Nos duele Cuba. Nos duele sobre todo a quienes nos asomamos al aprendizaje político durante una adolescencia que tuvo entre sus hitos históricos ese 1 de enero de 1959, con la entrada del Ejército Rebelde en La Habana y la huida del derrocado dictador Fulgencio Batista. Desde ahí, Cuba estuvo siempre en nuestros inventarios, con esperanzas, desafíos y también desconsuelos.

Nos duele Cuba, porque en aquellos años polarizados por la Guerra Fría, desde el Caribe brotaba una corriente fresca de socialismo con ropaje latinoamericano y tercermundista, que innovaba en las concepciones del poder y también de la cultura. No era solo la guerrilla, era un cierto desparpajo creativo en la literatura, la música y el cine. Era asimismo un insumo en el eterno debate acerca de la democracia.

Nos duele Cuba, porque los sueños que engendró desde la década de los 60 del siglo pasado ya no cuentan con la Isla como fuente inspiradora. Duele mucho, porque este mal envejecimiento de su proyecto tiene el marco de un pueblo creativo y solidario que sufre hambre y emigra, con una cúpula dirigente que parece también anquilosada.

En tanto, y para mayor dolor, las privaciones brutales que sufren los casi 11 millones de cubanos se ven multiplicadas por el asedio del reciclado imperialismo de Donald Trump, que eleva el impacto del sempiterno bloqueo financiero y económico con el cerco petrolero. Es el regreso sin tapujos a una diplomacia de las cañoneras en que los proyectiles son la imposición de aranceles.

Agresión económica: arma política

Hambre, apagones, carencia de medicinas e insumos hospitalarios, escasez crónica de combustibles y precarios o nulos accesos a Internet, configuran la realidad donde los cubanos deben “resolver” (según el verbo de moda) su sobrevivencia cotidiana. Y es esta misma realidad la que en un perverso signo de los nuevos tiempos trumpistas consagra como arma política la agresión económica, que sufre el pueblo más que los gobernantes.

Si no fuera trágico, resultaría risible el argumento de Trump de que Cuba “es una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos”. Es que cuando manda la geopolítica bien condimentada por ambiciones imperiales se instalan otras verdades absolutas del mismo calibre, como colocar a la isla caribeña entre los países que según la Casa Blanca patrocinan el terrorismo.

Aun extremando los márgenes de cualquier análisis sobre la influencia externa de La Habana desde el colapso de los socialismos reales hace 35 años, lo cierto es que esta retórica trumpista no tiene asidero. Habrá quienes añoren o impugnen la impronta guerrillera de la revolución cubana, pero ese es ya un objeto de estudio histórico.

En cambio, el régimen político y constitucional de Cuba sigue siendo un buen motivo de debate, sobre todo a la luz de las tribulaciones que enfrenta la isla.

“Cuba es una dictadura y Fidel Castro fue un dictador” fue la respuesta del saliente presidente chileno Gabriel Boric en un foro televisivo en enero. Como se ha hecho habitual, los formatos de los medios buscan “cuñas” (declaraciones breves) de impacto y respuestas de “sí o no”, en lugar de activar análisis. Así, el juicio de Boric se encuadra en parámetros políticos actuales, que no por hegemónicos son incontrovertibles.

Cuba tiene un régimen de partido único, no hay elecciones competitivas ni pluralistas, tampoco hay diversidad de medios de prensa, los poderes ejecutivo, parlamentario y judicial no son independientes ni autónomos.

En las primeras décadas de la revolución estas características no constituían una preocupación para la izquierda. Mal que mal, Cuba era la expresión del gobierno de un pueblo en armas, una versión caribeña de la dictadura del proletariado de la ortodoxia marxista. Etiquetas valoradas en una América Latina donde campeaban los regímenes militares de derecha, violadores de los derechos humanos. Cuba era su antítesis, como también lo era de muchos sistemas constitucionales donde el solo ejercicio del derecho a voto no generaba democracias participativas.

La actual crisis de la democracia, con la abundancia de regímenes populistas de derecha y autoritarios surgidos de diversas formas de manipulación del electorado, como el de Trump, no libera a Cuba del rótulo de dictadura, sobre todo porque prevalece un parámetro que no se cumple en la isla: el de la posibilidad de alternancia en el acceso al gobierno.

El hombre de tres siglos

En una nota para la agencia Inter Press Service en 2008 escribí que Fidel Castro fue un hombre de tres siglos. Continuador de la gesta independentista que encabezó José Martí en las postrimerías del siglo XIX y líder de la revolución que en el siglo XX derivó en un gobierno comunista en América Latina, rompiendo el determinismo de las zonas de influencia de la Guerra Fría. Hombre de tres siglos, porque en el debut del actual milenio, con el colapso de los socialismos reales y el neoliberalismo que se instalaba como hegemónico en un mundo unipolar, mantuvo a Cuba bajo las raídas banderas de la utopía marxista.

Nadie puede negar el desarrollo social en la Cuba de Fidel en educación, salud y vivienda. Sus logros eran para la izquierda latinoamericana un motivo de orgullo que se conjugaba también con la resistencia ante las agresiones estadounidenses, la vocación tercermundista para contemplar a la isla como un ejemplo de dignidad. En los años negros de las llamadas dictaduras de seguridad nacional propiciadas por Washington en América Latina, La Habana fue un faro solidario, como bien pueden testimoniar muchos chilenos.

Las figuras de Fidel y de Ernesto Guevara, con la propuesta del Hombre Nuevo que dejó el Che, dieron un halo casi mítico a esta Cuba hoy desgastada, convertida en “el país de las sombras largas”, como tituló en diciembre el escritor Leonardo Padura un artículo sobre los eternos apagones, parodiando la célebre novela de 1950 del suizo Hans Ruesch.

Un artículo desgarrador, donde Padura reseñó el triste fin de año de los cubanos, en un contrapunto con el escepticismo ante los recurrentes avisos de ajustes económicos del gobierno que encabeza Miguel Díaz-Canel, que en esos días presentó el Programa de Gobierno para Corregir Distorsiones y Reimpulsar la Economía.

“El Programa engloba, por cierto, 10 Objetivos Generales, unos 106 Específicos, un total de 342 Acciones y 264 Metas e Indicaciones. Todo muy necesario, quizás hasta posible y deseable, pero con vaguedades y ausencias que parece comunicarse en una jerigonza incomprensible o demasiado lejana a una mayoría de la población del país que vive una realidad cada vez más oscura, más lastrada por las agresiones y las secuelas de los virus impíos, con gentes más empobrecidas y, por lógica ecuación, más desencantadas y desesperanzadas”, escribió Padura en el artículo publicado por El País de España.

En Ir a La Habana, el libro que lanzó el año 2024, Padura hace un recorrido por la capital cubana en un diálogo con la historia y sus propias creaciones literarias y periodísticas. Allí se respira el desgaste de la revolución, cuyos coletazos no son solo urbanísticos y económicos, sino también políticos y culturales.

Padura, en la cúspide de la fama como escritor, sigue proclamando su cubanismo y su voluntad de permanecer en Cuba. El suyo es un testimonio honesto, de primera mano, distanciado de la virulencia anticastrista del lobby de Miami y también del fanatismo de una izquierda que culpa al bloqueo de todos los males de Cuba en un implícito respaldo a los errores de una dirigencia gubernamental burocratizada.

Porque no es únicamente el último Programa el que merece caer bajo el ojo crítico. También el voluntarismo del propio Fidel que en la Ofensiva Revolucionaria de los años 70 intensificó los cultivos de café a costa de las pequeñas granjas productoras de hortalizas. La gran zafra azucarera de los 10 millones de toneladas de 1969-70 movilizó a todo el país y no logró su meta. El café es hoy un ítem menor en las exportaciones cubanas y el azúcar casi no cuenta en la economía mundial, desplazado por sustitutos químicos.

Burocratismo y militarización

El Periodo Especial en Tiempos de Paz, que Castro proclamó ante la crisis que golpeó a Cuba con la disolución de la Unión Soviética en 1991, se ha transformado en un ciclo sempiterno, con ajustes económicos siempre limitados por una desconfianza de la cúpula dirigente a los emprendimientos privados, con excesos que incluso reglamentaron a la baja la cantidad de sillas en los “paladares” (comedores autogestionados).

La escasez de divisas ha sido el cuello de botella permanente de Cuba, con medidas cambiarias zigzagueantes, donde el acceso a las divisas pasa a ser un canon de consumo y distorsiona la concepción de un socialismo igualitario. El Hombre Nuevo del Che ya no puede emerger de sacrificios eternos para una población que pierde sus jóvenes, con una emigración del orden de 10% de los habitantes entre 2020 y 2024.

La revolución que nació y se consolidó hace unos 60 años con un pueblo en armas presenta hoy una identificación controvertida con el militarismo a través de GAESA, sigla del Grupo de Administración Empresarial S.A., vinculado a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que controla gran parte de las inversiones, incluso en las ramas turísticas e inmobiliarias.

Quienes nacimos a la vida política bajo el influjo de Cuba vibramos también con la gesta de Vietnam y la liberación de Angola. Nos movilizamos en torno al derrocamiento de Anastasio Somoza y el triunfo sandinista en Nicaragua de 1979, para vislumbrar una ampliación de un futuro socialista con el proyecto bolivariano que Hugo Chávez proclamó en Venezuela en 1999. La dupla Daniel Ortega-Rosario Murillo en Managua y la “transición” de Nicolás Maduro a Delcy Rodríguez en Caracas dan cuenta de más esperanzas fallidas.

Del mismo modo, nuestro “cubanismo” se nutrió con el cine de Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás y Julio García Espinoza y la literatura de Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y Roberto Fernández Retamar. En la música transitamos desde Carlos Puebla hasta la Nueva Trova con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, para aplaudir de pie en 1990 el rescate de los viejos soneros con Buena Vista Social Club.

Una revolución amada, con sus claros y oscuros. Porque desde su propia cinematografía asumimos en 1993 la crítica a la homofobia de Castro y el Partido Comunista, gracias a la película Fresa y chocolate, codirigida por Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.

Amada también por sus triunfos deportivos y por su desarrollo de una medicina innovadora, solidaria con sus brigadas médicas internacionalistas y por prestar tratamientos a quien lo requiriera, sin importar su color político, como ocurrió con Andrés Allamand, el político chileno de derecha que encabeza la Secretaría General Iberoamericana, cuyo hijo Juan Andrés fue atendido en la isla de un daño cerebral desde 1990 hasta su fallecimiento en 2003.

Nos duele esta Cuba, que ha sido todo eso y mucho más. Nos duele profundamente porque anhelamos una transición que consolide las virtudes de este esforzado pueblo, capaz de mantener en circulación los viejos automóviles de la época prerevolucionaria y que sin duda será capaz de conjugar en los nuevos tiempos el espíritu de la revolución.

Pero eso no será posible bajo un proceso instrumentalizado por Donald Trump y su ley del más fuerte.