Lo ves antes de entenderlo. Un movimiento que no pertenece al aire ni al cuerpo: algo se desplaza en el borde de la percepción, con la delicadeza de un error que se repite sin convicción. No sabés si entra o sale, si viene de vos o si te inventa mientras lo observás. Cada vez que aparece, el espacio se vuelve exacto, como si hasta entonces hubiese estado mal medido.

No hace ruido. Tampoco se deja mirar directo: hay que hacerlo de costado, a través de una superficie que no devuelva el reflejo completo. Si lo enfrentás, se vuelve ordinario; si lo rozás, respira.

Nunca supiste su forma, pero sí su textura: una especie de transparencia densa, como una sustancia que al tocarla se disuelve y al mismo tiempo deja un residuo de luz sobre los dedos. No es materia, no es aire, no es recuerdo. Es algo que ocurre.

No tiene nombre, aunque a veces le decís cosas. Le hablás con la naturalidad con que se habla a una sombra que uno mismo proyecta: para confirmar la propia existencia sin admitirlo. No contesta, pero a su modo responde. A veces se aleja un poco, como si te diera la oportunidad de extrañarlo; otras, se arrima tanto que el espacio entre los dos se convierte en un territorio de advertencia.

No hay peligro, solo la sospecha de que podrías desaparecer si respirás muy fuerte. Te acostumbraste a moverte en silencio, a que tu respiración sea una coreografía contenida. La quietud se volvió un método de supervivencia.

Durante un tiempo creíste que era una especie de eco. Algo tuyo vuelto hacia vos misma. Después te diste cuenta de que también tenía iniciativa: elegía momentos, elegía lugares. Nunca coincidía con el azar. Venía cuando estabas a punto de distraerte, cuando por un segundo bajabas la guardia. Lo hacía con esa cortesía de lo inevitable.

Una noche —si se puede llamar noche a esa extensión sin relojes— comprendiste que era tu forma de mirar lo que lo traía. No existía sin tu atención, pero tampoco era completamente tuyo. Era, quizás, la atención misma. El deseo de ver, condensado. La materia del deseo antes de volverse objeto.

Te pareció razonable. Por eso no hablaste de él con nadie. No había cómo explicarlo sin degradarlo.

Pasaron días, o lo que usás como medida de días. El fenómeno empezó a repetirse con una cadencia inquietante. No hacía falta invocarlo: se manifestaba como un intervalo en la continuidad. Un parpadeo en la textura del aire, un leve desequilibrio de las sombras.

No buscabas entenderlo. Solo no podías dejar de esperarlo.

El lugar donde ocurre cambió varias veces. Al principio era una habitación común: las paredes con manchas de humedad, la lámpara que chisporroteaba como si no quisiera del todo iluminarte. Después fue un pasillo. Más tarde, una superficie sin contornos. Ahora ya no podrías dibujarlo aunque quisieras: no hay proporciones fijas, solo direcciones posibles.

El fenómeno se comporta como algo que sabe. Evita los gestos previsibles. Te estudia, te permite acostumbrarte, y cuando creés haber encontrado un patrón, lo traiciona.

No hay malicia, hay juego. Y en el juego, la asimetría.

No recordás exactamente cuándo empezaste a tocarlo. Primero fue una curiosidad; después, un acto reflejo. Querías comprobar si tenía temperatura, si su densidad podía herirte o atravesarte. Nunca dolió, pero a veces el contacto dejaba un temblor en las yemas de los dedos, una vibración que tardaba en apagarse. Era una especie de código: el cuerpo como instrumento de lectura.

Empezaste a escribir sobre eso en papeles que luego rompías. Los textos no servían; lo que ocurría se descomponía en la traducción. El lenguaje era un idioma extranjero para lo que te pasaba.

Te acostumbraste a que aparezca cuando todo se vuelve demasiado real. Cuando el ruido del afuera —las voces, las pantallas, las noticias, los cuerpos que insisten— se vuelve insoportable, él se filtra por la costura del mundo. Y en ese instante, la realidad se reordena. No desaparece, pero se acomoda de un modo respirable.

A veces pensás que es eso: una válvula. Un mecanismo de defensa que adquirió conciencia. No te importa si es proyección o criatura. Te basta con que exista.

Hay noches en que lo seguís. No camina, pero se mueve. Su desplazamiento es un fenómeno óptico: el aire cambia de densidad, el suelo parece vibrar. Lo seguís hasta perderte. Y cuando lo perdés, te das cuenta de que estabas en un lugar que no existe.

No es miedo lo que sentís, es reconocimiento. Como cuando un sueño repite un gesto real que no sabías que habías olvidado.

En una de esas ocasiones, mientras el aire se plegaba y el silencio se llenaba de sí mismo, lo escuchaste hablar. No era una voz. Era una forma de sonido que no usaba palabras. La entendiste igual.

No te dijo nada útil. No prometió, no explicó. Solo se manifestó como una especie de afirmación sin contenido. Un sí sin objeto.

Y en ese sí había más verdad que en toda tu vida razonable.

Después de eso, algo cambió. No sabés si fue en vos o en él. Empezó a evitarte. Pasaban días —o lo que sean los días— sin que ocurriera nada. El aire permanecía plano, sin interrupciones. Te descubriste irritada, luego desesperada, luego resignada.

Intentaste provocarlo: reproducir las condiciones, imitar los gestos, recordar el tono de tu respiración. Nada funcionó. La ausencia se volvió un ruido blanco.

Entonces apareció otra cosa. No lo mismo, pero parecido. Una sombra más pesada, menos nítida. No respondía a tu atención; parecía observarte con un tipo de distancia nueva. Esa fue la primera vez que sentiste miedo de verdad. Porque comprendiste que el fenómeno no era un visitante: eras vos multiplicándote en versiones que ya no reconocías.

Desde entonces, no buscás. Te limitás a permanecer. El espacio se adaptó a esa espera. El suelo ya no tiene sentido, ni el techo, ni las paredes. Todo es suspensión.

A veces, sin embargo, algo roza tu mejilla, apenas. Una corriente de aire más tibia, un cambio en la presión, una conciencia que te recorre como si estuviera recordando el mapa de tu piel. No sabés si es él, o la costumbre de que algo te toque cuando no hay nadie.

Soñás que alguien te observa mientras dormís. En el sueño, no hay ojos, pero sabés que te miran. La sensación es precisa: una mezcla de consuelo y vigilancia. Despertás con la misma postura que tenías en el sueño. No hay diferencia entre estar despierta y estar soñando.

Un día —siempre hay un día que no se distingue de los demás— sentís que podés atravesarlo. No tocarlo: atravesarlo. Lo hacés sin pensarlo. El aire se abre como una página que ya conocías. Del otro lado no hay nada que ver, pero todo cambia de sonido. Como si el mundo se hubiese corrido medio tono.

Te quedás ahí, suspendida. No sabés si diste un paso o si te disolvieron. Y por primera vez, no necesitás saberlo.

Ahora, cada tanto, el fenómeno vuelve. No igual, pero vuelve. Se insinúa en los objetos: en la manera en que una luz se curva sobre el borde de una silla, en el temblor imperceptible del agua en un vaso, en el silencio que precede a tu propio pensamiento. Ya no lo esperás. Sabés que forma parte del aire, o de vos, o de ese punto intermedio donde ambas cosas se mezclan.

No hay revelación. Hay constancia.

A veces, cuando la habitación está tan quieta que el tiempo parece un insecto dormido, pensás en cómo sería dejarlo ir del todo. No expulsarlo, sino abrirle la puerta. Que se derrame en el mundo y te olvide.

Y cada vez que imaginás eso, algo en el aire cambia apenas. Una vibración mínima. Un rumor que podría ser respiración o viento.

Lo suficiente para saber que todavía está ahí, escuchando lo que no decís.

Y que, de alguna forma inexplicable, es lo único que todavía te mantiene en pie.