Habían trabado amistad en la infancia. Estudiaron juntos en la misma escuela primaria; luego siguieron en la secundaria. En la universidad, si bien siguieron carreras distintas: Administración de Empresas y Filosofía, continuaron viéndose siempre. Fue en la época infantil, con no más de 10 años, en que ambos comenzaron a tomar clases de kung fu, en su variante de hung gar, la más potente y letal de todas. Dragus solo estudió un par de años, o menos. Lo suyo no era la fuerza bruta, la violencia. Rápidamente prefirió las clases de violín a las artes marciales.

Bogdan, su entrañable amigo del alma, por el contrario, continuó con pasión en esa práctica. Lo suyo sí, sin dudas, tenía que ver con la rudeza. Andando el tiempo, se hizo un formidable luchador del kung fu, habiendo ganado numerosos trofeos. De todos modos, eso siempre lo vio como un pasatiempo. Su interés era “ser un tipo normal”, según decía ardorosamente, “casarse, tener muchos hijos y hacer mucho dinero”.

Siguieron juntos todo el tiempo, profundizando su amistad. Algo indefinido los unía, un cariño a prueba de todo. Se podría decir que había una admiración mutua. El rudo, sencillo, con una vida sin mayores complicaciones, casi superficial en algunos aspectos, Bogdan, sencillamente admiraba a su amigo. Por su lado, Dragus –el “intelectual”, según Bogdan– veía en su amigo lo que a él, secretamente, le hubiera gustado ser: un tipo sencillo pero muy funcional, muy “normal”, para su punto de vista, sin problemas con el alcohol o las drogas, con una pareja estable. Lo de su bisexualidad era un secreto muy profundamente guardado; Bogdan jamás llegó a saberlo.

Dragus ansiaba ser distinto a lo que era, pero no podía lograrlo. A la vista de todo el mundo, era un bohemio trasnochado, un intelectual que pasaba sus días sin saber lo que quería. En otros términos: un vagabundo errante que nunca tenía trabajo fijo, que no tenía pareja sólida y que vivía, en muy buena medida, del préstamo. Fumaba y fumaba mucho, pero jamás compraba un paquete de cigarrillos. Era ya famosa su actitud suplicante, siempre con la mano tendida para pedir, aunque lo maquillaba de tal manera que no caía mal. No pagaba el café que consumía en cualquier cafetería, y mucho menos las bebidas alcohólicas. De todos modos, dado su don de palabra y teatral histrionismo, para mucha gente era un profundo pensador, conocedor de infinidad de temas, agudo y muy acucioso, y se le perdonaban esas “travesuras”.

En lo más recóndito, algo que jamás hablaba con nadie, que ni siquiera se atrevía a confesar para sí mismo, se sentía un fracaso, un fiasco. Aparentaba hacer las cosas, pero en el fondo sabía que no las hacía. Todo lo maquillaba. “Lo mío es el engaño. En eso sí que soy bueno”, razonaba amargado.

Bogdan era uno de esos numerosos engañados, de quienes veía en su amigo todo un filósofo, un magnífico analista con criterio crítico, un estudioso muy inteligente. Por el contrario, Alina, su esposa, encontraba en Dragus un aprovechado, un mentiroso de oficio que lo único que hacía era pasar el tiempo sin mayor esfuerzo; un sibarita de la dolce vita, acostumbrado a no trabajar y ser siempre servido. De hecho, lo había conocido en su época de estudiante universitario –ella era abogada ahora, muy devota de la Iglesia Ortodoxa Rumana, siendo su padre un clérigo, y un tío abuelo, patriarca–, pues habían cursado algunas materias en común en la universidad de Bucarest, en la ciudad de donde los tres eran oriundos. En algún momento Dragus le había coqueteado –tal como lo hacía con todas las mujeres que se le cruzaban–, sin haber encontrado eco en aquella bella joven, alrededor de dos décadas atrás.

Pero había algo más que unía a los dos amigos, algo muy profundo, muy íntimo. Muy vergonzante para ambos, vivido de distintas maneras en cada uno, pero que encerraba oscuros sentimientos, los que jamás salían a luz.

En sus primeros años de universidad, alguna noche, volviendo juntos de una juerga, en la oscuridad de una calle nada transitada, fueron sorprendidos por dos ladrones que los amenazaron con sendas navajas. Dragus se orinó del miedo, pero Bogdan, campeón de kung fu, recordó la máxima que le enseñaran sus maestros: “si te insultan, ignóralos; si te provocan, huye; si te acorralan, mata”. Le escapaba totalmente a eventuales peleas callejeras; no quería pelear si no era en un torneo. De hecho, nunca lo había hecho; sabía del potencial que tenía, y evitaba por todos los medios hacer alarde de su destreza. Ante las provocaciones, prefería retirarse, fiel a la enseñanza de sus sensei. Pero esta ocasión lo forzó a actuar.

Con el primer golpe, el ladrón que no lo recibió salió huyendo despavorido. El otro no tuvo la misma suerte; luego de un par de golpes que lo aturdieron, la tremenda patada en la cabeza le provocó fractura de cráneo con pérdida de masa encefálica. Bogdan era todo un campeón en ese arte marcial, y para este tiempo estaba en su mejor momento deportivo. Ya en el suelo el ladrón, su cara cubierta de sangre, Dragus quiso pegarle algunas patadas, pero su amigo se lo impidió. El honor de un arte marcial prohíbe taxativamente cometer esa abyección; al enemigo derrotado se le respeta.

Dejémoslo y vámonos”, dijo apresurado. Pero antes constató el estado en que había quedado el asaltante. Ya estaba muerto.

Caminaron apresurados por la calle vacía. Eran las dos de la madrugada. No hubo testigos. Ambos jóvenes sintieron que venían de cometer algo grande, muy grande. Dragus sentía que era cómplice de un asesinato, mientras Bogdan ya pensaba en la coartada que usaría, llegado el caso.

Lo cierto es que no tuvieron ninguna consecuencia por el hecho. Un par de días después en el România Liberă, periódico de gran circulación a nivel nacional, aparecía la noticia de un cadáver hallado en la vía pública con señal de una brutal agresión, informándose que la policía estaba investigando el hecho, pero sin pistas suficientes. Los muchachos respiraron hondo y se prepararon para lo peor. Entre sí se juraron que, si los aprendían, dirían que no tenían nada que ver con ese asesinato, negarlo todo. Pero pasó el tiempo y nunca se aclaró nada. Por lo pronto, el caso fue archivado por la policía, y solo quedó como una estadística más de esas que nunca se resuelven.

Este acontecimiento, sin dudas más que ninguna otra cosa, forjó un indestructible pacto de silencio entre los dos. Nunca más hablaron del tema, y ninguno se lo contó a nadie. Pero tácitamente, sin siquiera pronunciar palabra al respecto, quedó establecido que eso “no había ocurrido, nunca pasó y no había ningún muerto”. Ese secreto los unía más que ninguna otra cosa.

Bogdan, ya en su vida adulta siguió practicando kung fu, aunque a un ritmo mucho menor que durante la juventud, cuando había tenido lugar ese episodio. Dragus estuvo algo paranoico durante un tiempo, y paulatinamente fue abandonando el sentimiento de persecución. Hasta incluso, algunas semanas después, compuso un poema sobre las artes marciales, que finalmente nunca se atrevió a publicar. El tiempo pasó, y la historia quedó sepultada por la vida.

Aunque había algo más que los unía; esto sí era un secreto, total, absoluto, pero solo para uno de los amigos. Dragus seguía deseando a Alina, a quien veía cada vez más atractiva. Últimamente se habían intensificado las visitas que hacía a su casa, siempre con la excusa de ver a Bogdan. Esas visitas no eran raras, no podían llamar la atención. Eran amigos y se llevaban muy bien. Nada más que decir. De todos modos, ahora estaban aumentando. Incluso un par de veces llegó cuando Bogdan no estaba en la casa, pues viajaba algunos días por razones de trabajo.

Seductor como era, Dragus se había sabido ganar la simpatía y admiración de los dos hijos de su amigo y de Alina. Aún niños pequeños –8 y 6 años– quedaban fascinados con los trucos de magia que hacía el visitante. Eran prestidigitaciones sencillas, simples juegos de mano, pero presentados de tal manera que hasta los adultos quedaban encantados. En uno de ellos, pedía a Alina que le extendiera su mano para, supuestamente, hacer una “magia”. Con ello se establecía un contacto físico, mínimo, pero contacto al fin. Después de varias veces de realizada la “increíble prueba”, como anunciaba Dragus, notó que la mano de Alina seguía sobre la suya más allá del tiempo requerido para la “gran magia”. ¿Un mensaje de la bella abogada?

Las visitas se fueron haciendo más repetidas. Cuando Bogdan estaba ausente, cosa que sucedía muy frecuentemente, Dragus llegaba más aún. Alguna vez, una noche de mucho frío en que nevaba copiosamente, y con el marido de viaje, el “mago” pidió permiso para quedarse a dormir en la casa. Los niños fueron los que insistieron, pidiendo que les contara otra vez el cuento de Vlad III de Valaquia, apodado el Empalador, más conocido por Conde Drácula. Dragus era un experto en crear esos climas de suspenso, pudiendo prolongar el relato por una o dos horas, con agregados y creaciones suyas muy ingeniosas. Esa noche la velada se prolongó hasta tarde, yéndose todos a dormir casi a la madrugada. Los niños quedaron encantados –y espantados– con todos los agregados hechos por el improvisado cuentista. Con el miedo con que habían quedado, tuvieron que dormir en la cama junto a su madre, dado que el padre estaba ausente. Dragus durmió en el cuarto de huéspedes.

Un par de días después, el mago poeta llamó a Alina diciéndole que, días atrás, cuando se hospedó en su casa, había pensado visitarla en su cuarto, pero que la presencia de los niños se lo impidió. Para su sorpresa, la respuesta de la mujer lo dejó atónito. Y entusiasmado: “¿Por qué no te atreviste? Otra vez será entonces”.

Y esa otra vez llegó. El desprecio de Alina de años atrás se había trocado ahora en pasión erótica. Ello podía explicarse por el debilitamiento del vínculo con su pareja. De todos modos, aunque ya prácticamente no se tocaban, como buena feligresa y pariente de un jerarca de su iglesia, jamás hubiera pensado en separarse. Por supuesto, el encuentro no fue en la casa de ella y de Bogdan. Comenzó un romance peliculesco, viéndose en los lugares apropiados, muy discretos. Ella nunca usaba lentes oscuros, de sol. Ahora sí. Maquilló eso diciéndole a su esposo que tenía algún problema oftalmológico, y el médico se los había recomendado.

Pero la discreción, por más estudiada y profunda que se quiera, siempre deja resquicios. Alguien los vio por allí en actitud “sospechosa” y, por medio de un anónimo, se lo hizo saber a Bogdan. Éste no quiso dar crédito al mensaje; le parecía imposible que su “adorada e inmaculada esposa” –así se refería siempre a Alina– pudiera cometer un acto sacrílego como ese. De Dragus podía llegar a concebirlo, pero no le parecía. La dulzura con que trataba a sus hijos le hacía pensar más en la figura de un tierno tío solterón que en la de un travieso picaflor. Quién sabe por qué, desde hacía un tiempo quería creer que su amigo estaba abandonando, o ya había abandonado, su anterior perfil donjuanesco, convirtiéndose en un serio profesor de filosofía.

¡Qué ilusión la de Bogdan! Confiándose en que Alina ya estaba premenopáusica, los amantes no usaron ninguna protección. Y sobrevino el embarazo. ¡Catástrofe en puerta! Como ella era muy devota, o más aún: muy atada a las tradiciones familiares, con un padre sacerdote –¡imposible pecar!–, la idea de un aborto era impensable. ¿Qué hacer entonces?

Confesarlo todo a Bogdan estaba descartado. Hacerle pasar ese hijo como propio era una opción. Pero eso requería mucho valor, valor que Alina no tenía. También pensaron fugarse, irse los dos, llevándose a los niños, viajar a algún otro país. Era terrible, pero parecía lo menos trágico. Aceptar la transgresión ante esposo y amigo, respectivamente, se les antojaba fatal. Eso sí era trágico.

Por su parte, Bogdan, al recibir varios anónimos más y una foto, comenzó a dudar. Siempre en su creencia de la pureza de ambos, elucubró que eso era obra de alguien que estaba buscando vengarse. Pero también abrió una cuota de desconfianza. Alina lo comenzó a buscar eróticamente, para llegar a un contacto sexual, cosa que a su esposo, además de complacerlo, le llamó la atención. La posterior comunicación del embarazo le abrió entonces todas las sospechas.

En realidad, le alegró la idea de un nuevo hijo; pero las circunstancias en que llegaba abrían más preguntas y contradicciones que buenos deseos. ¿Era realmente suyo, o su amigo tenía participación en esto? Las dudas comenzaron a corroerlo. Tanto y a tal punto, que comenzó a informarse, y finalmente, buscando disfrazar el pedido, dijo a su esposa –mejor aún: lo exigió– de hacerse una prueba prenatal no invasiva.

Lo presentó como la necesidad de conocer el estado de salud del bebé, para conocer a tiempo enfermedades genéticas y posibles anomalías cromosómicas. Se estudió a la perfección lo que algunos amigos médicos le sugirieron, dando cátedra de clínica ante su esposa.

Dada la edad que tenemos, habiendo superado los dos ya los 40, me preocupa para el niño en camino que dios no envió un posible síndrome de Down, un síndrome de Edwards o un síndrome de Patau, labio y paladar hendido, un síndrome de Turner o un síndrome de Klinefelter. ¿Te imaginas una fibrosis quística, o un mal de Crohn? No quiero ni imaginar que fuera una mujercita y pudiera nacer con síndrome Triple X, tonta para toda la vida, deforme, o que, de nacer varoncito, saliera con síndrome de Jacobs, ese maldito síndrome 47XYY que lo haría para siempre un bobo con una altura descomunal. Y ni pensar en una hiperplasia suprarrenal congénita, con desequilibrios hormonales para toda su existencia. No, ¡por dios nuestro Señor! Tenemos que evitar todo eso y actuar a tiempo, como buenos progenitores responsables”.

Con precisión de profesor de medicina –pasó casi un mes estudiándolo– explicó cada uno de los posibles síntomas de estas afecciones, lo que constituía un argumento irrebatible. Alina no podía oponerse, con sus 43 años; por supuesto, había cierto riesgo, y no era descabellado para nada lo que proponía su esposo. Era muy sana la propuesta, aunque en realidad, lo que realmente le importaba a Bogdan no eran todas esas posibles deficiencias. Era la prueba de paternidad. La esposa quedó estupefacta, echando a llorar.

Pero… si viene con alguna de esas malformaciones, sería nuestro hijo siempre. No lo abandonaríamos. Yo no querría abortarlo, aunque tuviera esas dolencias. Mi religión me lo impide. Si sale enfermito, dios padre sabrá por qué. Esos son sus designios inescrutables”, dijo Alina sumamente acongojada, más asustada por la posibilidad que se supiera la auténtica paternidad de la creatura que por una enfermedad en ciernes.

Bueno…, pero también sería un modo de saber fehacientemente de quién es ese hijo”, se atrevió a decir Bogdan.

¿Qué? ¿Desconfías?”.

Sí”, respondió lacónico.

Alina quedó atónita, sintiendo la imperiosa necesidad de comunicarle con urgencia todo esto a Dragus. Un llanto inconsolable la acompañó todo ese día. “Nos descubrieron”, pensó agotada, sintiéndose derrotada.

Al día siguiente, algo más repuesta del golpe sufrido, encaró a Bogdan: “Y si no fuera tuyo, ¿estarías de acuerdo, te contentaría si interrumpiera el embarazo?”.

No lo sé; debería pensarlo. Me parece que lo más importante es saber con quién me estás engañando”.

¿Eso te parece tan importante?”.

¡Sí!, porque si es la persona que estoy pensando, lo mato”.

Alina quedó pasmada, muda. Nunca había visto en su esposo esa cara de odio. Eso la asustó mucho. Por lo conversado, aunque ella no quería llegar a ese punto, había un tácito reconocimiento de su relación paralela. Se aterrorizó ante Bogdan; no lo dijo, y salió corriendo al baño, pero igual que le había pasado a Dragus cuando la escena de los ladrones dos décadas atrás, el terror la paralizó y le hizo orinarse encima. Bogdan se dio cuenta, pero nada dijo. En todo caso, rió satisfecho para sí.

Es ese hijo de mil putas. No caben dudas de eso”, concluyó victorioso.

La combinación de sentimientos que tuvo en ese momento fue enorme. Como cosa nada habitual en él, tuvo que tomar un trago de țuică frunte, el popular licor rumano, para paliar la situación. Escogió la botella con mayor nivel de alcohol, cercano al 70%. La ocasión lo imponía, pensó. Inmediatamente comenzó a urdir su plan de venganza.

A Alina le pidió que siguiera adelante con el embarazo, que él, Bogdan, se haría cargo del niño, al que le daría su apellido. Pero ni bien naciera, que se marchara de inmediato, dejando al nuevo ser y a los otros dos niños. Que se fuera de Bucarest, incluso del país. Expresó, con mucho odio reconcentrado, que no quería verla nunca más. La mujer quedó despavorida, entrando en shock. No podía creer lo que estaba escuchando. Su respuesta casi automática fue echarse a los pies de Bogdan, y absolutamente bañada en lágrimas, pedirle clemencia, tomándole fuertemente por las piernas. Que no la separa de sus hijos, de los ya nacidos, y del que nacería.

El esposo, con rostro pétreo, le dijo que lo pensaría. Ahora la cuestión era ajustar cuentas con ese “malviviente, traidor, farsante de Dragus”. Alina nunca había visto así de furioso a su esposo, y el mismo Bogdan no se reconocía. Su furia era inmensa, y el largo trago de alcohol se la potenció.

Al momento se comunicó con su amigo, a quien citó con carácter de urgente para verse al día siguiente. Dragus intuyó lo peor: habían sido descubiertos. “Situación trágica”, pensó. “¡Carajo! ¿Cómo resolverla?” Pero le quedaba un as en la manga.

Efectivamente, al día siguiente se encontraron. Como pedido-exigencia de Dragus, la cita fue en una cafetería. Él no quería ir a casa de Bogdan, porque entendía que allí no las tenía todas a su favor. En un lugar neutro –propuso el Grand Café Van Gogh, en la calle Smârdan– se podría arreglar mejor. Su sorpresa fue mayúscula cuando encontró a su amigo, pues venía acompañado de Alina. Quedó helado, estupefacto.

La conversación fue rápida, directa. Bogdan fue incisivo, determinado: “Tienes que pedirme perdón de rodillas, y también a mi esposa, porque sé que la sedujiste. Si no lo haces, te denuncio por violador. El hijo que Alina lleva en sus entrañas es tuyo, y producto de una violación. Y luego te desapareces para siempre de Bucarest”.

La mujer no dijo una palabra. Estaba más marmórea que una estatua, pálida, aterrorizada.

Pero, Alina… ¿acaso yo te violé?”, preguntó Dragus, tartamudeando por el miedo.

El silencio fue toda la respuesta. Fueron segundos de gran tensión, donde nadie hablaba, cruzándose miradas. Desesperadas en el caso de Dragus, lejanas por parte de Alina, y de supremacía victoriosa por parte de Bogdan.

¿Perdón de rodillas? Me parece que estás loco, amigo”, acertó a decir Dragus, saliendo de su asombro.

Tú eliges: perdón de rodillas a los dos, y te desapareces para siempre de nuestras vidas, o terminas en la cárcel. Tenemos las pruebas necesarias para incriminarte”.

Pero, Alina, por favor: ¡reacciona! Tú misma dijiste que ya no aguantabas más a tu esposo, que te sentías mal en ese matrimonio. Tú me invitaste a tu cama. ¿O qué negociaron ustedes para acusarme ahora? ¿Cómo demostrarías que fue violación?”.

Alina seguía muda, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Los asistentes al café vieron que algo raro pasaba en esa mesa. La tensión era total; ya parecía que saltaban chispas. De pronto, Dragus cambió de semblante. De pálido y despavorido pasó a tener un aire triunfal.

No tan rápido, amigo. Si me quieres mandar preso con esa mentira, yo también tengo algo que decirte”.

La mujer intentó levantarse de su silla para retirarse, pero su esposo la retuvo de un brazo. Con una mirada severa la obligó a sentarse. “¿Qué tienes para decirme?”.

Que esto de la violación es una vil mentira. Pero si me quieres, o me quieren, porque tú, Alina, también participas de esta jugada, si me quieren encarcelar, te recuerdo, mi querido amigo Bogdan, que tú sí tienes un ilícito a tus espaldas: mataste a un hombre alguna vez”.

¿Pero qué dices?”, respondió furioso, saliéndose de sí. La esposa quedó más aterrorizada de lo que ya estaba, y por primera vez profirió palabra: “¡¿Qué?!”. Su tono iba de la mayúscula sorpresa al horror.

¿A qué diablos te refieres?”, dijo Bogdan, levantando ya la voz, a punto de que los camareros comenzaran a inquietarse, porque se percibía el ambiente de pelea.

Lo sabes bien. Y quizá es tiempo que tú, Alina, lo sepas: alguna vez este bruto mató a un tipo a patadas en la cabeza”, dijo con la mayor tranquilidad Dragus.

¡Estupideces! ¡¡Puras fanfarronerías e inventos tuyos!! ¿De qué muertos hablas?”.

De aquel que atacaste cuando éramos estudiantes, una calurosa noche de julio cuando regresábamos de una fiesta. ¿No recuerdas? Lo mataste con golpes de kung fu, materia en la que eras experto”.

Ahora con cara de desconcierto, ya casi de horror, fue Bogdan el que comenzó a tartamudear. “¿Y qué puta prueba tienes de eso?”.

La grabación, mi querido amigo. Mientras tú deshacías a ese pobre caco, yo te filmé con mi teléfono. Como me, o nos, aterrorizó la escena, preferí no hablar más del tema, y esa grabación quedó por ahí, guardada como para que nadie nunca más la pueda ver. ¡Pero ahí está! Si hay chantaje despreciable de un lado –no soy un violador– también puede haberlo del otro, ¿no?”.

Bogdan cerró los ojos, rendido, completamente abatido. Alina ahora sí se levantó, bañada en llanto, y se fue al baño, sin que nadie se lo impidiera. Dragus pidió una cerveza.

Unos pocos días después, Dragus y Alina, con sus dos hijos y el que venía en camino, se preparaban para trasladarse a Alemania. Ella tenía contactos en la Universidad Humboldt de Berlín, y además hablaba muy bien el alemán. Dragus, como siempre había hecho en su vida, vería cómo se las arreglaba. Lo suyo era la improvisación, el saber salir del paso. En otros términos: la chapucería.

De hecho, solía firmar agregando las letras “L” y “C” (Lătratorul de Carnaval), que significa “Charlatán de Feria” (en rumano). Se consideraba un experto en eso, en la “dura sobrevivencia urbana”, como gustaba de decir, riéndose de sí mismo. “Soy una trampa andando, un farsante”. Se presentaba como graduado en Filosofía, pero nunca había terminado su carrera. En la soledad de su cuarto, ante un espejo, solía decirse, con aire recriminatorio: “¡Mediocre impostor! Algún día te va a costar caro”. Quizá, en el nuevo país, animaría fiestas infantiles haciendo algunos trucos de magia. Todo eso era preferible a tener que permanecer en Rumania con este monstruo de Bogdan, que había resultado más “fundamentalista y cavernícola” –como decía ahora su ex esposa– de lo que podía imaginarse.

Un par de días después, Bogdan, en un tono muy amable y distendido, invitó nuevamente a su amigo para platicar, diciéndole que quería comentarle algo muy importante. Pero que no temiera: que no había chantajes ni intenciones ocultas en todo esto. Le dijo que prefería el encuentro de ellos dos solamente, pero si Dragus quería llevar a Alina, que lo hiciera. Le propuso un restaurante en las afueras de la ciudad.

La cita se consumó. Un soleado martes, alrededor del mediodía, se encontraron. El lugar esta vez lo propuso Bogdan; fue un comedor en el poblado de Mogosoaia, no muy lejos de la capital. A Dragus lo sorprendió un poco la elección de ese punto, pero aceptó gustoso. Conocía el lugar, que le parecía pintoresco, muy bonito, y supuso que podría haber un ánimo reconciliatorio con su otrora amigo. Bogdan esperaba en el estacionamiento del restaurante, y cuando vio llegar a Dragus en su vehículo, un Dacia Duster color crema, se anticipó indicándole que no estacionara. Acercándose a la ventanilla, le dijo sonriente, con una actitud radicalmente distinta a la de días pasados: “Te invito a un terreno aquí cerca, que era de mi familia. Quiero mostrarte algo que te va a sorprender gratamente”.

Dragus aceptó alegre. Seguía viendo en Bogdan a alguien que no podía mentir, hombre de una sola palabra y que, por supuesto, estaría muy enojado porque le habían robado su mujer, pero que, en el fondo, era un buen muchachón, puro, hasta inocente. En realidad, él no estaba muy contento con la idea de marchar hacia Alemania, y de pronto tener que hacerse cargo de una familia, de dos niños ya algo crecidos, y de un futuro bebé, totalmente suyo. Secretamente esperaba que su amigo le propusiera algo distinto, la reconciliación de la, ahora, desavenida pareja, o algo así, algo que le contentara la vida, que lo sacara de este laberinto en el que ahora sentía haberse metido. Pero no sabía lo que le esperaba.

En un lugar bastante escondido, lejos de la carretera, bajo unos frondosos árboles, en un paraje especialmente agreste, Bogdan le pidió que se detuviera. “Es aquí. Acompáñame”. Dragus no terminaba de entender de qué se trataba. Las patadas que recibió fueron similares a las que Bogdan le propinara en aquel entonces a aquel ladrón. Más de veinte años después, la fuerza no era la misma, por lo que debió golpearlo muchas veces, incluso estando ya en el suelo. El otrora honor de las artes marciales esta vez quedó olvidado.

Constató si estaba muerto, y viendo que así fuera, se fue del lugar. Importante es decir que cuando comenzó la golpiza, Bogdan se puso una máscara, para que ningún eventual molesto testigo pudiera reconocerlo. Volvió a pie hacia la carretera, y de ahí caminó los escasos dos kilómetros que lo separaban del comedor donde había sido la cita. Allí almorzó muy tranquilo y decidió qué haría luego.

Alina, al ver que ya no tenía contacto con su nueva pareja, entró en desesperación. No sabiendo qué hacer, luego de las interminables llamadas nunca respondidas por Dragus, le comunicó la situación a Bogdan. Éste, en un principio se mostró distante, pero con el paso de los días, se tornó más solícito. Le propuso que volvieran a estar juntos. Y así lo hicieron.

El nombre elegido para la bebita que viene en camino, de común acuerdo ambos padres –madre biológica y padre adoptivo–, es Capcană (“trampa” en rumano). Y la vida sigue.