Una de las preguntas que genera muchas respuestas posibles y que hasta ahora continúa siendo elemento de debate en distintos lugares del planeta, incluso en grupos de hombres que buscan reflexionar sobre los impactos del modelo de masculinidad tradicional, es ¿qué significa hoy ser hombre?

Vivimos en un mundo hipermediatizado, donde los discursos se propagan a velocidades cada vez mayores y las redes sociales se han transformado en canales multiplicadores de la influencia de figuras públicas y de modelos masculinos a los que se exponen niños y jóvenes de forma permanente. Son estos trazos los que están configurando – de forma silenciosa, aunque cada vez más profunda y visible – las formas en que se entienden a sí mismos se relacionan con los demás y habitan su lugar en el mundo.

A pesar de los avances en igualdad de género (hoy en retroceso en algunos países dada la llegada de partidos de derecha o ultra-derecha a los espacios de poder), lo alarmante es que los modelos masculinos más visibles y consumidos siguen reforzando la lógica o el modelo de la masculinidad hegemónica.

Tal como la definió Raewyn Connell es: “La configuración de práctica de género que personifica la respuesta actualmente aceptada al problema de la legitimación del patriarcado, la cual garantiza (o es tomada para garantizar) la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres”. En el fondo, se trata de un sistema de prácticas en donde ser hombre legitima el poder, la violencia, la sexualización de los cuerpos, la negación de la vulnerabilidad y el desprecio por todo lo que se asocie a lo femenino.

El nuevo (viejo) panteón masculino: poder, virilidad, misoginia y más

Hoy asistimos a una cruzada por la recuperación de valores masculinos, que, dicho por quienes se manifiestan abiertamente contra la lucha feminista, los avances de las mujeres y la igualdad de género, han sido las principales responsables del declive de la figura masculina tal y como se ha conocido hasta ahora. Hablamos de un profundo backlash que busca atacar las conquistas sociales que habían sido alcanzadas hasta ahora, principalmente en lo que dice relación con la independencia de las mujeres y el reconocimiento de grupos históricamente excluidos, como los de las disidencias sexuales o aquellos racializados y que son objeto de ataques racistas y xenófobos, por nombrar algunos.

Lo anterior, por supuesto, no surge de forma espontánea. La oleada de extremismos de derecha a la que hemos tenido que enfrentar en años recientes ha sido el canal principal a través del cual este discurso masculinista se ha ido instalando, trayendo consigo una serie de elementos – símbolos, narrativas y prácticas – que buscan reconstruir la figura de un hombre mucho más violento, mucho más insensible y mucho más individualista.

Personajes como Donald Trump, actual presidente de los Estados Unidos, que no solo ha sido acusado de abuso sexual en múltiples ocasiones, sino que ha utilizado su figura pública para denigrar mujeres, migrantes, personas LGBTQIA+ y personas con discapacidad, ha utilizado su influencia para trascender a la política: representa una masculinidad impune, narcisista, que se cree dueño de la verdad absoluta, que no teme cuando quiere ridicularizar a otras personas, que no se disculpa jamás y que incluso se siente con la autoridad para estar por encima de elementos fundacionales de un Estados de Derecho, como es la Constitución.

Lo mismo sucedió con Jeffrey Epstein, cuya red de trata y abuso sexual de menores fue amparada durante décadas por el silencio de poderosos hombres de negocios, políticos y celebridades. Epstein no fue un “monstruo excepcional”, como se le catalogó en un momento sino el producto de una cultura que consiente y activa protege la dominación masculina como norma. Al momento de escribir este texto, todavía persiste la polémica de si Trump aparece o no en los “Epstein Files”, a pesar de ya haber sido confirmado por la justicia. Aquí hablamos de una red de personas, mayoritariamente hombres con poder, que se cubren entre sí y que guardan silencio.

En Israel, la figura de Benjamin Netanyahu y su responsabilidad sobre el genocidio que se está cometiendo contra el pueblo Palestino, muestra cómo la masculinidad hegemónica también permea espacios y lógicas como el Estado, institución que, bajo este modelo, elige construirse desde la lógica de la fuerza, el castigo colectivo, la impunidad militar y la negación del sufrimiento del otro. Su figura representa un tipo de virilidad endurecida que justifica cualquier acto de violencia en nombre del orden y la seguridad. Es lógico, entonces, reflexionar sobre por qué a pesar de la condena y del derecho internacional, persiste en su objetivo.

En América del Sur, especialmente en Argentina, el ascenso de Javier Milei simboliza una masculinidad anarcocapitalista que desprecia los lazos sociales, que demoniza el cuidado como debilidad y que propone una sociedad individualista, agresiva y autoritaria, donde “el mercado” reemplaza a cualquier forma de comunidad o empatía o incluso al Estado. Es un hombre que se opone a la importancia y los avances de la ciencia y que se opone a temas tan importantes para un grupo importante de la población como los reformados, a través del uso de herramientas propias de un sistema político construido sobre la base de una masculinidad hegemónica.

Hoy, al hablar de estos referentes nocivos para las generaciones más jóvenes, también debemos mirar hacia aquellos espacios que están lejos de las estructuras de poder tradicionales (como la política) y han encontrado un reducto para masificar mensajes de odio, principalmente contra las mujeres. Hombres que en algún momento fueron marginales – entendido como fuera de las mismas estructuras de poder tradicionales – y que hoy hacen lo propio particularmente en redes como TikTok, Instagram y YouTube. Es aquí donde promueven activamente el machismo, la misoginia (el desprecio por las mujeres), la hipersexualización, la explotación económica, la impunidad y la banalización de la violencia. Son hombres que encarnan lo que en el mundo de la sociología actual se ha identificado como “masculinidades neoliberales” y que son un ejemplo concreto de este backlash.

Uno de los casos más paradigmáticos es el de Andrew Tate, ex kickboxer británico que alcanzó notoriedad en redes sociales, y que optó por el camino de enseñar a millones de jóvenes cómo “dominar” a las mujeres, cómo enriquecerse sin escrúpulos y cómo no mostrar jamás debilidad emocional. Como en muchos de estos casos en donde quien dicta comportamientos tiene un gran techo de vidrio, Tate fue detenido en Rumania por cargos de trata de personas, violación y explotación, pero sigue siendo reverenciado por legiones de seguidores que lo ven como un “macho alfa” que se atreve a decir “la verdad” en contra de la “cultura woke”.

Cada uno de estos conceptos son ampliamente abordados por las narrativas de la extrema derecha, con el fin de querer establecer un nuevo paradigma en lo que se refiere a la posición de los hombres en las sociedades actuales en desmedro de los avances y conquistas sociales que han liderado las mujeres y otros sectores políticos.

Recientemente, y más cerca de América Latina, el caso del futbolista Javier “Chicharito” Hernández se transformó en una cara más del mismo fenómeno. Durante una transmisión en vivo a través de redes sociales, el jugador no tuvo ningún recelo en lanzar comentarios misóginos, normalizando actitudes machistas frente a una audiencia de miles de adolescentes y jóvenes. Este tipo de contenidos, muy tristemente, concita mucha atención en audiencias más jóvenes, principalmente cuando se trata de personas que tienen alguna posición de destaque en determinados grupos, como es el fútbol en este caso.

Esta valentía de reproducir un discurso machista sin tapujos, llegó hasta la presidencia del país y fue la misma mandataria, Claudia Scheinbaum, quien dijo que a Chicharito le faltaba “aprender más” sobre las mujeres. Incluso, patrocinadores de Hernández decidieron terminar sus contratos porque no están de acuerdo con este tipo de posicionamientos en las personas que ellas auspician. Y si bien más tarde el jugador ofreció una disculpa y se comprometió a reflexionar y a estudiar, el daño ya estaba hecho: la naturalización del machismo en figuras públicas queridas por los jóvenes refuerza estereotipos que obstaculizan cualquier intento de cambio cultural profundo. Ahora bien: ¿habría reaccionado de la misma forma el Chicharito si ninguna de estas consecuencias hubiera ocurrido? En contextos en donde esta impunidad masculina impera, probablemente no.

¿Qué aprenden los niños de estos referentes?

Estas referencias, además de muchas otras que pueden no tener el mismo alcance mediático que las señaladas anteriormente, mas que sí han logrado alcanzar algún tipo de destaque en comunidades más restringidas (principalmente a través de redes sociales), encarnan una masculinidad centrada en el poder autoritario, la imposición de la voluntad por encima de cualquier diálogo, el uso de la violencia como herramienta legítima y, en muchos casos, la instrumentalización de los cuerpos – femeninos, racializados, pobres o pertenecientes a las disidencias sexuales – como objetos al servicio del ego o del capital.

Son hombres que no cuidan, que no escuchan, que no dudan, que son estoicos, que se sienten con el derecho de querer imponer verdades y que cuando son enfrentados con argumentos válidos, encuentran otro tipo de estrategias para encontrar un camino que los siga manteniendo en una posición de poder.

Son “líderes” que se fortalecen en el miedo, que banalizan el abuso y que presentan la compasión como una debilidad.

Cuando estas figuras se convierten en referentes, ya sea porque están en el poder, porque dominan el relato mediático o porque acumulan riqueza o seguidores, los niños y adolescentes aprenden que para “ser hombres” hay que endurecerse, imponer respeto mediante la fuerza, y despreciar el dolor ajeno. También interiorizan que es socialmente aceptable ser violento contra las mujeres o grupos socialmente excluidos (porque la impunidad está presente y es estructural).

Se socializan en un modelo que premia la insensibilidad y castiga la empatía, que promueve una supremacía de los hombres (aunque no de todos por igual, sino que los que responden a un determinado estereotipo, lo que abre el espacio para otro análisis) y que es un sistema que es urgente de mantener (o en palabras de los masculinistas rancios “que es urgente de recuperar”), porque sólo así conseguiremos dar el siguiente salto que los tiempos demandan.

La consecuencia más grave de esta proliferación de referentes masculinos violentos, misóginos o autoritarios es la normalización de estas conductas como deseables y la falta de cuestionamiento a estos mismos comportamientos. En la infancia y adolescencia, los modelos importan y cuando las referencias no apuntan a modelos de masculinidades más positivas, cuidadoras o anti-patriarcales – visto desde el punto de vista de los estudios de género – el trabajo por la reeducación se vuelve más complejo.

Cuando los referentes celebran el control, la explotación o el abuso, los niños aprenden que la violencia es poder, que la empatía es debilidad, que el otro es un enemigo o un objeto. Se pierde el sentido del respeto y del reconocimiento del valor de la existencia de otro y se acaban por imponer modelos, pensamientos y conductas que apuntan a un individualismo exacerbado que se asume como normal y necesario. Sólo así se consigue el éxito que impone el modelo.

En contextos escolares, los efectos de esta socialización se traducen en altos índices de bullying, sexismo, homofobia, comportamientos hipermasculinizados y dificultades crecientes para establecer relaciones sanas y afectivas. También se manifiesta en el rechazo a las emociones, lo que se traduce en aislamiento, en silenciamiento del sufrimiento, en desprecio por el cuidado y en una aberración por la vulnerabilidad.

Los adolescentes varones, empujados por estos discursos, pueden convertirse en sujetos fracturados emocionalmente, hipervigilantes de su virilidad, aterrorizados ante la posibilidad de parecer “débiles” frente a sus amigos o a otros círculos de interacción en donde son valoradas este tipo de características. También, y éste es el plot-twist al que muchos hombres se resisten cuando son expuestos a este tipo de reflexiones, es que esta violencia estructural también opera hacia dentro: la masculinidad hegemónica no solo oprime a otros, sino que castiga a los propios hombres que no se ajustan al ideal dominante. De esta manera, se crea lo que Pierre Bourdieu identificó como la ilusión de la virilidad, un modelo que, independientemente de los esfuerzos que se hagan por alcanzarlo, nunca será suficiente.

La necesidad urgente de visibilizar otras masculinidades posibles

A pesar de un panorama que puede ser completamente desolador, no todo está perdido. Aunque se encuentran bastante invisibilizadas en el mainstream, otras masculinidades existen, resisten y se están tejiendo en los márgenes y que es importante observar y valorizar. Son masculinidades que no niegan la fuerza, pero la redefinen como capacidad de cuidado, de escucha, de construcción colectiva. Se trata de hombres que crían desde la ternura, que acompañan procesos comunitarios, que reparan vínculos rotos, que piden ayuda sin vergüenza.

Colectivos de hombres por la igualdad en América Latina como Hombres Tejedores (Chile) o Paternar, un programa de Equimundo que promueve el cuidado y las paternidades no violentas en Colombia, por medio de intervenciones digitales e híbridas, están generando espacios seguros para desaprender el machismo y construir nuevas formas de ser hombre. De la misma forma, hay organizaciones que trabajan con hombres y masculinidades en distintas partes del mundo y que se esfuerzan por reflexionar sobre los impactos que el modelo de masculinidad hegemónica (o tradicional) tienen en las generaciones más jóvenes y que realizan proyectos e iniciativas que apuntan a una reeducación hacia masculinidades anti-patriarcales.

En términos específicos, referentes como el actor Terry Crews, quien denunció públicamente haber sido víctima de abuso sexual, o el actor Pedro Pascal, que para muchas personas representa un modelo diferente de masculinidad, abren caminos simbólicos potentes para que los hombres se reconecten con sus emociones y se posicionen críticamente frente a los privilegios masculinos. Tenemos que dar espacio a deportistas, activistas, políticos y una serie de otros hombres que buscan visibilizar otros modelos de masculinidades posibles.

¿Qué futuro queremos para los hombres?

No se trata de reemplazar a un “tipo de hombre” por otro, ni de imponer una nueva norma. Se trata de abrir posibilidades, de crear no sólo un imaginario colectivo donde ser hombre no implique dañar, conquistar, explotar, someter, sino promover acciones, símbolos y narrativas que apunten a la construcción de relaciones desde una óptica diferente, alejada de las asimetrías de poder y de la violencia contra las mujeres. De construir referentes que, desde la diversidad, encarnen valores como el cuidado, la ternura, la justicia, la responsabilidad afectiva, el respeto por los cuerpos y por el medio ambiente, y el trabajo en comunidad.

Los niños y jóvenes nos están mirando. Las redes, los medios, las escuelas, las familias, los círculos de amistad, los entornos laborales, el mundo público y el privado: Esto es un llamado transversal en donde debemos involucrarnos activamente. Elegir qué modelos de masculinidades visibilizamos, promovemos o denunciamos es una decisión política, ética y urgente.