Inés azotó la puerta de su cuarto. Siempre orgullosa, se tallaba los rasgados ojos con la punta de los dedos; no quería dejar salir las lágrimas. Le era incomprensible cómo, en esa época, sus padres pensaran que debía vivir la misma vida que su madre: ser la sombra de un hombre. Ella soñaba con ser pintora. ¿Qué había de malo en eso?

Con la cara encendida y la mandíbula apretada, se sentó frente al escritorio. Sentía las manos rígidas, pero comenzó a dibujar. Movía el carboncillo para trazar líneas toscas y, sin darse cuenta, el bosquejo tomó la forma de un rostro avejentado. Muchas veces había dibujado a la abuela.

Al mirar la libreta, ahogó un grito tapándose la boca. Sintió un golpe en el pecho, que trató de aliviar con la otra mano. El aire que respiraba con esfuerzo se tornó más denso. Los trazos impacientes del dibujo se movieron. Lo que apenas parecía una boca, se abría y se cerraba. El candil calado de flores de barro negro que pendía del techo parpadeaba. De cada flor salieron destellos que parecían estrellas y un haz de luz iluminó el cuarto. Se volvió hacia un lado y otro. Percibió con agrado un fuerte olor a jazmines y recuperó el aliento.

Al día siguiente, se despertó muy temprano. Era domingo. Abrió la libreta. Deseaba mirar el dibujo. Una hoja doblada en su interior cayó al suelo. Temblorosa la recogió; encontró una llave y un papel donde aparecía una dirección escrita con letra familiar. Salió de la habitación. Besó a sus padres en el comedor y tomó un sorbo de chocolate. Envolvió dos panes recién horneados que metió en una mochila que se colgó al hombro. Salió deprisa.

“A lo mejor fue uno de esos sueños, creo que les dicen lúcidos, o algo así”, pensó. “No, pero ¿y la llave?, ¿y la dirección? Sí, me dijiste que si me portaba mal vendrías a jalarme las patas, abue, pero ¿y lo que pasó? Parecía en 3D y toda la cosa. Como que sí me dio miedito al principio, la verdad, pero luego, cuando olí los jazmines, se me quitó. No puedo contárselo a nadie.

De por sí me dicen que estoy loca por querer entrar en La Esmeralda. Ya casi llego. ¡Quiero que me dejen pintar! Yo nunca me iría a Nueva York como mis hermanos. Apenas pudieron, se fueron. Ahora a mí me toca casarme y hacer panes. Prefiero comérmelos. ¡Qué rico le queda el pan de yema a mi papá! ¿Y si me estoy volviendo loca? Seguro ya me está esperando Federico para preparar esquites. Creo que hay Calenda. ¡Va a estar buena la venta! Ya sé, mando al Fede y yo voy a esta dirección. Si vieras ahora mis dibujos. ¿Cómo le hiciste, abue? Se me hace que ya probaron tus esquites en el cielo. Amanecí contenta, ¿eh? La cara de mis papás cuando les di tantos besos, ja ja ja, como si nada hubiera pasado. Muero por saber qué voy a encontrar”.

Emocionada, llegó a la dirección del papel. Sin dudar, sacó la llave. El portón de madera se cerró tras ella. Un patio central iluminaba doce arcos sostenidos por pesadas columnas. Caminaba como si flotara. Miraba a todos lados.

—¿Inés, eres tú? Pasa, te esperaba —una voz salió del fondo de uno de los corredores.

—Sí, sí soy yo —respondió la joven desconfiada.

Avanzó despacio hasta mirar en una habitación a un hombre delgado de baja estatura que colocaba un lienzo en un caballete. El pelo negro enmarañado le tapaba la mitad de la cara y un denso bigote cubría la otra mitad. ¿Quién era? A punto de arremeter con preguntas, el hombre adivinó la ansiedad de la adolescente y dijo con serenidad:

—Huele a jazmines, ¿no? Quizá tengas muchas preguntas, Inés. Poco a poco las responderás.

Le habló de poesía y de cómo las palabras expresan emociones y sensaciones. Citó ejemplos para explicar su relación con la pintura. Ella lo miraba y aquellas palabras hacían que se le erizara la piel. Le habló de la importancia de pensar, de dar a conocer su voz a través de sus creaciones.

—¡Hay que ser temerario y expresar las cosas como se sienten! Las formas, la luz, los colores son como las palabras, pero siempre debemos respetar la técnica.

El maestro no solo le enseñó a pintar; también la instruyó en los diferentes estilos y contextos históricos, en museos y obras de grandes artistas.

Con el paso del tiempo, sus padres se sintieron contentos: su hija ya había abandonado la absurda idea de irse a la Ciudad de México a estudiar.

Tal como su abuela le había enseñado, Inés guardaba el agua de lluvia que caía por los bajantes de los canales del techo. Eran cuatro barriles colocados en cada esquina del patio. Aquel domingo, sacó de uno de los tambos un poco del tesoro y se lavó el pelo. Frente al tocador de su abuela, sembró en sus brillantes trenzas negras algunos jazmines que cortó del jardín. Con la punta del dedo se delineó con brillo sus gruesos labios y la poca pintura apenas se dejaba ver en su piel morena.

Al terminar la visita al maestro, se encontró con Federico en el atrio de Santo Domingo. De regreso a casa, Inés albergaba un extraño presentimiento. Una intensa vibración se sintió en el aire, seguida de un enérgico estallido que se oyó muy cerca. Gente corría, y un niño lloraba asustado, gritando:

—¡La panadería!

Inés y Federico alcanzaron a ver la onda expansiva que lanzó dos cuerpos calcinados hacia la acera de enfrente. La harina suspendida en el aire avivó las llamas. Los esfuerzos de los bomberos resultaron inútiles.

Minutos después, el negro cielo dejó caer un aguacero que ahuyentó a los mirones. La calle permaneció vacía. Inés se cubrió la cara con las manos, se desplomó y cayó arrodillada frente a sus padres. Las gotas impasibles arrancaron uno a uno los jazmines de sus trenzas. En un arroyo, como procesión, las flores se dirigieron hacia el hombre y la mujer que yacían desfigurados uno junto al otro. Las lágrimas que tantas veces contuvo por orgullo, horrorizadas, la abandonaron sin pedir permiso y se unieron a la sucesión de los jazmines blancos. Federico permaneció inmóvil junto a ella. Panadería, casa, sueños... todo se convirtió en húmedos despojos con olor a muerte.

Acurrucada en la cama de su abuela, Inés oía a lo lejos las voces de sus dos hermanos: uno daba instrucciones precisas a Federico sobre las propiedades; el otro se encargaba de los preparativos para llevarse a su hermana a Nueva York en cuanto terminara el novenario.

Cerca de unas vías de tren abandonadas a las afueras de Queens, Inés vio la que sería su nueva casa. Uno de sus hermanos acondicionó el ático para que ella pudiera tener su espacio. También le consiguieron un modesto empleo en el restaurante de comida oaxaqueña donde ellos trabajaban.

Aprendió a ir sola a Manhattan, pues se retrasaba todas las mañanas. Caminaba largas distancias en un lugar que le resultaba ajeno.

“Ya no quiero tener pesadillas. ¡Odio este puto lugar! Nadie me preguntó si quería estar aquí. Podía haberme quedado con Fede. Que no se atrevan a vender la casa de mi abue: es lo único que me queda. ¡Es mía!

¿Cuánto costará el boleto de avión? No creo que me alcance. Hoy cumplo 18. No pueden detenerme. Hace mucho frío; no soporto estos vientos. Los edificios no dejan ver nada. La gente camina rápido sin saludar ni sonreír. Hace bien. ¿Quién quiere hablar o sonreír? Hay locos por todos lados. Está lleno de ratas y bolsas de basura. Estas calles de lodo con nieve puerca son asquerosas. ¿Por qué tengo que lavar trastes? Es mejor que limpiar baños. ¿Y ser mesera? ¿Es ese mi propósito en la vida? No pude ni terminar la prepa. Ni siquiera me despedí de mi maestro. ¡Pa' lo que me importa!”

Esa mañana se apuró tanto que llegó sofocada a la estación del metro. Mucha gente esperaba. Su baja estatura y delgadez le permitieron con destreza moverse hasta adelante, justo frente al vagón. Al abrirse las puertas, la multitud empujó a Inés al interior. De pronto, reconoció un perfume de jazmines y sintió dos manos que le acariciaban la cabeza. Escuchó unas voces que le murmuraban al oído: “¡Feliz cumpleaños, Inesita!” Volvió la cara: sus padres le sonreían desde la plataforma ya vacía. Atrapada entre aquella masa humana envuelta en gorros y bufandas, no intentó salir para alcanzarlos, pero el semblante adusto que la caracterizaba en esos días fue reemplazado por una sonrisa que alargaba más sus rasgados ojos negros.

Ya en el trabajo, se disculpó por la tardanza. Sin quejas se puso el uniforme. Cantó mientras lavaba los platos. Cuando terminó, ayudó a unos meseros sin dejar de sonreírles a todos. Sus hermanos, que eran los cocineros, se miraron con extrañeza, levantaron los hombros y soltaron una carcajada.

Llegó tarde a la casa, subió al ático y sacó de la profundidad de un baúl su mochila. Dibujó en su libreta la imagen de sus padres en la estación del metro. A partir de esa noche, las pesadillas terminaron.

El cambio de Inés sorprendió al dueño del restaurante, tanto que en poco tiempo le ofreció una oportunidad como mesera. El lugar estaba de moda y las propinas eran buenas. La adolescente, antes frustrada y ansiosa por regresar a Oaxaca, olvidó por completo el boleto de avión y retomó su aprendizaje. Aprovechó los días de descanso para recorrer la ciudad. Pasó largas horas en museos y galerías, subió a los rascacielos, fue a los parques y a los muelles. Dibujó bocetos con anotaciones de todo lo que vio. Compró material y comenzó a pintar de nuevo en el ático al que decidió llamar “Mi estudio”.

Una noche, un cliente asiduo se sentó a una de las mesas que Inés atendía. El dueño se acercó a saludarlo y, al llegar ella con el servicio, aprovechó para hablar efusivamente de su talento, a tal grado que el hombre, quien se presentó como director del museo del barrio de Brooklyn, intrigado, decidió esperarla hasta muy tarde para entrevistarla. Al mostrarle el cuaderno que siempre llevaba, el director se sorprendió de la calidad del trabajo. Días después regresó para proponerle que expusiera en un espacio del museo reservado para talentos emergentes.

—Algo pequeño primero —le dijo.

Incrédula, Inés aceptó emocionada. Con sus dibujos y la ayuda de un entusiasta curador, crearon una instalación digital que reflejaba en las paredes hasta el más mínimo detalle los retablos de Santo Domingo. Espacios blancos quedaban en medio de las imágenes donde colgaron sus cuadros. El contenido de las obras estaba lleno de ingeniosas yuxtaposiciones de paisajes bucólicos y urbanos, mezcla de culturas con gran dominio de diferentes técnicas.

En unos meses, la exposición logró un gran número de visitantes, quienes en largas filas se congregaban a la entrada del museo para mirar los Retablos de Inés.

La mujer recibió invitaciones de diversas galerías. “Hay que ser temeraria”, recordó, y con ansia de conocer el mundo, aceptó las propuestas.

Después de muchos años y tras enterarse de la muerte de Federico, regresó a Oaxaca. Aun cuando mantenían un contacto cercano, se conmovió al observar el cuidado con que su entrañable compañero había mantenido la casa. El jardín con jazmines, más hermoso y florido que cuando ella lo cuidaba; los barriles seguían en cada esquina del patio. No volvió a dejar la casa que tanto amaba y ahí mismo fundó una academia de arte.

En algunas noches de domingo hay quienes dicen que, al pasar por la escuela de pintura, huele a jazmines, se oyen risas y rumores, y destellos de luces salen por las ventanas. Entre olores de tasajo, jícaras con mezcal, la espuma del tejate, los humeantes esquites y panes de yema, Inés, sus padres, la abuela, el maestro y Federico arman tertulias que vacían el alma de congojas para colmarla de arte y pensamientos.