Cala ha hecho notables progresos en su ciudad natal: de entrada, con su tercer poemario, ha conquistado un espacio definitivo en el mundo cultural; además, se ha ido especializando en la cultura al-andalusi, logrando un reconocimiento cada vez mayor en el mundo académico1

Cuando la crisis económica le impidió continuar con los viajes culturales a aquellos lugares que tanto la entusiasmaban, tuvo que conformarse con desplazamientos cortos, no más lejos que los que podían permitirse sus alumnos, en el bus municipal, como a la Mezquita o a Medina Azahara. Cala había aprendido a interesar a su alumnado en la historia y cultura andalusí combinando anécdotas fáciles de recordar con explicaciones más complejas; así que, al igual que señalaba, para gran regocijo de sus estudiantes, aquel colmillo de elefante colgado de la techumbre de la Mezquita que había pertenecido a uno de los paquidermos que cargaban las columnas de mármol desde lugares remotos, se detenía también en el doble arco tan representativo de aquella construcción única en el mundo, de herradura el de abajo y más ornamental, de medio punto el de arriba, el que aguanta y reparte la carga del techo. “¡Fijaos que ambos alternan ladrillo rojo y piedra blanca, los materiales esenciales usados en la construcción! ¡Observad la belleza cromática lograda!”

En una ocasión, el historiador de la ciudad, a quien una fuerte gripe mantenía en cama, no pudo atender a una delegación extranjera que visitaba Córdoba, y la directora de Cultura del Ayuntamiento, amiga de Cala, la buscó para salir del paso. Aquel grupo quedó tan entusiasmado con sus relatos, tan impresionado con sus anécdotas y explicaciones, tan prendado de su simpatía que, cada vez que el vejete historiador se encontraba indispuesto, Cala era llamada para que se ocupara de los y las visitantes ilustres.

Así que la profesora se siente agradecida a la vida: tiene a sus hijos en casa; goza del amor que le da Patricio y de algún que otro romance prohibido; vive cerca de su madre y hermanas y, por si fuera poco, cada vez es más reconocida en el mundo cultural y también en el académico de la ciudad.

La profesora, además, se siente gratificada en sus clases. Su alumnado proviene de barrios humildes del extrarradio de la capital, en uno de los cuales se enclava su instituto. Se mentiría si no reconociese los sinsabores que tantas veces provoca la enseñanza, nada es de color rosa, pero no faltan momentos que todo lo compensan, como la nota que le ha escrito Yolanda Domingo, una adolescente que nunca había pisado la Mezquita a pesar de vivir a poco más de un kilómetro de sus recias puertas.

Aquella joven a quien Cala, al comenzar las clases, tenía más bien por despistada, redactó un ensayo brillante sobre el monumento que era patrimonio de la humanidad y en el que glosaba tanto el bosque de columnas de mármol procedentes en muchos casos de antiguas construcciones romanas como los materiales utilizados en su construcción, sin dejar de mencionar la proeza llevada a cabo por aquellos arquitectos que habían logrado embutir nada menos que una Catedral en aquel recinto, sin echarlo a perder. Y, al final, aquellas conmovedoras líneas escritas a mano: “Gracias, profe. Me he sentido muy a gusto en ese lugar tan bello. Este fin de semana llevaré a mis padres, quienes nunca lo han pisado a pesar de vivir tan cerca, y compartiré con ellos sus enseñanzas. También vendrá mi hermano pequeño, ansioso por ver el colmillo del elefante del que ya le he hablado”. A Cala esas sencillas frases la emocionaron de tal manera que cuando dobló la hoja de papel se le deslizaron unas lágrimas. La llevaría siempre consigo, guardada en el bolso, para que no se le olvidaran los momentos dulces que todo lo compensaban y otorgaban gran valor a su profesión.

[...]

Aquel mismo mes, una tarde en la que, al finalizar la jornada, Cala hacía el trayecto hasta su casa en bus, escuchó sin querer una conversación en el asiento de atrás:

  • Pues una de las hijas de Puerto, ya sabes, la vecina de la calle Doctor Fleming, es una fresca de mucho cuidado. No contenta con haberse separado del marido, a pesar de tener dos hijos adolescentes, y no contenta con haberse liado con un tipo medio extranjero, ahora propugna el amor libre en sus poemas. ¡Y pensar que es profesora! La madre, como imaginarás, está destrozada. ¡Pobrecilla!

  • ¡Hay que ver en manos de quién ponemos a nuestros hijos!, cuchicheó otra voz a sus espaldas.

  • Sobrepasa los cincuenta y, a pesar de su edad, se acuesta con cualquiera.

  • Habrase visto, ¡qué caradura! Vaya, hija descarriada y menudo ejemplo para su alumnado.

Cala no pudo reprimirse más, se volteó en su asiento y exclamó:

  • No es cierto que se acueste con cualquiera. Con cualquiera, no. Sólo lo hace con las personas a las que ama. Y tampoco es cierto que su madre esté destrozada. Sienten adoración cada una por la otra.

  • ¡Qué atrevimiento, meterse así en nuestra conversación! ¡Usted que sabrá! ¿Acaso las conoce?

  • Perdone; ¡atrevimiento el suyo! ¡Yo soy Cala Rivas, la hija mayor de Puerto!

A mí me narró ese episodio Marina. Estaba más indignada ella que su madre. La había ido a visitar justo aquella noche y Cala la recibió con los ojos humedecidos, pero también con una sonrisa desafiante. ¡Cómo es posible que haya seres humanos tan miserables! habían sido sus palabras textuales. Y entonces le salió del alma proferir aquel: ¡No pasarán!

Nota

1 Primer párrafo de "El colmillo del elefante", tercera parte, pp 167-171, del libro "El stradivarios"