Anastasia Fernández nació en Sevilla en 1995 y conserva el carné de la banda aunque lleve diez años viviendo en el extranjero. Estudió Traducción e Interpretación de árabe e inglés en la Universidad Pablo de Olavide y más tarde cursó un máster en Traducción Audiovisual en el ISTRAD, convencida de que el lenguaje no solo sirve para comunicar, sino también para transformar(se). En 2019, se trasladó a Rabat tras obtener una beca del programa Qalam wa Lawh, donde profundizó en estudios de árabe y descubrió que vivir en otro país es una forma muy eficaz de poner en duda todas las certezas propias, lo cual terminó siendo su máximo hobby.
Desde entonces, su trayectoria ha estado marcada por el movimiento (un culo inquieto, dicho mal y pronto): ha vivido y trabajado entre España, Marruecos y América Latina, desarrollando una carrera que combina edición, escritura, gestión de proyectos y una curiosa habilidad para adaptarse a husos horarios, acentos y cafés demasiado fuertes.
Desde 2022 reside en Panamá, donde ejerce como directora y gestora de proyectos editoriales en un medio internacional, liderando iniciativas en países como Ecuador, México y República Dominicana. Su trabajo consiste, a grandes rasgos, en coordinar equipos, alinear estrategias, cumplir plazos imposibles y traducir —en el sentido más amplio del término— las ideas de muchas personas distintas en productos editoriales coherentes. A grandes rasgos, también, en contestar correos. Muchos correos. Siempre espera que sus emails te encuentren bien. A veces revisa el spam por si acaso, aunque allí no suele encontrar nada interesante. Pero le da ansiedad si no lo hace. En su vida cotidiana también se pierde en los "por si acaso".
Paralelamente a su trayectoria profesional, Anastasia ha tratado de desarrollar una sólida formación literaria. Ha participado en talleres de escritura creativa, autoficción y experimentación literaria en Casa Tomada (Sevilla), así como en cursos impartidos por Cecilia Magaña, Courtney Maum y Román de Castro. Estas experiencias han contribuido a consolidar una voz propia que transita entre la autoficción, la memoria y la observación irónica de lo cotidiano. Y, cabe mencionar, cierta desconfianza hacia los grandes discursos solemnes, hacia la literatura de señores que toman whisky con hielo y les preocupa encarecidamente que no te saltes una diéresis o que la raya del diálogo no sea un guion, que mida lo mismo que su… ego.
En 2022 fue galardonada con el Primer Premio Mujerarte por su relato Autopsia de un armario y obtuvo una Mención Especial del Premio Soledad Verdú por el proyecto Por si existiera el olvido. Actualmente se encuentra preparando su primer libro de relatos, Humor y otros paliativos, una exploración irónica de la memoria, la identidad y el absurdo cotidiano (valga la redundancia).
Anastasia cree firmemente que el humor no cura nada, pero ayuda bastante a soportarlo todo. Además de escribir, impulsa proyectos culturales personales, como el club de lectura Vino, vidi, vinci, un espacio en Ciudad de Panamá donde los libros se comentan con una copa de vino en la mano. Según ella, el vino no es estrictamente necesario para leer, pero sí para opinar con más valentía. Ella misma insiste en que solo bebe porque el formato del club lo exige, aunque nadie le cree del todo.
Entre sus aficiones se encuentran leer, escribir y echarles salsa a todas las comidas. Le gustan Lucía Berlin y Virginia Woolf, el kétchup Heinz y el alioli Chovi. En los últimos años ha empezado a leer en formato electrónico, porque con tanta mudanza empezó a regalar todos sus libros. Pero sueña con un día tener una amplia biblioteca en el salón de su casa, mirar a la estantería y saber que todas esas historias la atravesaron.
