Hay personas admirables que, al intuir su propia muerte, reaccionan con serenidad y se esfuerzan por dejarlo todo en orden antes de partir. En poco tiempo he sentido dolor por la pérdida de varios de esos seres y una profunda admiración por su proceder. Todos los casos que relataré son verdaderos; solo he cambiado los nombres por respeto a las familias.

Una mañana recibí la llamada de José, compañero de tertulia, poeta y novelista cuya ironía convertía la lectura en gozo. Contesté y, tras los saludos, me dijo: «Esto se acaba, Felipe; te llamo para despedirme». Medio en broma le pregunté adónde se iba, sin comprender la gravedad de su voz. Me respondió que se moría, que no nos veríamos más, que habíamos pasado buenos momentos, pero que en esta vida todo llega a su fin. Me llamó un sábado; el martes falleció.

Ricard, otro compañero de tertulia —bastante joven—, fue enviando mensajes de WhatsApp crípticos que sonaban a despedida. Al principio no les dimos importancia; pensamos que su imaginación jugaba con él. Escribió a varios colegas y, unos días después, la secretaria de la Asociación de Escritores me avisó de que una ordenanza había encontrado a Ricard muerto, sentado serenamente en un sillón de una dependencia apartada del Ateneo de Barcelona. Perplejo, me hice muchas preguntas; la familia no dio explicaciones y yo tampoco quise indagar. Solo me quedó lamentarme y, para mayor dolor, entender tarde los mensajes que me envió y constatar que la única certeza es la muerte.

Otra muerte con despedida fue la de un primo a quien, sin síntomas previos, le diagnosticaron un cáncer de pulmón con metástasis. Le dieron pocos meses de vida. Era budista y aceptó la situación con total serenidad: la muerte, para él, es un ciclo de la existencia. Preparó a familia y amigos y se retiró para afrontar el trance con la mayor calma.

En el momento de la muerte se busca claridad mental, apoyo espiritual y prácticas que favorezcan un renacimiento beneficioso. Esto impulsa una responsabilidad moral en el presente, pues las acciones de esta vida influyen en las condiciones de las futuras existencias. No hay renacimiento en un «yo» o alma fija. Cuando una persona muere, no renace la misma alma en otro cuerpo; la energía de sus acciones (karma) continúa y da lugar a una nueva vida.

Para entenderlo: una llama puede encender otra. Esta arde gracias a la primera, pero no es la misma. No existe un alma eterna; para el budismo no hay un «yo» que salte de un cuerpo a otro, sino que las consecuencias de nuestras acciones continúan y generan una nueva existencia. Es como las plantas: al morir dejan semillas que hacen crecer otras, distintas, pero nutridas por la primera.

Es un mundo fascinante y complejo desde mi ignorancia, pero me anima seguir aprendiendo sobre el budismo.

Podría seguir contando muertes de personas cercanas que me han impresionado, más por las circunstancias que por la muerte en sí. Acabaré con un relato.

Lucía, la muchacha de los gatos

A Lucía, una joven del barrio, la veía todos los días controlando una colonia de gatos urbanos cercana; luego supe que se había implicado en el cuidado de varias más, llevando comida y atención a cada una. Además, si en la calle encontraba algún animal abandonado, lo recogía y le buscaba refugio. Se hacía notar: era joven y con algo de sobrepeso; la recuerdo ahora, emocionado, moviendo su corpachón con cierta dificultad mientras iba a cuidar las colonias.

Un agresivo cáncer de ovario se la llevó en pocos meses.

Al poco tiempo de su fallecimiento encontré, en una de las colonias, a un muchacho del barrio que trabaja en un taller y atendía a los gatos. Me explicó que, unos días antes de morir, Lucía le había pedido que cuidara de las colonias cuando ella ya no estuviera entre nosotros. Así lo hacía cada día.
Cuando tantas veces nos quejamos y decimos «qué mala es la gente», si nos detenemos a mirar, descubrimos muchas Lucías y muchos muchachos que nos reconcilian con el ser humano.

El lugar de Lucía en el paraíso, si existe, debe ser un jardín rodeado de gatos agradecidos. No todo va a ser pensamiento en torno a los ausentes, aunque estos recuerdos sean ejemplares. También, durante el día, ocurren cosas apacibles. Uno de esos momentos sucede cuando camino hacia el colegio a recoger a las niñas. Paso por un bosquecillo —no mayor de una hectárea— que temo que no tardará en desaparecer bajo la fiebre constructora que arrasa paisajes y borra recuerdos.

La noche anterior ha llovido suavemente. La tierra se ha empapado, los árboles respiran hondo y, al pasar, me envuelve un regalo inesperado: un olor subyugante a bosque limpio y tierra recién impregnada. ¿Petricor? No, era algo más remoto e intenso. Así debieron oler los bosques primigenios, antes de que el hombre —esa especie invasora— trastocara todo.

A veces un olor abre una puerta. Y detrás aparece la vida.