Reitero la tesis esgrimida en un texto anterior1, “La sociedad costarricense experimenta un cambio de época”. Este es el espíritu del tiempo, lo que los alemanes denominan Zeitgeist y los latinos Genius seculi. “Estamos vivenciando nuevas coordenadas de la historia patria.” Esta página de la historia patria pronto pasará y quienes no escriban en ella conocerán la desaparición.

A este respecto, los partidos políticos costarricenses han mostrado un grado tan alto de autosuficiencia, engreimiento y soberbia que han dejado de ser intérpretes y gestores creíbles del acontecer nacional. Prisioneros del mítico Narciso se creyeron lo más bello del universo y, sin siquiera percatarse, cultivaron la fealdad de la irrelevancia y, como aquel Narciso, el riesgo de un triste destino.

El final del tradicionalismo político

Que la sociedad nacional atraviesa un cambio de época es evidente. La correlación de fuerzas políticas y sociales se ha modificado de manera radical, y esto no es por accidente; se trata de una transformación estructural en nuestra sociedad, gestada en el transcurso de los últimos cuarenta y ocho años, si contamos desde 1978.

Las hegemonías políticas predominantes hasta hace poco tiempo, las de los partidos Liberación Nacional (PLN), Unidad Social Cristiana (PUSC) y Acción Ciudadana (PAC), han desaparecido y se ha instalado un modelo de dominancias sociales y electorales distinto al existente en la época del bipartidismo (PLN-PUSC) y del tripartidismo (PLN, PUSC, PAC).

Y a propósito del tripartidismo, comparto una breve puntualización. El partido Acción Ciudadana surgió en la vida política como una alternativa al bipartidismo PLN-PUSC y al modelo de desarrollo nacional impulsado por esas agrupaciones; pero bastaron algunos años y dos gobiernos (2014-2018 y 2018-2022) para que el PAC se transformara en un anexo débil, tibio y confuso del bipartidismo que antes adversaba. Sepultado quedó el proyecto fundacional de ese partido político (nuevo modelo de gestión política, centralidad de la ética, Estado eficiente y correcciones de forma y fondo en la estrategia de desarrollo nacional). Los ímpetus primigenios quedaron maniatados y ahogados en las acrobacias de corto plazo y en los oportunismos parlamentarios y no parlamentarios. Los costarricenses, en su gran mayoría, así lo percibieron, razón por la cual terminaron rechazando de manera rotunda al PAC en las elecciones nacionales de 2022 y 2026.

Poco tiempo después (a partir del año 2022), el partido Frente Amplio (FA) y el partido Liberal Progresista (PLP) se sumaron al modelo tripartidista. Estas organizaciones no fueron capaces de vislumbrar un camino distinto, equidistante entre el liderazgo y el proyecto político del presidente Rodrigo Chávez Robles y la inercia del tradicionalismo político bipartidista y tripartidista. De este modo cerraron la posibilidad de establecer un sistema de alianzas políticas y sociales bastante más plural, disruptivo y eficaz.

A lo indicado sobre las señales inequívocas del cambio de época, deben agregarse dos hechos: los impactos en la población de la cuarta revolución científico-tecnológica (fusión de lo biológico, lo técnico y lo económico) y el surgimiento de movimientos sociales que, si bien se expresan en partidos políticos de formato jurídico tradicional, trascienden las estructuras partidarias habituales.

En efecto, las formas tradicionales de las organizaciones partidarias, surgidas en los siglos XIX y XX bajo los efectos de la primera, segunda y tercera revoluciones industriales, son obsoletas en los marcos de las sensibilidades contemporáneas, de ahí la necesidad de construir movimientos-partidos-movimientos, es decir, organizaciones entrelazadas con la población, y cuyas dinámicas básicas se originen no en cúpulas partidarias y negociaciones entre cúpulas, sino en liderazgos orgánicos a la sociedad, nacidos no de adhesiones ideológicas ni de manipulaciones publicitarias ni de intereses sectoriales, sino de vínculos dinámicos con la sociedad. La incapacidad intelectual para interiorizar esta disrupción histórica es gigantesca.

Ascenso y continuidad: el nuevo bloque hegemónico liberal y proclive al liberalismo

Mientras acontecía lo señalado, de manera silente iba creciendo y expandiéndose una opción política y social que canalizó el desengaño y la indignación de la ciudadanía hasta llegar a conformar una alternativa real a los desacreditados bipartidismos y tripartidismos. Al interior de esa novísima corriente de la historia nacional se forjó un movimiento que abandonó la política tradicional, y fue a partir de esa circunstancia que se originaron las Administraciones Chávez Robles y Fernández Delgado, así como el inmenso apoyo popular de que gozan el presidente Chávez y la presidenta Laura Fernández. Estos hechos no son para nada sorprendentes ni fruto de la improvisación; se fundamentan en dos realidades: sintonía y conexión. Sintonía de los liderazgos principales con el sentir y las subjetividades de la población y conexión con los desafíos del desarrollo nacional.

La situación referida revela, además, un acelerado proceso de continuidad, circulación y sustitución de las dirigencias políticas y sociales (léase a Vilfredo Pareto y a Gaetano Mosca sobre el tema de la circulación de las dirigencias políticas). En Costa Rica, como es sabido, existen cuatro momentos históricos donde las dirigencias han circulado y en buena parte han sido sustituidas: los años de la reforma social, guerra civil y Asamblea Nacional Constituyente (1940-1950); el período de desarrollo del Estado Liberal y Social de Derecho, industrialización y creación de las clases sociales medias (1950-1978); la acelerada transición histórica situada entre los años 1982-1990, y el actual período de cambio histórico (2022-2030), en lo que puede denominarse el gobierno de los ocho años.

La línea de continuidad y profundización del ideario inaugurado en el año 2022 ha conducido a un bloque hegemónico de fuerzas políticas y sociales liberales y proclives al liberalismo distinto a los estatismos bipartidistas, tripartidistas y propietaristas, y esta circunstancia prefigura la próxima polarización político-electoral en el país, no entre derecha e izquierda, sino entre liberalismo y estatismo.

Cuando escribo el vocablo “fuerzas liberales y proclives al liberalismo”, estoy refiriéndome a un fenómeno bastante más amplio, plural y multifacético de tendencias sociales que favorecen una sociedad creativa, emprendedora e innovadora. Más sociedad, menos Estado. Más autogestión, menos intervención. Más empresa, ciencia, tecnología, humanismo y cooperación social, menos regulación política. En estos lemas se expresa el movimiento histórico al que estoy haciendo referencia; su profundidad y contundencia son de tal magnitud que incluso las formalidades de las posiciones liberales habituales en la academia se ven trascendidas.

El principal riesgo de decadencia que amenaza a este bloque político es sucumbir a la comodidad hegemónica, burocratizar las estructuras internas, caer en la tentación de favorecer nuevos feudos de poder y potenciar los narcisismos políticos.

El nuevo bloque liberal y el Frente Amplio: ¿Emerge una nueva bipolaridad? ¿Es viable liberarse de la corrosiva dialéctica amigo-enemigo?

¿Existe en la actual oposición política alguna fuerza capaz de desarrollarse como la alternativa a la hegemonía del bloque surgido en las elecciones nacionales de 2022, continuada y profundizada a partir del 8 de mayo de 2026? Si existe.

El declive del tripartidismo (PLN, PUSC, PAC), el monumental retroceso de los partidos Liberal Progresista, Unidos Podemos, Nueva República, PAC y PUSC (que los ha dejado al borde de la desaparición), ha creado una coyuntura que favorece al partido Frente Amplio y le permitiría convertirse en el núcleo de una nueva mayoría social, política y electoral; sin embargo, la concreción de este hipotético escenario depende de si en el Frente Amplio predominan posiciones democrático-liberales o si por el contrario se imponen narrativas seudo-mesiánicas y sectarias tan comunes en algunos de sus antepasados ideológicos.

Las narrativas de mesianismo redivivo, aun presentes en el Frente Amplio, utilizan de forma abundante nociones como “socialismo”, “sociedad socialista” y “Latinoamérica socialista”, pero por ninguna parte se explica el contenido técnico de tales vocablos, ni se perfila el sendero para alcanzar ese tipo de sociedades, ni tampoco se muestran ejemplos los “socialistas” supuestamente existentes en América Latina u otras regiones; lo que sí se ofrece son propuestas de Capitalismo de Estado centralista e hiper-regulado, que en la experiencia histórica universal han padecido de fracasos constantes.

Dicho de otra manera: la probabilidad de que el Frente Amplio sea el núcleo de una nueva mayoría es una variable dependiente de que en su ADN interno prevalezca la adhesión a las instituciones republicanas, al liberalismo político, a la democracia representativa y participativa, y sea capaz de incorporar por conocimiento y convicción los méritos del liberalismo económico aun cuando conserve diferencias con esa dimensión del liberalismo en general.

Como he afirmado en textos previos a este, los giros intelectuales y políticos señalados implican para el Frente Amplio un grado superlativo de transformación interna y de rediseño de sus alineamientos nacionales e internacionales, pero no es algo imposible. En otras experiencias recientes tales como la chilena y la uruguaya, así como algunos estatismos europeos distintos a la socialdemocracia y la democracia cristiana, los partidos políticos otrora comunistas y socialistas de Estado propietarista han interiorizado evoluciones democrático-liberales y una mejor comprensión de las dinámicas económicas en general.

En los dos bloques referidos, uno liberal y el otro estatista, uno hegemónico y el otro emergente, existen siete desafíos comunes a ambos:

  • Primero: generar cambios efectivos, prácticos y positivos, en las condiciones materiales de vida de la población.

  • Segundo: buscar acuerdos entre ellos que conduzcan a fortalecer la matriz empresarial, científica, tecnológica, educativa, cultural, ecológica, de derechos humanos, institucionalidad republicana y democracia social.

  • Tercero: crear un sistema de alianzas sociales de amplio espectro, superando cualquier tipo de dogmatismo y sectarismo.

  • Cuarto: profundizar la conexión orgánica de las instancias partidarias y de sus dirigencias con los movimientos sociales en general.

  • Quinto: ejercer la autocrítica permanente.

  • Sexto: colocar la ética política en el centro de su accionar.

  • Séptimo: superar la corrosiva dialéctica amigo-enemigo que tanto daño causa a la política y a la sociedad.

Ambos bloques se encuentran en las mejores circunstancias para desarrollar el principio básico de la conducta política: cultivar autonomía estratégica combinándola con versatilidad táctica. Es esto lo que les permitiría crecer y acumular fuerzas y, al mismo tiempo, alcanzar acuerdos constructivos entre ellos.

¿Y qué decir de los partidos políticos del tripartidismo (PLN, PUSC, PAC)? Para ellos, relanzarse como opciones creíbles exige satisfacer cinco condiciones: primera, retornar a sus raíces históricas y a sus respectivos proyectos fundacionales; segunda, construirse en conexión con movimientos sociales (partidos-movimiento); tercera, realizar la autocrítica pormenorizada y transparente de sus trayectorias; cuarta, actualizar los planteamientos programáticos; y quinta, alcanzar acuerdos constructivos y de fuerte impacto social con el Poder Ejecutivo y la fracción parlamentaria oficialista.

En ausencia de las condiciones referidas, las alianzas que se establezcan entre estos partidos no resultan ni estables ni estratégicas, y el declive les llevará a la más completa irrelevancia.

Por lo pronto, al interior de los partidos del tripartidismo, no se observa nada que apunte hacia la concreción de las condiciones indicadas. La decadencia del bipartidismo primero y del tripartidismo después ha generado estragos mayúsculos en las capacidades intelectuales y cognitivas de esas agrupaciones, y esto, unido a los intereses creados sectoriales, les ha impedido conectar con el sentido histórico de lo acontecido en el país aun antes del año 2022.

¿Se encuentran los actores políticos en condiciones cognitivas y éticas para cooperar en la construcción de un mejor presente y un mejor futuro, o por el contrario, permanecen anclados en intereses plutocráticos y en narrativas mediáticas, propagandísticas y publicitarias por completo ineficaces y contraproducentes? El tiempo, sabio maestro del peregrinar histórico, dará su respuesta y, como siempre, será inapelable.

Notas

Araya, F. (2026, 19 febrero). Costa Rica: la tercera república. Meer.