La verdadera felicidad comienza cuando uno aprende el arte de adaptarse correctamente a otras personas, y este ajuste implica olvidarse de uno mismo y amar a los demás.

(Meher Baba)

El otro día se me olvidó llevar el teléfono celular a una cita médica y me sentí ansioso. ¿Alguien me podría llamar o enviarme un texto? Y sabe Dios cuántas noticias importantes me iba a perder y los comentarios sobre ellas. ¿Y qué voy a hacer ahora?, pensaba mientras esperaba en el consultorio, y si pasa algo, ¿cómo se van a comunicar conmigo? A la verdad, no sé cómo pude vivir mis primeros 55 años sin un celular. Estos aparatitos, por donde uno ve tanta gente y se entera de tantos disparates, y no tiene que estar hablando con nadie, ni conociendo a nadie, mientras espera en un consultorio o en un aeropuerto. Huy.

Siempre escuchaba, de niño: “No hables con extraños”. Esos otros: los que no eran del círculo familiar ni de los amigos, los extraños. Y ahora gracias a Dios, tenemos los teléfonos celulares, para no tener que hablar con nadie, ni aun con los conocidos. Y nos sentamos alrededor de la mesa, en familia, y sí, intercambiamos algunas palabras, pero estamos “conectados” cada uno por su lado con el mundo, a través de textos, TikTok, WhatsApp y Facebook, además de noticieros constantes en línea. Y así nos enteramos de la vida, compartimos y hasta amamos electrónicamente. A la verdad, la modernidad es un factor irrefutable para encontrar la felicidad.

Bueno, llegué a mi cita médica de larga espera y tampoco traje mis lentes de lectura, así que ahora sí iba a sufrir: pasar un largo rato sin contacto con la vida. Estaba deprimido, apenas empezando a esperar la hora u hora y media, típica del consultorio. ¡Qué tragedia!

Frente a mí, sentado en una butaca, había alguien que parecía un poco mayor que yo; yo soy octogenario. Además, noté que era ciego. Parece que quien lo trajo, lo había dejado ahí, hasta que vinieran de la oficina del doctor a buscarlo. Pobre, pensé, este hombre, aunque no hubiese olvidado su celular, tendría problemas para usarlo. Pobre infeliz. Aunque debo decir que vi que su rostro mostraba una sonrisa y que parecía muy tranquilo, perdido en sus pensamientos.

Me animé a saludarlo y le dije: “¿Hola, cómo está, lleva mucho tiempo esperando?” Se sonrió, volteando hacia el sonido de mi voz, y me contestó: “No sé cuánto, pero quizás hace como una media hora que me dejó mi esposa aquí, y aún no han venido por mí”. Y continuó “pero es bueno porque he estado pensando mucho sobre lo que es la felicidad, y haciéndolo me he convencido a mí mismo de que soy muy feliz”, me contestó con una amplia sonrisa. “A ver, cuénteme”, le contesté. “Eso es importante y yo también tengo una larga espera”.

Y comenzó: “Pues pienso que uno puede tener muchos defectos y dificultades, estar ansioso o irritado, pero uno no debe olvidar que vivir es el mejor regalo del mundo. Y que solamente uno mismo puede protegerlo. Que ser feliz no es tener un cielo sin tormentas, un camino sin accidentes, tareas sin agotamiento ni relaciones sin decepciones. Ser feliz es encontrar fortaleza al perdonar, esperanza en nuestras batallas, seguridad en uno mismo ante las amenazas y el miedo, y amor en nuestras desavenencias con los demás. O sea, uno debe ser feliz no solo al recibir sonrisas y celebrar éxitos, sino también al aprender de sus fracasos. Sentir la felicidad no solo cuando uno es reconocido, sino también cuando uno es ignorado”.

Su voz proyectaba una suave emoción, como la de alguien que había recibido la visita de un ángel que le aconsejaba mientras lo acompañaba.

Continuó: “Ser feliz es reconocer que la vida merece la pena ser vivida, sin importar los desafíos, las incomprensiones y las crisis. Que ser feliz no es gratis, sino una recompensa para quienes han sabido cómo viajar adentro de sí mismos. Es dejar de sentirse víctima de sus problemas y convertirse en el actor de su propia historia. Es atravesar los desiertos que nos rodean para encontrar el oasis en lo más profundo de nuestras almas. Es estar agradecido cada mañana por el milagro de la vida. Ser feliz es no tener miedo de nuestros propios sentimientos. Saber cómo hablar con nosotros mismos. Es ser valiente al aceptar un “no” y no perder la calma cuando otros te critican, aunque sean injustos. Es querer a nuestros hijos, honrar a nuestros padres y poder tener momentos poéticos con nuestros seres queridos, aunque a veces nos hieran.”

“Ser feliz es dejar salir a esa criatura simple, alegre y libre que vive dentro de nosotros. Es tener la madurez para decir —me equivoqué—, el valor para decir —perdóname—, la sensibilidad para decir —te necesito—, la capacidad de decir —te amo—.”

Sus palabras venían con una fuerza interior y me tocaban por dentro. Me conmovieron. En eso, vinieron por él del consultorio de su doctor. Lo ayudé a levantarse y la asistente le ofreció su brazo para llevarlo. Él hizo una pausa y me dijo: “Gracias por hablar conmigo, por escucharme”. Lo abracé y le dije: “Gracias a usted, que me dio una gran lección sobre la vida en nuestro intercambio. Que le vaya bien.”

Y él me contestó: “Que tu vida se convierta en un jardín de oportunidades para ser feliz. Que en tu invierno te hagas amigo de la sabiduría. Y que cuando cometas errores, empieces de nuevo. Que descubras que ser feliz no significa tener una vida perfecta, sino usar tus lágrimas para regar tu tolerancia, tus pérdidas para refinar tu paciencia, tus fracasos para esculpir la serenidad y tu dolor para enmarcar tu placer. Que aprendas a usar los obstáculos para abrir las ventanas de tu corazón. Y que nunca te rindas ante los problemas, ni abandones a las personas que amas, ni dejes de ser feliz, porque la vida es un espectáculo maravilloso.”

Y se me olvidó que se me había olvidado el teléfono celular. Ahora lo cargo menos cuando salgo, y si lo llevo, no lo uso en las salas de espera. Pienso en mi vida, en todo lo que me ha pasado, y, por razones que no entiendo, me rodea desde adentro una sensación de ser y de haber sido. Y un sentimiento de gratitud y empatía hacia los demás.