Conocí hacedoras cuáqueras del Quilten en los bosques de Monteverde. En las noches muy lluviosas o tardes de café, las familias se reunían a cortar trozos de tela de un mismo tamaño y juntas creaban una historia en una colcha, dándoles a sus generaciones un legado de cuentos a través de la literatura textil. Por ello, este libro de Marta Rojas llamado Quilten de mis memorias, reúne esa metáfora de pedacitos de historia familiar que se unen a todos los acontecimientos de su vida, contándonos así relatos hermosísimos de su antaño y descifrándonos el ser de la escritora, su más confesional retrato de vida.
Además, leerla fue unirme a su espacio, a nuestro amado Desamparados, un pueblo lleno de paisajes y costumbres. Y me identifico profundamente y asiento con emoción, descripciones que me llevan a mi infancia. Es, por lo tanto, un libro/legado a nuestro Cantón y al cuadro cotidiano de una Costa Rica, de mediados del siglo pasado.
Es bueno recordar a escritores que escribían de sus vidas y sus pueblos como Juan Ramón Jiménez de la ciudad de Moguer donde le daría forma a Platero y yo. O Miguel Hernández de Orihuela que centró mucho de su obra en la naturaleza de los pastorales campos de su infancia. Carmen de Burgos y Rodalquilar estuvieron unidos durante toda la vida de la escritora. O Federico García Lorca con el libro Los sueños de mi prima Aurelia, ubicada en su casa de Fuente de Vaqueros. Y para nuestros lares, tenemos a escritores como Aquileo Echeverría, Lisímaco Chavarría, Joaquín García Monge, Ana Cristina Rossi, entre otros.
Abrir el libro de Marta es como detenerse en cada retazo de tela y descubrir su esencia, su voz desde siempre, atada a aromas, vecinos, familiares y descripciones específicas como ver una acuarela de Fausto Pacheco, donde también Desamparados fue parte de su inspiración artística. Ella misma empieza a definirlo como su diccionario propio. Y sin disculpas, como lo expresa, porque encontrarán realidades crudas, propias del abuso del patriarcado y donde toda intención de justicia quedaba en el silencio.
Es tremendamente oscura la relación que hace del cangrejo y los óvulos fertilizados que vive su madre hasta ese momento en que ella es concebida y es abrazada por otro padre, otro apellido, y doble el abandono. El relato muestra los sucesos de una época, la cual, muchas mujeres vivieron y tenían que callar.
El libro también busca una autodefinición de su ser, una reivindicación de calificarse como cangreja. Y dice:
Bajo la fuerte armadura de mi caparazón, escondo mi ser vulnerable y cariñoso. Ese caparazón es resguardo. Me defiende del mundo y protege la fuerza de mi ternura, mi capacidad de amar y de experimentar las mejores emociones y afectos.
Es una cangreja que avanza y el retroceso, es el crecimiento personal, la movilidad constante que necesita el creador literario y cualquier mujer en su vida.
Me imaginé en la casa de adobe de mi abuela, en los días de las comilonas y la cocina de leña encendida donde las brasas eran la memoria del cariño, la complicidad de los amigos de infancia, las primas, las hermanas, descritas cada una como compinches amorosas que le ayudaron a sostener los tiempos difíciles de vivir en el campo.
La regresión de su infancia es señalada inteligentemente y muy bien pensada. Cada palabra no sobra y cada anécdota nos acerca a la Costa Rica que alguna vez todos vivimos, por así decirlo, de algunas generaciones. Las actuales tendrán un libro con grandes aportes, nostalgias, asombros, y un aprendizaje necesario para valorar nuestro presente.
Los potreros, y los cafetales desamparadeños eran los espacios de juego. El jardín de su madre nos justifica su amor por las plantas y Marta guarda así, esa herencia de sentir la tierra, quitar las malezas y cuidarlas. Revivir sus primeras experiencias con el mar o el pasaje del censo del prostíbulo nos habla de una inocencia campesina, que es una virtud por la forma como lo cuenta. Así nace la narradora, la escritora, la poeta, el sentido de servicio y humanidad incansable de la Marta persona, compleja, profunda y sentimental.
La experiencia del balneario Los Juncales y El Buen Pastor los poetiza y nos acerca a esos lugares medio oscuros donde a veces, con mucha supervisión, se lograban visitar. Allí nos marca una cultura de décadas para los pueblos cercanos.
No podemos dejar de reír el día que va a la escuela y olvida sus calzones y pasa la tragedia esperada. Es una lectura de su escolaridad, sus travesuras, sus legados que ya son costumbre como su colección de vegetación seca. Y ese deseo innato de competir y ganar.
Así, vamos atravesando sus capítulos en el colegio, y el suceso que marcó su vida para siempre, esa maternidad disfrutada y sus bellas mujercitas casi trillizas. El esfuerzo de verlas crecer y crecer ella misma en sus estudios, y sus batallas. Ya el amor no era amor para siempre y como toda mujer, ha sido un proceso no resuelto cuando a veces el patriarcado nos dice qué es amor y que todo se soporta.
Nos enseña la importancia y el respeto por un alumbramiento digno y toda una odisea para escribir un guion distinto al que siempre se imponía. Ella es subversiva, consciente, dueña de su cuerpo aún violentado.
Es impactante como narra su adhesión al GPP del Frente Sandinista y menciona los personajes involucrados en esas guerrillas por una Nicaragua engañada por un sistema inútil y con intenciones que parecían luz y eran abismo.
Así va procesando más telas, más experiencias, que le daban sentido a su existencia, como lo fue su experiencia laboral interina por diversas partes del país. Su empeño y sufrimiento, su valor feminista frenando a su violador, el llamado paterno antes de morir que ella hubiese deseado en su infancia, su inmenso perdón que lo transformó en poema. Acá se encontrarán nebulosas, deseos, tristezas, añoranzas, su segundo divorcio que le llega a concluir que “lo doloroso y bueno de amar es que siempre existe la posibilidad de dejar de amar”.
Sus búsquedas espirituales dejando atrás el ateísmo. Su época comunitaria y de pensionada. Sus viajes por el mundo, sus experiencias plurales y cotidianas. Cada pasaje debe ser leído con atención y gracia porque nos permite reconocer una escritura riquísima en imágenes, metáforas, descripciones y momentos que hacen una lectura inolvidable.
Nos acerca al amor de abuela, a la ternura anunciada: “las mujeres… llenas de dones, resistentes, valientes y tiernas”. El momento del “nido vacío” y el conjuro de sus grandes amigas, su Lazarillo y sus vivencias, son extraordinarios momentos de sensibilidad. Su incorporación a los movimientos literarios y su adopción como hijo filológico al poeta Byron Ramírez, que los llevó a ser equipo de revisión, de edición de enlace generacional.
También, una etapa de fuegos y cuerpos, de búsquedas íntimas, amores desbordados, erógenos, lo detalla con una suavidad erótica bellísima:
Suavemente
mis dos montañas son bañadas por su aliento
Se erigen como picos abiertos al cielo.
Si le tuvo miedo al amor ya no lo tiene. Vive rodeada de amigos leales, de pretendientes que se asumen con valentía o lejanías.
Ha asumido su liderazgo en la promoción cultural, como presidenta de la Asociación Costarricense de Escritoras (ACE), como agente activo del Buen Vivir, indigenista, ecosocialista y ser una con la Naturaleza.
Y es un libro de descubrimientos, decálogos, mensajes humanistas, propósitos de vida…
Esta cangreja nos abre su escondite y lo hace mar y lo hace jardín y lo hace amor. Leerlo es una respuesta, una reacción con sonrisa traviesa o tímida. Es su confesión que vivir plenamente se puede y que no termina la historia aún. Esperemos con anuencia el paso de la cangreja.















