenía del hueco. Bajé con decisión a comprobar que todo estaba en orden.

—¡¿Hola?! —pregunté, girando hacia el hueco.

—¡Hola! —contestó. Pensé que era el eco, pero lo extraño fue que esta vez su voz era diferente; no se parecía a la mía. Era una voz adulta.

—¿Quién eres? —Le pregunté.

—Soy tú. Tú serás yo —me dijo.

—¿Co…Cómo? —pregunté. Me tembló la voz, pero yo no tenía miedo. Yo nunca tenía miedo.

Bajé unos escalones más y asomé todo mi cuerpo por la barandilla, justo como mamá me tenía prohibido. Pero no se veía nada. Retumbaba el suelo al son de aquellas palabras.

—¿Qué quieres? —Volví a preguntar.

—Solo me dejan decirte una cosa.

—¿Qué cosa? Vete de mi casa.

Entonces empezó a dolerme la cabeza muy fuerte. Como cuando volví de Disneyland con 42 de fiebre. Empecé a gritar por el dolor. La voz me habló de nuevo y esta vez no retumbó solo el suelo, sino también mi cuerpo.

—Eres una niña —sentenció.

—Soy una niña —repetí aterrada.

—Eres una niña —volvió a decir. Aunque sonó desde más lejos.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo y rompí a llorar. La casa se quedó en silencio, así que agarré valor y bajé de nuevo al salón para marcar a papá desde el fijo. La voz de mi padre respondió al otro lado tras algunos tonos.

—Papá, hay ruidos en casa. Tengo miedo —grité con la voz entrecortada.

—¿Niña? ¿Eres tú? Por favor, que ya eres mayorcita —me colgó y me metí en la cama temblando.