Esta es la luz de los enamorados, me dije. No era una luz cualquiera, sino esa claridad suave de abril que no hiere, que acaricia las cosas como si las reconociera de otras primaveras. Abril llegó alegre como siempre, con esa mezcla de promesa y melancolía que solo se entiende cuando uno ha vivido lo suficiente como para notar lo que falta.

Aquella tarde fui a coger espárragos por uno de los caminos de mi infancia. No había planeado nada especial; simplemente sentí el impulso de volver. Tal vez buscaba comprobar si todo seguía en su sitio, o si el tiempo, por una vez, había tenido la delicadeza de no arrasar con todo. El camino comenzaba igual que lo recordaba: estrecho, polvoriento, bordeado de matas que en su día me parecían selvas. A cada paso, algo se despertaba en mí, como si la memoria no estuviera en la cabeza, sino en mis pies y cargada sobre mis hombres.

Todo seguía igual. O eso quise creer al principio. Encontré las mismas esparragueras familiares que conocí con mi bicicleta y con mis amigos. Incluso algunas parecían exactamente las mismas, como si hubieran esperado mi regreso con la paciencia de un maestro. Me agaché, corté un par de tallos y los sostuve un momento en la mano. No eran los espárragos lo que buscaba, sino la sensación de estar allí otra vez, sin peso, sin historia.

Más adelante, encontré las costaladas y las huellas de las pezuñas de los jabalíes en los mismos lugares. Aquello me hizo sonreír. Había algo tranquilizador en que los animales siguieran ignorándonos, repitiendo sus rutas como si el mundo no cambiara. Pensé en aquellos veranos sin fin en los que me criaban mis abuelos, cuando los días parecían estirarse hasta perder el sentido y el tiempo era solo una palabra de mayores.

Todavía recuerdo el olor a barro en mi ropa, los churretes en la cara, las rodillas sollejadas que escocían al contacto con el agua. Recuerdo volver a casa al anochecer, con la sensación de haber vivido algo importante, aunque no supiera explicar el qué. Mis abuelos no hacían preguntas complicadas; bastaba con estar, con cenar, con escuchar los toros de fondo. Entonces todo era sencillo, o quizá lo parecía porque alguien sostenía el mundo por mí.

Me quedé contemplando la misma encina centenaria que me vio crecer, divertirme y equivocarme. Su tronco, grueso y agrietado, seguía ahí, imperturbable, como un testigo que no juzga. Me acerqué y apoyé la mano en su corteza. Aún recuerdo nuestra última discusión ahí, bajo su sombra, cuando las palabras pesaban más de lo que sabíamos manejar con esa edad. Fue uno de esos momentos en los que uno cree que el tiempo se detendrá para dar espacio a lo que se rompe, pero no: el tiempo sigue, siempre sigue.

La brisa primaveral y los jilgueros me recuerdan a ti. No sé en qué momento todo empezó a estar atravesado por tu recuerdo, pero allí, en ese lugar, era imposible no escucharte. Tu voz se mezclaba con el viento, con el crujido de las hojas, con ese silencio lleno de cosas que ya no están.

Bajé la cuesta abajo, por lo que antes era un camino donde jugaba con mis amigos. Lo hice casi sin pensar, dejándome llevar por la inercia de otros años. El curso del agua había borrado parte del sendero. Donde antes había un trazo claro, ahora había irregularidad, piedras desplazadas, tierra removida. La naturaleza imponiéndose a nuestras creaciones, borrando nuestras certezas con la paciencia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Sé que ese paisaje familiar continuará cuando yo no esté y en el fondo es un alivio.

Llegué al río sabiendo que nunca se puede percibir el mismo. Lo había leído, lo había repetido, pero allí, frente a él, lo entendí de verdad. Había mucha más agua que otras veces; el cauce parecía más ancho, más vivo. Pero seguía oliendo como todas las tardes: una mezcla de humedad, de vegetación, de algo antiguo que no cambia. Ahora había nutrias. Las vi de lejos, rápidas, esquivas, como si fueran parte de un secreto al que yo ya no tenía acceso.

Me agaché junto a la orilla y metí las manos. El agua estaba fría, como siempre. Ese frío inmediato, honesto, que no engaña. Cerré los ojos un momento, esperando quizá que el contacto me devolviera algo: una imagen, una voz, una sensación completa. Pero no me devolvió nada. Solo era agua corriendo, indiferente, ajena a mi necesidad de encontrarme en ella.

El agua me traía ecos de mis perros, Calcetines y Golondrina, corriendo por la ribera, salpicando sin medida. Me vi a mí mismo, con la gorra puesta hacia atrás, sentado frente al río como si fuera un espectáculo privado. Entonces todo tenía sentido sin necesidad de explicarlo. Luego estaba la reminiscencia de tu voz y de cómo me enseñaste a querer, de esa forma en la que uno aprende sin darse cuenta, simplemente estando. Esas cosas nunca se olvidan, aunque cambien de forma.

Permanecí allí más tiempo del que había previsto. No estaba esperando nada en concreto, pero tampoco quería irme. Había algo en ese lugar que me retenía, quizá la ilusión de que, si me quedaba lo suficiente, todo volvería a encajar. Pero no ocurrió. El río siguió su curso, los pájaros siguieron cantando, y la tarde comenzó a inclinarse hacia la noche como el cierre del locus amoenus.

Entonces lo entendí. No fue una revelación brusca, sino algo que se asentó poco a poco, como el polvo sobre las cosas. Todo seguía igual, sí, pero ya no era lo mismo. Faltaba ese otro que confirma que lo que ves existe de verdad, que lo vivido tiene un sentido que va más allá de uno mismo.

Entendí que todo seguía igual porque ya no quedaba nadie que lo mirara conmigo. Y en ese reconocimiento, silencioso y definitivo, supe que algo se había cerrado. Hoy dejé de ser hijo.