Cuando se cuente y se estudie la historia del año 2026, se deberá narrar como un año que transformó profundamente distintas esferas de la política mundial y mexicana. El 28 de abril, como parte de la estrategia de seguridad nacional de EE.UU. y de su guerra contra las drogas, el Departamento de Justicia para el Distrito Sur de Nueva York, tras levantar cargos contra diez ciudadanos mexicanos, entre ellos al gobernador en funciones de Sinaloa, Rocha Moya, solicitó su extradición. La solicitud fue recibida y remitida a la Fiscalía General de la República (FGR) para su evaluación conforme a la Ley de Extradición Internacional. Según reportes de prensa, la SRE indicó a principios de mayo de 2026 que la solicitud estadounidense no adjuntaba elementos de prueba.

Esa bomba diplomática, jurídica y política ha sacudido la actualidad y la estructura del gobierno mexicano. Pues dinamita sus bases como la relación con los EE.UU., la impunidad como lubricante de nuestra política y la síntesis entre las estructuras estatales y el narcotráfico. Este medio año de 2026, a unos días de la Copa Mundial de la FIFA, México vive una de sus peores crisis políticas de las últimas décadas y pareciera que nuestras élites no están a la altura.

Que el gobierno americano solicite la detención y la extradición del gobernador de Sinaloa, del presidente municipal de Culiacán, de un senador de la República por Sinaloa, del vicefiscal general de Sinaloa y de otros no tiene símil en nuestra historia reciente. Es tan grave que nos lleva al recuerdo de la ocupación estadounidense de Veracruz de 1914 o de la intervención estadounidense de 1846-1848, cuando México debió ceder los territorios del norte, hoy en día los estados de California, Arizona, Nuevo México y Texas. Esos ecos del pasado hoy resuenan en nuestra actualidad política, pues con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, México perdió mucho más que los territorios que reclamaba, mas no controlaba y en los que su soberanía no existía; la verdadera derrota mexicana fue una relación diplomática desigual o asimétrica con EE.UU.

La relación entre Estados Unidos y México es compleja y complicada. Distintos temas, actores y matices entre dos naciones, unidos por lazos comerciales, familiares y de afinidad, mientras que los intereses políticos entran en juego entre los distintos actores de ambos lados de la frontera. Todo está atravesado por las profundas brechas que el racismo y el desprecio generan. Y la desproporción de fuerza económica, política y, hay que decirlo, militar, marca esta relación siempre como asimétrica, desde 1848. La asimetría es un obstáculo para que México pueda ejercer su soberanía. Así es la relación de toda potencia media que tiene la fortuna, buena y mala, de compartir frontera con una potencia hegemónica. Irlanda con el Reino Unido, Polonia con Alemania, Corea con Japón y México con Estados Unidos son ejemplos de ello.

Por todo esto, se puede afirmar que uno de los logros más importantes del Estado mexicano durante el siglo XX y los principios del XXI fue la gestión de la relación con nuestro vecino del norte. Con todos los retos y obstáculos de la desproporción de fuerzas, en medio de un siglo de geopolítica del caos y el conflicto, la diplomacia, el manejo de las propias fuerzas y cartas, y un uso cirujano de decir algo y hacer otra cosa, México pudo ejercer su soberanía. Sin embargo, el año 2026 cambió todo. El gap de la desproporción o asimetría se amplió en ambos lados, tanto por el incremento de la fuerza de EE.UU. como por la debilidad de México. Hoy, EE.UU. es más fuerte y México más débil, por lo que se ha minado nuestra posibilidad de ser soberanos.

Trump, en su segundo periodo, actúa sin máscaras ni dobles tintas. Va de frente con la aceptación de la máxima de cualquier imperio: “el fuerte hace lo que quiere y el débil sufre lo que debe”, parafraseando a Tucídides al describir el imperialismo ateniense. El único límite que aceptan los EE.UU. de Trump es su propia voluntad e intereses; ni las instituciones internacionales, ni el derecho internacional, mucho menos la lógica política, la diplomacia ni el honor o la decencia son válidos en este nuevo mundo. Los marines estadounidenses pueden entrar a Caracas y derrocar a su presidente, al tiempo que bombardean a Irán y presionan a México. Al mismo tiempo, la debilidad institucional mexicana, la impunidad estructural, la síntesis del Estado y el narcotráfico y la derrota del ejército mexicano en la “guerra contra las drogas” han vuelto a México en un país pusilánime y de rodillas.

La gobernabilidad de México depende de la impunidad y de las relaciones simbióticas entre el gobierno y los cárteles de las drogas. Ese dantesco equilibrio, al romperse, desata violencia, como lo demuestra la historia reciente de Sinaloa. Y no se necesita mucho para romperlo.

Así, mientras los EE.UU. viven un segundo William McKinley, México se enreda en una crisis de legitimidad institucional y polarización similar a la de los años 30 y 40 del siglo XIX. Y no se vislumbran soluciones ni salidas positivas.

Así, la presidenta Sheinbaum vive la crisis diplomática más importante desde la invasión de Veracruz de 1914, sin herramientas y amarrada. Trump sigue presionando e impulsando la narrativa de la ingobernabilidad mexicana… Y no tenemos claro dónde está Rocha Moya.