Octubre, en un día de primavera. Constanze está sentada en la cafetería Austriaca Cora, en plaza Ñuñoa. Mira pensativa el trozo de su torta favorita, María Antonieta, compuesta por un trío de sabores, chocolate bitter, mousse de chocolate de leche y chocolate blanco. Decorada con láminas de chocolate belga. Todos los sábados es el mismo rito, antes lo hacía en compañía de Franz, su novio.

Camina por la plaza, se sienta en una banca a observar a los pájaros, luego cruza hacia la pastelería, pide el trozo de torta y un café cortado. Pasa horas pensando, bebe y come todo lentamente para saborear y distinguir cada capa de sabores que se van mezclando con las ideas que se van asomando. Algo la saca de ese estado hipnótico, el sonido crac del chocolate belga la hace regresar al siglo XXI. Lleva semanas perdidas en la música del siglo XVIII, algo que le reclamaba Franz.

Hunde el tenedor en la mezcla de chocolates y mousse, revuelve todo hasta convertirlo en una pasta densa. Raspa el plato para encontrar algún mensaje en el fondo, algo escondido para salir de ese lodo mental. Reclina el tenedor como si fuese un rastrillo y dibuja una partitura musical. Pensó en los significados de los nombres del compositor de La Flauta Mágica, Wolfgang, camino del lobo. Amadeus, el que ama a dios o el amado por dios. Esa sutil diferencia era significativa.

El padre de Wolfgang era músico y había dedicado su vida a desarrollar el talento de su hijo llevándolo por giras por Europa desde que era un niño muy pequeño. A pesar de todo ese amor que le tenía, también ejercía un gran poder sobre él. La relación terminó convirtiéndose en conflictiva con el tiempo cuando Amadeus quiso independizarse de él. Alejarse del poder que ejerce el sol no es tan fácil como tampoco lo es hacerlo de la luna. Hacer consciente esa influencia implicaba atravesar un camino rocoso, pero Constanze prefería hacerlo antes que el desvío.

La voz y la imagen de Franz aparecieron frente a ella, sentado con su tenedor probando del trozo de torta María Antonieta. Él le decía que no le gustaban sus gustos, no entendía por qué no probaba otros sabores. Bebía de la taza de Contanze, y después de dar un sorbo al café le decía con un gesto de asco que tampoco era de su agrado. Ella siempre respondía igual, enojada. No entendía por qué él no simplemente pedía lo que quería. No lo hacía porque eso habría significado someterse al juicio de ella. Hacer el papel de juez era privilegio solo de él, se lo había autoasignado sin soltar el mando. Últimamente esa disputa se había intensificado cada vez que se veían en la cafetería.

Seguía recordando la última conversación. Constanze estaba preocupada, quería resolver algunos símbolos de la ópera y cómo estaban dentro de uno, no como personajes externos sino como espejos que permitían evolucionar. Franz le reclamaba diciendo para qué se daba tantas vueltas buscando respuestas en la Flauta Mágica, que era simplemente un cuento de hadas y todos los simbolismos que a ella le interesaban eran irrelevantes. Franz tomó un periódico que estaba en un mueble y se escondió detrás de esa pared, en el biombo de noticias que ni siquiera entendía porque estaban escritas en un idioma que él no hablaba, el alemán. Ella se lo dijo y él se enojó, no por esa verdad sino porque ella no se quedaba callada, y que todas sus palabras juntas eran un chillido que le hacían doler los oídos.

Constanze más calmada le dijo que le interesaba escucharlo, conversar de la obra, qué partes detonaban dentro de él algo que no comprendiera. Ella creía que había claves con doble propósito, cuestionarse a sí mismos y también a la relación que tenían. La integración de las miradas de la obra permitiría entender aspectos que ella no había considerado, enriqueciendo el texto que iban a escribir juntos. Franz no la escuchaba. Insistía en que ella no lo escuchaba, y que no quería seguir hablando de este tema. Franz subía cada vez más el tono de su voz y ella lo igualaba. Se escuchaban solo los tonos altos en esta lucha de poderes, donde el ego de cada uno se impuso por sobre el amor. Las ideas pasaron al plano de fondo hasta desaparecer, de la misma forma que Franz lo hizo cuando salió de la cafetería.

Constanze miró nuevamente su plato, con lo que quedaba de su torta. María Antonieta, la misma reina que había dicho “Que coman pasteles” cuando supo que los campesinos hambrientos no tenían pan que comer. Es muy probable que esa frase nunca la hubiese dicho, y que fuese un mito, pero ilustraba perfectamente la indiferencia hacia la clase trabajadora y sus demandas. Sabemos con certeza hacia dónde se dirigió el malestar social, sin pasteles ni pan, hacia la revolución francesa.

Constanze leyó los apuntes de su libreta donde iba registrando información. En octubre de 1793 María Antonieta murió a los 37 años. Más abajo había anotado: Estallido Social el 18 de octubre de 2019 en Chile. En otras páginas Mozart y su estreno de La Flauta mágica en 1791, dos meses después del estreno, murió a los 35 años. El tres y el cinco, dos números que representaban la masonería masculina y el cinco la masonería femenina o de adopción, bajo la tutela de un hombre. La Flauta Mágica era el enfrentamiento de esas dos fuerzas. Símbolos y números, fechas y personajes dibujados sobre una línea de tiempo enredada. Los veía caminando, equilibrándose o cayendo cuando morían. La muerte rondaba su mente. Las personas que uno quiere desaparecen, esas ausencias se extrañan.

Recordó a dos hombres importantes que ya no estaban vivos, eran dos duelos en un mismo año. Echó de menos encontrarlos sentados en una banca de la plaza Ñuñoa, los dos conversando y comiendo un helado. Disfrutando y contemplando sin apuros el paisaje. La memoria trajo el sonido de sus carcajadas estruendosas. La irreverencia era lo que más extrañaba de ambos. El coraje de ser fieles a ellos mismos. Anotó en su libreta y dibujó dos líneas sinuosas que se unían. Cerró su libreta.

Escuchó el sonido de unos pájaros, los siguió primero con el oído y luego apuntó con la vista. Volaban y se escondían dentro de las ramas de las araucarias. Papageno, el personaje de la ópera, era un ser mitad hombre y mitad pájaro. El compañero de ruta del príncipe Tamino. Los dos tenían que pasar por pruebas de iniciación, las de Papageno eran menos complejas y por eso no logrará la sabiduría. Su recompensa será encontrar el amor junto a Papagena, un amor terrenal.

Luchar no es lo mío.
Y tampoco deseo la sabiduría.
Soy un hombre primitivo,
que se contenta con el sueño,
la comida y la bebida;
y si pudiera ser que
alguna vez casarse a
una bella mujercita...

Constanze pensó en el amor de pareja, en los niveles de conciencia. El amor de Tamino y Pamina y las diferentes pruebas, como la del silencio. Buscó el significado de la palabra templanza y lo leyó detenidamente. Templanza es la virtud de la moderación, equilibrio y autocontrol que permite actuar con calma y sobriedad frente a los impulsos y placeres. Se manifiesta como una armonía en las acciones y una moderación en los deseos, tanto en el ámbito personal como en la comida, el placer sexual como en la vida en general. Para entender la templanza necesitamos conocer primero el amor Papageniano.

El amor de Tamino y Pamina tenía desafíos mayores, y también lo eran sus recompensas. Constanze pagó la cuenta y se fue a caminar por las calles del barrio. Era una tarde agradable con una brisa tibia y calma. Sería esa la sensación que acompañaba el amor sabio quizás. El sol perdía su fuerza, el atardecer se fue debilitando cada vez más. Su huella desapareció unas cuadras atrás. La luna se fue definiendo mientras más avanzaba el tiempo.

Esa luna, el símbolo detrás de la Reina de la noche. El aria “Der Hölle Rache” La venganza del infierno hierve en mi corazón". Era un ataque de ira en contra de su rival Sarastro. La Reina pone un cuchillo en la mano de su hija Pamina y le ordena asesinarlo. Aunque no entiendas una palabra en alemán puedes sentir en cada nota cantada el deseo de venganza de esa madre. Sarastro, que resulta ser el padre de Pamina, es el sumo sacerdote del sol, representa la sabiduría y la luz, el estado que debemos anhelar.

Constanze pensó en su propia voz y las transformaciones que podía tener según sus diferentes estados emocionales. Como pasaba de una voz suave y más grave a una aguda cuando estaba en estado de ira igual que en la venganza del infierno de La Reina de la noche. Aunque no le gustaba, tenía que ser capaz de entender a esa reina no como la figura concreta que estaba fuera. Sino la que estaba adentro, no se trataba de matarla sino de dejar entrar la luz. En medio de la discusión que había tenido con Franz ella había hecho el autodescubrimiento, pero Franz no lo entendió porque estaba centrado en él, en su egoísmo.

Ella se había reído al imaginarse con ese traje plateado flotando por las nubes cantando más con las manos que con la garganta, ya que ella no era una cantante soprano. Pero él se quedó fijado en su propio enojo, en que ella se estaba riendo de él, que no tomaba en serio la conversación.

Franz se paró de la mesa y se fue. Constanze lo miró alejarse igual como lo hizo Tamino cuando se alejó de Pamina, dejando en ella la misma sensación de tristeza. Pasaron días, varias lunas, cada una de ellas con sus fases, apariencias, nombres y significados. Cada vez tenían menos influencia negativa en ella. Logró redireccionar esa energía hacia el equilibrio. Al silenciar completamente la voz de La reina de la noche, Constanze pudo sentarse nuevamente a conversar con Franz. Él también había hecho su propio trabajo con el Sarastro que había dentro de él. Ambos hablaron de las ausencias y cómo se ocultaba la pena detrás de la máscara de la rabia.

Franz le traía de regalo. A Constanze las sorpresas le encantaban, aún más si estaban escondidas dentro de una caja. Él lo sabía, como también lo impaciente que ella era.

-¿No lo vas a abrir de inmediato?

-Franz, veo que has estudiado bien la Flauta Mágica. Voy a abrir mi regalo después de nuestra caminata. Quiero llevarte a un lugar especial.

-Parece que Papagena se fue de viaje y llegó Pamina.

-Recuerda bien lo que dijo Mozart, el hombre puede llegar a la sabiduría sólo si hay una mujer que lo guíe. La mujer va adelante.

-Porque ella está guiada por el amor.

Constanze también le había traído un regalo. Era un disco de vinilo de La Flauta Mágica. Esa noche, en la casa de Constanze se sentaron junto al fuego de la chimenea. Franz abrió el tocadiscos y ubicó la aguja. En silencio escucharon el disco que tenía dos caras, una plateada y otra dorada. En equilibrio sonaron las melodías de ambos lados.

Pamina y Tamino después de pasar las pruebas recibieron el círculo de la sabiduría solar, que les permitiría reinar con los tres principios de la masonería: la firmeza, tolerancia y discreción.