Las dos personas aquí reflejadas son fruto de la imaginación de quien escribe estas líneas, aunque sus vidas y circunstancias se repiten en la realidad muchas veces. El tercer relato, en cambio, nos devuelve al pulso acelerado de lo que ocurre en nuestro país. La vida y la historia corren tan deprisa que nos atropellan, y en ese tránsito vamos dejando atrás seres queridos y recuerdos que apenas alcanzamos a sostener.

Paco Sánchez, el «Soviético», histórico militante del otrora glorioso PSUC, se siente hoy desconcertado ante tanta izquierda disuelta en movimientos confluentes o afluentes entre sí, que no saben muy bien dónde desembocan: por la igualdad de género, ecologistas, derechos de los migrantes, pacifistas, antiglobalización, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), los derechos del colectivo LGBTQI… Todos se mueven con soltura por las redes sociales, donde hallan terreno fértil para sus proclamas.

Paco conserva el dogmatismo de su antiguo partido, desaparecido en combate hace años, absorbido por Iniciativa per Catalunya Verds. Los «iniciados» —como llamaban los viejos militantes disconformes con la nueva marca— fueron a su vez bautizados como zorrocotrocos por los segundos, que fundaron PSUC Viu en un intento agónico de resucitar el partido «congelado» por Rafael Ribó en 1997. Otro fracaso más. Aún cree en la transformación social, en la lucha de clases, en los movimientos de masas. Recuerda la plusvalía del trabajo… Se le ilumina la mirada, por un instante, cuando menciona las actuales «mareas». Oírlo me rejuvenece. Eran otros tiempos, lejanos y estimulantes.

Tomamos un café de nostalgia en esta mañana reluciente de octubre, de cielo casi líquido y muy puro, junto a este Mediterráneo que enamora.

En el mismo bar Alba, donde Paco guarda rescoldos de luchas antiguas, aparece también Rosario López, con su verbo encendido y su manera incansable de habitar la protesta.

Rosario López pertenece a una estirpe que se desvanece. No es clienta asidua; aparece cuando quiere y puede, como se debe visitar un lugar: por deseo y por impulso.

A nosotros, militantes de un partido de izquierdas, nos crispaba cuando intentaba justificar los crímenes de ETA. Eso sí, lamentaba las muertes, sobre todo si había niños: achacables —según ella— al cierre hermético del Estado por no negociar. ¿Stalin? Hizo lo que debía. Un líder fuerte. Y así razonaba en otras causas igual de espinosas.

Atemperado el ardor guerrero en la sociedad actual, ahora practica una procesión de pancartas: casi cada día tiene alguna manifestación en Barcelona o en los pueblos del Baix Llobregat, otrora cinturón rojo. Así lucha: contra desahucios, contra la violencia machista y vicaria —inconcebible, ergo más atroz—, por las pensiones públicas, por la sanidad, ídem. En las redes sociales mantiene varios chats que incinera por las noches, cuando vuelve con su verbo.

Pienso que, de haber vivido en otra época, habría sido tal el poema de guerra de Miguel Hernández:

Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.

Recientemente jubilada —fue una enfermera entregada en el hospital de Viladecans—, ha hallado el tiempo que le faltaba para estar en todas las protestas presentes y futuras.

Rosario enviudó hace años. Desde entonces, no ha parado. En una de sus muchas incursiones sociales encontró pareja: un divorciado, exobrero de SEAT, militante de CCOO. Se entienden. Coinciden en lo esencial: alzar la voz.

Siempre hay una causa. Una pancarta. Una injusticia que les devuelve sentido. Recorren calles con los yayo-flautas, convencidos de que aún queda revolución pendiente.

Rosario es admirable. Y extenuante.

A mí me llama «revisionista». Lo dice con afecto contenido, como quien bromea con pólvora. Hoy suena inocente. Pero su amado líder me habría silenciado para siempre. Por pensar demasiado.

Rosario recorre las calles de Barcelona como razón de ser. Yo las recorro como razón de asombro.

Y mientras Rosario pervive, yo me retiro hacia otros paisajes.

Otoño se acerca, y lo que hoy es un atardecer apacible pronto será preludio de noche y frío. El invierno suave en Castelldefels contrasta con la aspereza solemne de Sobrepuerto, ese universo en Huesca del Pirineo aragonés, tendido entre los ríos Gállego y Ara, donde la máxima «nueve meses de invierno y tres de infierno» descubre toda su realidad.

Allí encuentro, en Ainielle, el retiro necesario que me invita a meditar, con serenidad y tristeza, sobre la fugacidad de la vida.

En ese paisaje, el frío no es únicamente meteorológico, sino también existencial. Es la España vacía, donde se halla la mayor concentración de pueblos abandonados de Europa. En la vecina Teruel —que encabeza este triste maratón— la población se ha reducido a la mitad en apenas un siglo.

Algunas comarcas, auténticos «desiertos demográficos», con menos de cinco habitantes por kilómetro cuadrado. En esos parajes, las puertas se cierran, la hierba invade los patios, los muros se agrietan y se vencen los tejados. Las ventanas, antes henchidas de vida, miran los crepúsculos, pero no ven nada; la vida se extingue lentamente, el silencio se instala como soberano absoluto y no queda nadie siquiera para lamentar tanta ausencia.

Mientras tanto, ciudades como Castelldefels se convierten en el contrapunto. Cada vez tiene más población: en los últimos veinte años ha crecido en cerca de 11.000 personas. En total, casi 70.000 habitantes, con una densidad de 5.376,5 habitantes por kilómetro cuadrado. La proximidad de Barcelona la convierte en un potente imán que atrae a familias, profesionales y estudiantes. Sin embargo, el crecimiento poblacional conlleva una presión creciente sobre los servicios públicos —sanidad, educación, transporte…— que no siempre logran expandirse al mismo ritmo.

El coste de la vida se ha disparado hasta en los productos más básicos; vivir aquí se ha vuelto cada vez más difícil para muchas personas. La especulación inmobiliaria voraz crece sin freno y los desahucios, cada vez más frecuentes, se han convertido en una triste realidad.

Castelldefels, a pesar de su tamaño relativamente reducido, acoge a personas de 115 nacionalidades distintas. Esta diversidad le confiere un carácter cosmopolita que se respira en sus calles, se saborea en su gastronomía y se celebra en sus expresiones culturales.

La mayoría de los residentes extranjeros en Castelldefels son europeos, sobre todo italianos, franceses y alemanes. Combatir la desinformación sobre presuntas invasiones del norte de África es clave para mantener la cohesión social.

¿Podríamos llamar a este fenómeno «la España superpoblada»? Tal vez. Lo cierto es que el país se estira entre dos extremos: uno que se vacía sin remedio y otro que se llena sin pausa. Entre ambos se dibuja una geografía desigual e injusta, donde el silencio rural y el bullicio urbano conviven como las caras de esas muñecas flip dolls, a veces perturbadoras.

La memoria de Paco, la calle de Rosario y el paisaje que se vacía o se desborda son tres formas de mirar un mismo país. Entre el rescoldo, la pancarta, el silencio y el bullicio se dibuja la geografía íntima de nuestra historia.