Quiero escribir con luz en mi mirada sobre la persona que ha sido Maria Paula Meneses y la obra que nos ha dejado. Me he resistido durante más de un año a escribir una sola palabra que pudiese ser percibida como una prematura despedida.

Porque la amistad compartida con Paula me acompañará el resto de mi vida.

Paula era un astro con luz propia. Bastaba acercarse para percibir su irradiación y su calor humano. Y una breve conversación para rendirse a la fascinación del conocimiento arraigado en una larga y profunda experiencia. La primera vez que la conocí, había iniciado su andadura, el más importante proyecto científico que nunca jamás volverá a realizarse en el Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra, el proyecto ALICE (Espejos extraños, lecciones imprevistas: conduciendo a Europa a una nueva forma de compartir experiencias del mundo), que dirigió el profesor Boaventura de Sousa Santos. Me van a permitir esa licencia retórica que tenemos los andaluces, la doble negación, para finiquitar definitivamente y categóricamente algo: no es una redundancia ni una hipérbole, es una absoluta certeza que hace sentencia, una temporalidad que no existirá de nuevo para los ojos de actuales mortales.

Un proyecto único y un equipo soberbio. Era en un almuerzo de despedida de un encuentro de trabajo científico de otro proyecto del CES en el que yo participaba. Como otros muchos instantes en su compañía, han quedado anclados en mi memoria, en esa estantería de los relicarios vitales, de lo asombroso porque es único. Ese lugar, que imagino que todas las personas tenemos, donde se atrapa lo inefable para anclar en memoria el propio peso específico esencial.

Recuerdo su conversación fluida en varias lenguas o, mejor dicho, en una lengua hecha de muchas lenguas para explicar cosas que pudiésemos entender los comensales de varios países distintos que estábamos sentados cerca de ella, y que estábamos en conversación distendida, pero de intensidad e interés profundo. Tenía esa capacidad que solo en alguna ocasión he encontrado en mujeres africanas, cultas y viajeras: la capacidad creativa de la comunicación intercultural con un lenguaje transfronterizo, transcultural, capaz de pasar de un registro a otro con una facilidad asombrosa.

Ese lenguaje trabado entre la experiencia y el deseo de comunicarse con los demás derrochando imaginación creativa y habilidad oral. Una forma que solo puede componerse de la propia e intensa vivencia incorporada haciendo de la oralidad una almazuela capaz de sostener el instante compartido sin dejar a nadie fuera. Eso, solo lo puede hacer una africana, o al menos, yo solo lo he encontrado en mujeres excepcionales de contextos que se dan allí.

Hablaba de su vida y su experiencia etnográfica en Mozambique, de su vida de estudiante en Rusia y en Estados Unidos, y de sus viajes de investigación a Goa, en respuesta a nuestras indagaciones, cada vez más sorprendidos, con una naturalidad como si fuese lo más común entre los mortales. Supuse que una mozambiqueña culta y académicamente comprometida parte del común africano de que recorrer el planeta para encontrar un sitio donde poner y usar la voz es casi obligada deuda con sus raíces. En una mesa, rodeada de españoles, portugueses, ingleses, alemán y uruguayo, esta africana era sin duda un caso único. O al menos, para mí, era un caso único, una persona única, tan difícil de encontrar en la arena académica como hoy hallar un dátil de mar en el Mediterráneo.

Con el paso del tiempo se trabó una amistad anclada en un profundo respeto y afecto mutuo, que dio oportunidad a muchos encuentros y largas conversaciones, que me permitieron conocer y descubrir aspectos de su vida de lucha desde su juventud, por los derechos propios y colectivos en su lugar natal. Una vida tan apasionada en sus convicciones solo podía dar lugar a una persona tan inteligente como ella, al desarrollo fructífero de una obra avanzada con nuevos horizontes para la antropología, bien anclada en las personas y en la cultura de su lugar natal y en sus contextos habitados y vividos. Una obra de toda una vida profesional, desde la que alumbró a la teoría de las Epistemologías del Sur, al mismo tiempo que recibió resplandor de ella. Un paradigma científico que pone, para la antropología, las bases y los instrumentos para esculpir el camafeo de la dignidad de las luchas de liberación colonial y de los oprimidos.

En un mundo que reedita, en este siglo XXI, nuevos imperialismos y colonialismos deshumanizadores y exterminadores, merced a las nuevas tecnologías de la comunicación y del armamentismo, la antropología en las Epistemologías del Sur, que María Paula Meneses ha construido al lado de Boaventura de Sousa Santos, es piedra angular para que en ese paradigma se entienda la diversidad inconmensurable de la plasticidad humana y su valor en las luchas por la existencia y por la dignidad humana; pero a su vez, las Epistemologías del Sur son para la antropología del siglo XXI, el aliento y la bocanada de aire fresco para que esta ciencia pueda recuperar su salud en este milenio enfermo, para reencontrar el valor fundamental de la diversidad hacia la que se dirigió desde su origen, en los tejemanejes coloniales del saber-poder en los intersticios disciplinarios de su propio sistema de poder occidental.

La antropología de María Paula Meneses suponía sabia africana de vida, para una disciplina envejecida prematuramente por la prostitución de su valor esencial, el reconocimiento de la diversidad y especificidad cultural de los grupos y sociedades humanas, en aras de nuevas tendencias para la globalización suicida de una ciencia prostituida por el capital que la financia. Una antropología estéril, resultado de la ciencia colonial occidental que se perpetúa en los modos de mirar de este siglo. En la balsa de las Epistemologías del Sur pueden flotar todas las luchas de todas las exclusiones y desposesiones coloniales que fueron y tratan de eliminar del archivo de la historia para que nadie pueda nunca encontrarlas.

Por ello, ella puso en Mozambique la piedra noble de la talla. Porque Paula ha sido y es, ante todo, antropóloga situada y arraigada. Su obra muestra con brillo propio que estamos ante la antropóloga africana más brillante de este momento histórico, cuando en la antropología social y cultural es realmente raro que se aporte algo verdaderamente original al conocimiento sobre la diversidad de los seres humanos y sobre lo que comparten. Y ese ha sido el gran pilar de esta antropóloga en las “Epistemologías del Sur” y su gran contribución para la antropología contemporánea.

Nunca pude tener mejor suerte que cruzarnos en el camino. Aprendí sin ir, lo que jamás hubiese aprendido en ninguna universidad, en ninguna estancia, en ningún templo académico donde los minidioses no salen del frontispicio en que se tallan. Quizás porque las personas fronterizas, como ella, atesoran conocimientos de un umbral al que muy pocos llegan. Mucho más en la academia y en la ciencia donde esta naturaleza ni se entiende ni se han desarrollado instrumentos para atenderla. Y a mí siempre me atrajeron las fronteras. No para atender al trazado, sino para superarlas y traspasarlas transgrediendo sus fantasmagorías.

De ese empeño procede quizás esa habilidad de puentear entre las nueve lenguas que podía hablar, cinco de ellas europeas. Varias con una soltura casi nativa. Creando espacio inclusivo y comunicativo para quien quisiese entender. Sus etnografías en Mozambique y en Goa, y sus estudios de hondo alcance y longa data de las relaciones poscoloniales de Portugal con su espacio colonial lusófono han contribuido notablemente a ampliar el campo de estudios sobre el (anti-)colonialismo y las aportaciones de los saberes en la lucha. Especialmente de las mujeres siempre olvidadas en los contextos coloniales de la deshumanización.

Hay en su escritura algo rebelde, algo crítico, algo noble y algo poético. Como espíritu que recompone sabiamente su esencia a partir de complejas batallas libradas, políticas, personales, profesionales, emocionales y espirituales, probablemente también teje en su voz y en su escritura la gema de todas las cristalizaciones de una vida emocionante e incomprendida.

Está en la escritura de Paula la poética de los sentidos, algo tan genuinamente africano, que lleva de los sabores a los saberes el lugar epistémico de las luchadoras africanas de sus encuentros etnográficos. Hay en su Facebook un multicolor africano de saberes e ingenios increíbles, políticos, económicos, productivos, artísticos, musicales, textiles, aromáticos, cromáticos… sus 2129 amigos en su perfil lo saben bien. Pero lo asombroso es que eso mismo estaba en sus conferencias, en sus textos, en sus clases, en su despacho, en su casa, en su familia y en su corazón. Era capaz de llevar su lucha por lo invisibilizado a todos los espacios por los que se movía. Con una sagacidad, inteligencia, saber hacer y saber usar la palabra como nunca yo había tenido oportunidad de ver antes.

Y llevaba y traía, como conchas de este mar de los sentidos, los dones de amistad que solo una africana sabe circular. Textiles africanos multicolor de los zocos por donde andaba con su corazón terminaban en las manos de sus muy queridas amigas. Pero el mejor de todos, siempre ha sido su cercanía, sus historias y su hospitalidad. Y la “curiosidade” e “inquérito” en las brillantes y largas conversaciones sobre los problemas contemporáneos de esta locura que parece dominar nuestro presente. Esas conversaciones que tanto echo y echaré de menos. Donde la conexión, a menudo, se plagaba de sobreentendidos mutuos, porque no eran necesarias más palabras. Es una persona que, creo poder decir que la veo, que la he visto. Más allá de la apariencia material que nos hace mortales.

Ella ha dejado uno de los mayores esfuerzos de su vida en la formación de jóvenes investigadores que sean capaces de pensar por sí mismos y mejor. Pensando siempre en que ellos son el futuro de una vieja academia cuyos pilares y marcos están desfasados y gastados, y huelen a podredumbre. Pero, trasmitiendo siempre que el futuro existe, y son ellos, y son la esperanza de que pueda surgir algo mejor.

En los próximos meses verá la luz una magna obra en dos volúmenes que recoge toda su obra, Moçambique e o Sul Global. Uma perspectiva a partir das Epistemologias do Sul, en la editorial Almedina. En su primer volumen, Teoría e História, Paula asienta en perspectiva interdisciplinar una metodología basada en relaciones y reconocimiento de saberes de profesionales locales que representa el futuro de la investigación histórico-antropológica, y puedo afirmar que no solo para su Moçambique, que es su mundo investigado, sino para los mundos existentes de diversidad ontoepistemológica que es la Humanidad. En el segundo volumen, As ecologías de saberes, articula tres ejes fundamentales que en sí mismos suponen los pilares de la existencia y la supervivencia para cualquier sociedad, aunque mostrados en su Moçambique: la ecología de saberes jurídicos, de los saberes médicos y de los saberes ambientales.

El estudio de las relaciones complejas entre sistemas de conocimiento, científicos y popular-comunitario-indígena; entendiendo que el conocimiento es una entidad viva donde confluyen epistemes en prácticas cotidianas entre lo humano y lo natural, íntimamente ligados. Una contribución monumental que articula historia y antropología de una forma innovadora y única, que supone, en este momento de la historia, donde lo humano se desdibuja en el imperio de los objetos y las máquinas, una de las mayores aportaciones para la revitalización de la ciencia antropológica.

Y aunque resuena en mi corazón el verso “no hay extensión más grande que mi herida” de Miguel Hernández, el poeta del dolor causado por violencias asesinas y el sufrimiento de los inocentes, pretendo aquí hacer brillar un genio singular, cuya estela dejará un impacto que las cornadas brutales del racismo académico no podrán ocultar.

Vivimos en un tipo de sociedad que tiende a reproducir violencias de variedad difusa en las instituciones, ejecutadas colectivamente, que matan de forma indirecta y facilitan la invisibilidad de quienes las cometen. Las nuevas tecnologías no solo lo facilitan, sino que permiten a las y los perpetradores de la injuria, de la descalificación infundada, ocultarse en el anonimato tecnológico y de las propias instituciones de cuyos resortes de derecho y ética se aprovechan en beneficio propio. La violencia académica es la más refinada, pero no deja de ser tan irracional e inhumana como cualquier otra.

No sé si es este el tiempo, el sitio y el lugar. Pero no puedo dejar atrás el daño que ha roto su corazón y ha destrozado su espíritu luchador, con la barbarie que no pocas veces reina en la academia. Dominada hoy de nuevo por el salvajismo extremista de estos tiempos: el racismo patriarcal ejercido por académicas pseudofeministas, que no saben que no son feministas. Capaces, como los colonos del látigo, de apartar a las negras y los negros que entorpecen su fatuo camino ascendente, cuando como ella, afrontan y desafían sus desmanes con la más absoluta honradez y franqueza. La brutalidad del patriarcado más destructivo y más cruel, que solo las mujeres que no saben que no son feministas son capaces de ejercer y reproducir en la violencia más violenta del poder académico, injusto y caníbal.

Y no lo dejo atrás, porque no puedo, porque no hay justicia. Por el silencio indigno e inhumano que mantienen en el centro donde desempeñaba su trabajo. Donde, a pesar de las líneas de investigación que mantienen abiertas, hipócritamente no aplican la teoría a la práctica en la defensa de los derechos humanos y la justicia social, con las personas más vulnerables del propio lugar donde producen. Como de hecho, ha sido la injusticia social cometida colectivamente contra Paula Meneses.

Y solo puedo escribir aquí mi emocionado abrazo, amigo, junto a mi grito rebelde por lo que nunca tendrá suficiente reparación. No, en esta academia que sigue dominada por mujeres y hombres patriarcales, racistas, coloniales.

Puedo imaginar su pavor, el que solo las personas que han podido sentir el racismo en su propia piel pueden experimentar. Tan vulnerable e indefensa; ¿quizás se sintió y revivió el espanto de su juventud? ¿Acaso pudo volver a sentirse viva, pero paralizada bajo el peso de un cuerpo de soldado muerto, como sintió en aquella zanja, en donde no quedó apenas nadie vivo, junto a ella? Puedo imaginar y sentir su estupor. Pues cuando crees que estás entre compañeros de lucha (¿académica?) que te sorprenda el racismo de quienes de repente se transforman en supuestos colegas, puede llegar a ser, como de hecho lo ha sido, mortífero.

Y nadie ha pedido perdón por el dolor profundo infringido injustamente en su persona. Ni por el desgarro en su familia, en sus amigos. Nadie en su lugar de trabajo ha tenido la honestidad de pedir perdón por participar en la indigna cacería. Nadie dimitirá por la nefasta gestión del mal. Ninguna jueza ni juez ha pedido perdón por claudicar ante la contaminación mediática. Ningún periodista ha escrito un artículo de arrepentimiento desdiciéndose de la mala investigación periodística. Ninguna académica feminista ha reclamado ni denunciado la infamia de la falsedad asesina contra una colega africana. Siguen presos del miedo. El miedo a la ausencia práctica de derechos, el miedo a la jauría cibernética. El miedo al miedo. Y todas las partes forman parte de la mediocridad de esta sociedad que nos hace más vulnerables, más expuestos, más débiles, más presa de caza en manos de la barbarie.

Paula nos dejó este pasado 8 de febrero. Y nosotros seguiremos aquí, construyendo con las piedras que ella talló. Para que las nuevas generaciones reciban algo del brillo que emana de la razón emotiva, la más inteligente.