La sociedad costarricense experimenta no una época de cambios (todas lo son), sino un cambio de época. Este es el espíritu del tiempo. Estamos vivenciando nuevas coordenadas empíricas y epistemológicas de la historia nacional. Pronto esta página transformativa pasará y quienes no escriban en ella conocerán el descenso a la irrelevancia y la extinción.
Preámbulo filosófico
En Filosofía es importante realizar un esfuerzo para comprender el sentido de una época, y de ese modo hacer inteligibles los hechos históricos y la vida cotidiana. A ese sentido de la época se le expresa a través de distintas nociones tales como “espíritu del tiempo”, “marco histórico”, “sensibilidad cultural colectiva” y “episteme epocal”. Los análisis de los analistas naufragan en superficialidades, rumores, inmediateces, consignas, especulaciones, suposiciones y manipulaciones cuando no están precedidos de una reflexión sistemática sobre el carácter de la época que se experimenta.
En las líneas que siguen intento acercarme al momento histórico del país, y situar en ese contexto los resultados de las recientes elecciones nacionales. Lo hago no como quien se autoproclama dueño de la verdad, sino como cooperador en su búsqueda, me anima no el sectarismo sino el objetivo de contribuir a la generación de conocimientos.
Cambio de época no es lo mismo que tercera República
La presidenta electa de la República de Costa Rica, señora Laura Fernández Delgado, sostiene que la segunda República fundada entre los años 1940 y 1950 llegó a su final, y que ahora nos encontramos en la construcción de la tercera República. A través de esta idea doña Laura interpreta el sentido histórico de unas elecciones que le favorecieron de forma contundente. En efecto, se ha producido una transformación radical en la correlación de fuerzas políticas y sociales del país, cuya influencia se hará sentir durante muchas décadas. Este cambio de época política puede calificarse –coincido con d. Laura– como el comienzo de la tercera República, pero construir y consolidar esa República requiere, y ella lo sabe, de otras transformaciones.
La crisis y desaparición de la hegemonía política, institucional y electoral ejercida por el partido Liberación Nacional y el partido Unidad Social Cristiana desde diciembre de 1983 constituyen el signo más visible del cambio de época indicado. El dominio bipartidista, continuación de la hegemonía bipolar del período situado entre 1950 y 1982 (PLN y grupos de oposición al PLN), experimenta un progresivo debilitamiento y pérdida de credibilidad en la población desde los años noventa del siglo pasado.
Bipolaridad, bipartidismo y tripartidismo: las formas fenecidas de la política tradicional
Recuérdese que el partido Liberación Nacional no gana elecciones presidenciales desde el año 2014, y el partido Unidad Social Cristiana no lo hace desde el año 2006. A pesar de este notorio retroceso, dichas agrupaciones no han sido capaces de ejecutar un proceso de auto-crítica interna, relevo de liderazgos y re-invención de pensamientos y planteos programáticos; al contrario, las raíces fundacionales de ambas organizaciones se abandonaron, los ideales de transformación social que las inspiraron fueron positivos al comienzo de sus respectivas historias, pero en un plazo de tiempo muy corto la preponderancia bipartidista se transformó en una tecno-burocracia política y administrativa que privatizó al Estado y al gobierno en su beneficio, usufructuando del poder público para rentabilizar a distintos grupos de intereses creados.
Esta circunstancia se encuentra en el origen de la pérdida de credibilidad en el bipartidismo. Lo observado en la recién concluida campaña electoral y en los resultados del 1 de febrero de 2026 es la culminación de este proceso de desgaste político e intelectual del bipartidismo.
Entre los años 1990 y 2004 surgieron con fuerza alternativas que le disputaban al bipartidismo su dominio, tales como el partido Movimiento Libertario (fundado en 1994) de orientación liberal, centrado en el núcleo creativo de la libertad; el partido Acción Ciudadana (creado en el 2000) de tendencia neo-estatista, y el partido Frente Amplio (constituido en el 2004), perteneciente a la corriente de estatismo propietarista, heredero político de tendencias marxistas, marxistas-leninistas, neo-marxistas, eco-socialistas, del Socialismo del siglo XXI y otras corrientes que enfatizan el concepto de Estado propietario de medios de producción.
De las tres opciones indicadas, no bipartidistas, una, el PAC, terminó convirtiéndose en un anexo del bipartidismo; otra, el Movimiento Libertario, dejó de existir como fuerza política, pero su ideario liberal forma parte de la actual hegemonía liberal expresada en el triunfo electoral de d. Laura Fernández, manifestándose además en importantes medios de comunicación para el análisis de coyuntura desde la perspectiva del liberalismo; entretanto el Frente Amplio ha debido seguir un derrotero, que aún no termina y es muy incierto, desde sus predecesores comunistas, centralistas y propietaristas de Estado, hasta su actual dubitación ideológica y pragmatismo que lo lleva a acercarse al partido Liberación Nacional, al partido Unidad Social Cristiana y al partido Acción Ciudadana, intentando forjar un bloque de oposición ecléptica, que por lo pronto evidencia una táctica de continuidad respecto a la oposición legislativa saliente.
Esa continuidad no es la mejor opción para la oposición parlamentaria que entra en funciones el próximo 1 de mayo, la mantiene prisionera del obstruccionismo, el sectarismo, la inercia y la incapacidad para otear otras posibilidades mucho más constructivas.
Del bipartidismo al tripartidismo
Interesa observar que durante el período de decadencia del bipartidismo se expandió la influencia del partido Acción Ciudadana. Esta agrupación política canalizó la mayor parte del descontento popular respecto al bipartidismo, y eso le permitió ganar las elecciones presidenciales de 2014 y 2018. El PAC ejerció el Poder Ejecutivo durante dos períodos consecutivos, y en ese lapso de tiempo generó una cercanía permanente al bipartidismo. Se produjo una alianza tácita del PAC, el PLN y el PUSC, y en ese marco Acción Ciudadana se transformó en un actor tradicional y tradicionalista del régimen político nacional hasta llegar a constituirse una hegemonía tripartidista (PAC, PLN, PUSC).
La inmensa mayoría de los costarricenses, necesitados de una válvula de escape respecto al desacreditado bipartidismo, interpretaron lo anterior como un gran engaño y se desencantaron del PAC, lo cual fue evidente en las elecciones nacionales de 2022 cuando obtuvo menos del 1% de los votos para la presidencia de la República y no alcanzó ninguna curul legislativa. En tales condiciones el otrora partido político enfrentado al bipartidismo y al modelo de desarrollo del PLN y del PUSC, desapareció de la Asamblea Legislativa y del Poder Ejecutivo. En el imaginario nacional Acción Ciudadana terminó siendo más de lo mismo, y de ese modo realizó el objetivo que se habían propuesto el PLN y el PUSC.
A pesar de un fracaso político tan evidente, el PAC no ha sido capaz de realizar un análisis crítico y autocrítico, de modernizarse, re-inventarse y de volver a conectar con sus raíces fundacionales. Un PAC sin autocrítica y formando parte de la decadencia hegemónica tripartidista se presentó a los comicios electorales de 2026 como si fuese una coalición, y la consecuencia de esta engañosa metamorfosis no pudo ser más clara: los exiguos resultados electorales tan solo le permitieron elegir una curul parlamentaria sin capacidad alguna de autonomía estratégica ni táctica frente a las fracciones del partido Pueblo Soberano, el PLN y el Frente Amplio.
El final de la política tradicional
Es así como la política tradicional desde los tiempos de la bipolaridad política (1950-1983), pasando por el bipartidismo (1983-2014) y el tripartidismo (2014-2022), se debilitó tanto y de modo tan rápido que ha desaparecido. Este es un hecho objetivo, demostrable con análisis cualitativos y cuantitativos, y reiterado en las elecciones de febrero de 2026. Los partidos políticos que alguna vez expresaron originalidad, capacidad de análisis y madurez, han dejado de hacerlo; sin embargo, no lo reconocen ni tampoco interiorizan el origen y las consecuencias de tal realidad; esto explica el grado superlativo de desconexión que padecen respecto a los intereses y necesidades de la población, al mismo tiempo que sus estrategias de comunicación se han mostrado por completo ineficaces e irrelevantes.
Si los resultados electorales no les hacen ver la necesidad de la autocrítica, de la re-invención y de nuevos liderazgos políticos e intelectuales, el riesgo de irrelevancia permanente y de desaparición aumenta muchísimo. Para estas agrupaciones (PLN, PUSC, PAC) es imperativo dar un salto al presente, re-inventarse e incorporarse por méritos propios en los avatares de la transición política abierta en las pasadas elecciones nacionales; pero esto implica un nivel de auto-evaluación y actualización de proporciones mayúsculas, y es lo cierto que por el momento no se observan capacidades organizativas ni intelectuales suficientes para lograrlo. La decadencia del tripartidismo es también un fenómeno de decadencia y descrédito intelectual.
La hegemonía liberal es estructural a la historia costarricense
No pretendo profundizar en el tema del liberalismo en Costa Rica, pero conviene adelantar una valoración general sobre este movimiento a fin de situarlo en el actual momento histórico.
Es sabido que el liberalismo nacional ha jugado un papel central en el desarrollo de la sociedad costarricense desde los tiempos de la independencia (1821), en el proceso de formación del Estado Nación (1821-1848), durante el siglo XIX, en los primeros cuarenta años del siglo XX, en la transición (1940-1948) hacia la segunda República, en la fundación de la segunda República (1949-1950) y en la trayectoria política e institucional del país durante el siglo XX y el siglo XXI. Los resultados electorales del 1 de febrero de 2026 evidenciaron la presencia dominante del liberalismo en la Costa Rica contemporánea, tanto en aspectos económicos, como políticos y sociales, y no es exagerado afirmar que el liberalismo ha sido la corriente histórica principal desde 1821 hasta la actualidad.
Doña Laura Fernández Delgado se ha definido como liberal en lo económico y conservadora en lo social; el movimiento que ella representa, por lo tanto, equivale a un liberalismo conservador que impulsa un modelo de desarrollo nacional centrado en la importancia del pluralismo político, la democracia representativa, el pluralismo económico, la empresa privada y la creatividad social basada en la libertad, componentes relevantes en varias de sus iniciativas legislativas. Contrario a las consignas opositoras de que el actual gobierno y d. Laura expresan posiciones autoritarias y hasta dictatoriales, lo cierto, lo objetivo, es diametralmente distinto: no estamos los costarricenses en presencia de un movimiento social y político autoritario, mucho menos dictatorial. Es imperativo que la oposición política revise esa narrativa, no para asimilarse al gobierno y a la hegemonía liberal, sino para intentar tomar la iniciativa política en un sentido autónomo y constructivo.
Siendo cierto lo indicado se obtienen dos conclusiones importantes para el análisis cualitativo y prospectivo: el descrédito del bipartidismo primero, y del tripartidismo después, equivale a la decadencia del estatismo y del neo-estatismo, y esto coincide con el ascenso histórico, político, social y electoral del liberalismo; lo que conduce a la segunda conclusión: La sociedad costarricense, en su dinámica política, no se expresa en vocablos como derecha e izquierda, tal como acostumbran afirmar los medios de comunicación internacionales, sino en enfoques liberales de las políticas públicas, por una parte, y perspectivas estatistas y neo-estatistas, por la otra. Los bloques indicados (liberal uno, estatista el otro) expresan la bifurcación histórica principal del momento actual.
Tomando como contexto lo señalado conviene reiterar que la hegemonía liberal, es estructural a la historia costarricense, puede retrotraerse hasta 1821, y se ha profundizado con la victoria electoral del partido Pueblo Soberano, con la presencia de programas de análisis coyuntural e información inspirados en la filosofía de la libertad y con la beligerancia en medios de don Otto Guevara Guth a quien cabe la condición de ser el líder histórico del liberalismo contemporáneo en Costa Rica. El fracaso político-electoral de partidos de orientación liberal tales como el Liberal Progresista y Unidos Podemos, no afecta el fenómeno apuntado. Los pequeñísimos caudales electorales de estas agrupaciones, aún en el caso de que se hayan opuesto al actual gobierno, pueden sumarse a la corriente liberal dominante (liberalismo conservador) y al movimiento liberal en general, que sin ser parte del partido Pueblo Soberano, decidió apoyar al gobierno del presidente Rodrigo Chávez y la candidatura presidencial de d. Laura Fernández.
El núcleo teórico-práctico del liberalismo costarricense
El liberalismo en Costa Rica comprende cuatro fuentes teóricas principales y bastante diáfanas: la Escuela Clásica de Economía, la Escuela Austriaca de Economía, el pensamiento de Milton Friedman, y los intentos poco fecundos de sintetizar liberalismo y pensamiento social del cristianismo. La oposición estatista y neo-estatista al liberalismo equivocó el norte, como ocurrió en el resto de Latinoamérica, al identificar la Escuela económica neo-clásica como una corriente liberal y neo-liberal, cuando en realidad se trataba y se trata de una perspectiva seudo-estatista de capitalismo de amigos, llena de ecuaciones, fórmulas matemáticas y análisis cuantitativos muchas veces alejados de la experiencia cotidiana.
Recordar lo anterior es relevante en materia de diseño y ejecución de políticas públicas, así como de narrativas de comunicación social. Representa un simplismo hiperbólico denominar liberal y neo-liberal a políticas públicas propias del capitalismo de amigos y de capitalismos seudo-estatistas, estatistas y neo-estatistas.
Siete líneas maestras del ascenso liberal
En los próximos años es previsible un mayor ascenso del bloque histórico liberal; sin embargo, para que tal escenario se concrete, esta corriente debe abordar desafíos no menores, menciono siete:
Avanzar en un proceso de unidad y liderazgo compartido y aceptado por todas las ramificaciones liberales;
Proyectarse y posicionarse en aquellos segmentos de la juventud (generalmente urbana de clase social media) proclive a favorecer alternativas políticas estatistas y neo-estatistas;
Posicionar en el imaginario colectivo los aportes históricos del liberalismo al desarrollo costarricense;
Desarrollar capacidades de educación política y cívica de sus adherentes y simpatizantes;
Cooperar para que la Administración Laura Fernández Delgado obtenga un balance de gestión positivo;
Fundamentar con hechos, datos y análisis cualitativos y cuantitativos, los vínculos directos del liberalismo con la generación de altos niveles de cohesión y bienestar social;
Profundizar la condición de movimiento-partido-movimiento enlazado no a estructuras organizativas rígidas, secretistas y burocratizadas, sino a movimientos sociales, segmentos poblacionales y liderazgos históricos.
Movimiento-partido-movimiento
En este punto conviene afirmar que todas las agrupaciones políticas costarricenses enfrentan el desafío de abandonar las formas tradicionales de organización partidaria, al tiempo que se re-crean como movimientos sociales insertos en los contextos de la revolución científico-tecnológica, la sociedad de la información y la sociedad del conocimiento. Las formas tradicionales de los partidos políticos, surgidas en los siglos XIX y XX bajo los efectos de la primera, segunda y tercera revoluciones industriales, son obsoletas en los marcos de las sensibilidades culturales contemporáneas y de la actual revolución industrial, científica y tecnológica, de ahí la necesidad de construir movimientos-partidos-movimientos, es decir, organizaciones no separadas de los movimientos sociales sino entrelazadas con ellos y cuyas dinámicas básicas se originan no en cúpulas partidarias, sino en liderazgos orgánicos a la sociedad, nacidos no de adhesiones ideológicas sino de vínculos muy dinámicos y disruptivos con la población.
El riesgo principal que enfrentan los partidos políticos que han avanzado en las prácticas de movimiento-partido-movimiento es sucumbir a la tentación de reinsertar las dinámicas partidarias tradicionales y perder las conexiones que ha establecido con la mayoría de la población. Burocratizarse, estructurarse en demasía y favorecer el surgimiento de nuevos grupos de intereses creados constituiría para los movimientos-partidos-movimientos el inicio de su futuro colapso.
Unas palabras sobre el Frente Amplio
Asumiendo que el declive del tripartidismo (PLN, PUSC, PAC) sea un hecho irreversible –y estimo que lo es–, es evidente que el partido Frente Amplio puede encontrar en esa decadencia un espacio para su crecimiento y proyección, pero esta posibilidad sería real solo en la hipótesis de que deje de acompañar al desacreditado tripartidismo, se desconecte de las dictaduras latinoamericanas, cualquiera sea su signo ideológico, y abandone el mesianismo iluminista que caracteriza a las corrientes totalitarias de la historia, incluidos sus predecesores en Costa Rica (partidos Comunista, Socialista, Pueblo Unido y Pueblo Costarricense, entre otros).
Estos giros políticos e ideológicos implican interiorizar el ideario democrático-liberal de manera estructural, no coyuntural, como formando parte de su ADN, lo cual significa reconocer los méritos del liberalismo político, social y económico, y, en consecuencia, entrar en un proceso de negociación e interacciones creativas con el bloque liberal dominante. Para el Frente Amplio, dados sus orígenes históricos e ideológicos, digerir sugerencias como las indicadas es muy difícil, casi imposible, pero si lo hacen pueden convertirse –en vista de la decadencia del tripartidismo estatista y neo-estatista– en el núcleo formativo de una nueva mayoría política y social.
Riesgos, involución, irrelevancia e inercia
Obsérvese lo siguiente: para el Frente Amplio ser parte de una nueva mayoría social y política, con autonomía estratégica y versatilidad táctica, implica una transformación radical de su naturaleza ideológica y de sus dinámicas partidarias; para el bloque liberal mantener, intensificar y profundizar su hegemonía supone un esfuerzo superlativo de unidad, innovación permanente y conexión orgánica con la población; y para cada uno de los componentes del tripartidismo (PLN, PUSC, PAC) recuperar alguna relevancia exige un proceso de autocrítica, modernización, re-invención y actualización programática que, por lo pronto, no es viable dentro de sus capacidades políticas e intelectuales. La decadencia del bipartidismo y del tripartidismo hizo estragos también en sus capacidades cognitivas.
La irrelevancia histórica y posterior desaparición amenaza a los partidos del tripartidismo; la involución autoritaria y totalitaria, o en su defecto, su condición de mero acompañante oportunista de otros bloques políticos, se deja ver en los laberintos del Frente Amplio, y el riesgo de inercia se dibuja en las comodidades del ascenso liberal.
¿Qué falta para consolidar la tercera República?
El análisis anterior se refiere al paralelogramo de fuerzas políticas en los inicios de la tercera República, pero la tercera República como tal, para construirse, desarrollarse y profundizarse, requiere de tres líneas maestras:
Primero, definir los contenidos generales y específicos de un modelo de desarrollo nacional transpartidario, anclado no en partidos políticos de formato tradicional, sino en movimientos sociales, movimientos-partidos-movimientos, y en las entrañas de la Costa Rica profunda; segundo, impulsar transformaciones claves en la dinámica interna de la Asamblea Legislativa a fin de potenciar la transparencia, la excelencia, la toma de decisiones y la eficacia con independencia de los sectarismos partidarios. Es clave que en el parlamento costarricense se abra paso la unidad de acción en la pluralidad de intereses y experiencias, y, tercero, efectuar reformas constitucionales, sea por vía parcial o convocándose a una Asamblea Nacional Constituyente, que creen el marco jurídico-constitucional capaz de favorecer la desburocratización del Estado y niveles elevados de calidad, excelencia y eficacia en la administración y gestión gubernamental.
Si en los próximos cuatro años se logran avances sustanciales en las áreas indicadas, la tercera República será en el corto plazo realidad. Y si los partidos políticos y los movimientos sociales abandonan el sectarismo, el dogmatismo, la manipulación y la superficialidad publicitaria, elevando su nivel intelectual, modificando sus formas de gestión y contribuyendo a construir la concordia en la pluralidad de interés, experiencias e ideas, entonces serán parte meritoria del nuevo ciclo político.















