El visitante aterriza en la Arcadia caribeña y se siente inevitablemente atraído por el cierre de la persiana del día. Cuando el sol, enorme ante la ausencia de los obstáculos propios de la urbe, se tumba sobre el mar eterno, aquel que no creció habituado a ese panorama suele maravillarse conscientemente hasta que la expresión de su cara lo delata. A estos oportunistas se les suele encontrar en las arenas más desiertas, ataviados con la escasa ropa playera y un cóctel sempiterno en una mano, dispuestos a sufrir la inclemencia del síndrome de Stendhal con el principal objetivo de poder contarlo de vuelta en la terraza de bar de cualquier ciudad gris.
La isla caribeña de Providencia, ubicada en el archipiélago colombiano junto a las islas de San Andrés y Santa Catalina, se caracteriza por atardeceres que parecen divagar de su propia función física. En ellos, el sol retoza con el mar hasta crear la inabarcable oscuridad nocturna de los territorios en los que el uso de la electricidad no está garantizado.
En este archipiélago vive el pueblo étnico raizal, de origen africano, que fue esclavizado y transportado por la Corona británica a estas pequeñas islas del Caribe para realizar labores de cultivo de tabaco y algodón. Los raizales tienen su propia lengua, el creolé, basada en el inglés, aunque con características gramaticales propias. A lo largo de la historia, el pueblo raizal ha logrado persistir ante acontecimientos de todo tipo: las luchas entre el Imperio español y los piratas del Imperio británico, el fin de la colonización, la fundación tras la conquista del Nuevo Reino de Granada y sus posteriores luchas internas, la independencia de Panamá propiciada por Estados Unidos o el desarrollo del Estado moderno de la actual República de Colombia. Según el Estado colombiano, el pueblo raizal supone el 40 % de la población total de unas 70.000 personas que residen en las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.
La proeza de mantener una cultura y lengua propias ha podido verse favorecida por su aislamiento geográfico. Sin embargo, en los últimos años la realidad de las islas ha cambiado. Se ha convertido en un caladero para la pesca industrial que ha diezmado los recursos marítimos disponibles, además de dañar su ecosistema en el que destaca la magnífica barrera de coral, actualmente en peligro por el aumento de la temperatura del agua debido a la acción humana. El turismo ha sobrepoblado el territorio y ha favorecido la adquisición de tierra por parte de personas extranjeras, con la consecuente disminución del porcentaje de tierras en propiedad para el pueblo raizal. Los raizales están siendo empujados a trabajos turísticos precarios y su capacidad política se ha visto mermada. Como reacción, a inicios de 2025 se anunció la creación de la Rapteg, una organización encargada de desarrollar la actividad política del pueblo raizal de forma directa y autónoma. Es decir, sin la tutela del Estado colombiano, que desde hace años no cumple su promesa de aprobar un estatuto propio para el pueblo raizal.
Cada vez hay menos rincones escondidos en el planeta y a ello han ayudado las innumerables listas de los mejores destinos turísticos que han sobrepoblado las terminales de los aeropuertos. Sin embargo, el turista es el último en llegar, aunque se lleven todos los focos de la degradación de los ecosistemas. La industria capitalista supone siempre el primer golpe de luz de la linterna en el interior de la cueva de lo recóndito. Su inevitable búsqueda de nuevos caladeros que ofrezcan una ventaja competitiva a aquellos que llegan primero cambia el devenir histórico, político y social de los pueblos del mundo.
Por ese motivo, sorprende que uno de los aspectos más convenientemente olvidados en el análisis de las causas de una pulsión nacionalista generalizada sea el caos que se deriva de las luchas por los recursos naturales del planeta. Los siglos XIX y XX supusieron el telón cronológico de fondo para que los Estados dirimieran sus fronteras a través de guerras, acuerdos o revoluciones anticoloniales. El triunfo provisional de la economía capitalista global ha elevado la satisfacción general de las burguesías regionales. Un escenario que nos muestra que uno de los motivos fundamentales de las tensiones independentistas es la necesidad que tiene la clase burguesa de alcanzar una situación beneficiosa para sus intereses. Son pocas las veces que los orígenes históricos y lingüísticos, o el bienestar del pueblo, cincelan el camino de libertad frente al estado colonial.
A pesar de estas resistencias gubernamentales, la idea de Marx y Engels de que «la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases» sintetiza el pasado, presente y futuro de cualquier colectivo humano. Los movimientos que se gestan hoy en el seno del pueblo raizal están cimentados en la reacción popular ante el dominio externo del pescado y la tierra o la pérdida de las costumbres que han permitido su propio desarrollo vital. Es un conflicto de clases y su desarrollo mostrará si se trata de una lucha entre clases burguesas competidoras o si realmente existe una semilla revolucionaria en el proletariado raizal. Fuere como fuere, el sol caribeño cubrirá con su manso manto las peripecias de un pueblo que ha demostrado su capacidad de supervivencia.















