Flash, en inglés, significa relámpago.
Para un drogadicto significa espasmo.

(Charles Duchaussois, Flash: la trágica experiencia de la droga)

Para un adolescente de catorce años, que apenas empezaba a entender que estaba creciendo, que de estar leyendo libros como El caballero de la armadura oxidada -bello libro- y Sandokan, que la alegría de los días era jugar a la pelota hasta la noche, de leer Mafalda sin entender del todo sus mensajes, a encontrarse y devorar este libro de un francés mochilero que hizo su viaje en medio de la fiebre hippie...

Ese adolescente fui yo. Ese libro llegó a mis manos luego de que mi viejo se lo recomendara a un amigo que le decía que estaba aburrido, ahí mi viejo le dijo que espere unos minutos y volvió con una sonrisa socarrona de esas que buscan una complicidad en el otro, que sabe que está por tirar un petardo –se notaba que sabía lo que tenía entre las manos–, con un libro viejo en las manos medio roto, las hojas amarillentas casi rojizas que le daban un aspecto de rancio, de muy viejo. ¿Cómo vas a recomendar un libro así, viejo?, ¿en qué pensabas? fueron los interrogantes que me cruzaron por la cabeza.

A los días mi amigo devolvió el libro aduciendo que era aburrido y yo lo llevé a casa, cuando se lo estaba por devolver a mi viejo, me mira con la misma sonrisa socarrona: había encontrado un cómplice. Leelo vos, me dijo. Un tanto extrañado, lo agarré. Luego un fin de semana lo miré y fue un flash, un espasmo, una sensación de vértigo de esas que sentís que te caes. Es difícil describir, fue como entrar en una espiral a la cual no podía dejar de leer y quería continuar con esa sensación. Había entrado en ese limbo donde perdés la noción del tiempo, no estaba echado en mi cama leyendo, estaba ahí al lado del mochilero tuerto.

Como usted, lector, viene intuyendo, a partir de acá vienen los spoilers.

Inmerso en la lectura del viaje de este francés, que había perdido un ojo por esquirlas de una bomba, que se había armado de valor y una mochila y de haber salido de Francia a recorrer el mismo camino que muchos de sus contemporáneos que se lanzaban al este.

En parte de su recorrido este quijote de la era hippie se enamora de una joven de una familia tradicional libanesa, cosecha y trafica haschich (donde prueba por primera vez), y juega a ser gánster en la ciudad de Ankara. Ahí en esa ciudad presencia una escena dionisíaca: en una cueva de una isla, experimenta una orgía de sexo y drogas fuertes, entre hippies y viajeros, en su mayoría europeos y norteamericanos. Allí, también, en esa misma noche, copula con una desconocida y observa cómo una mujer yonki muere por una sobredosis de heroína; es entonces cuando entiende que hay lugares extremos hasta donde te llevan estas experiencias.

A este francés le siguen ocurriendo situaciones desopilantes, como cuando se encama con mujeres casadas en Kuwait, traficando alcohol en un país musulmán. ¿Que no tenía reparos en romper con las normas? ¿Cómo podía sentir alguna afinidad con este tipo? Quizás era la manera en que se narraban sus problemas y hasta la forma en que salía airoso de muchas y, a su vez, Charles ingresaba al mundo de las drogas; mientras más cerca se encontraba de Katmandú (el destino de muchos peregrinos hippies de esa época) más se hundía, se entregaba a la vida de un yonki.

La llegada a la India fue el golpe de timón que le faltaba, allí es cuando nuestro querido Charles se hunde en el abismo de la droga, es cuando empieza a vivir para obtener su flash. A la vez que se encuentra en situaciones, en verdaderas aventuras de las cuales me marcó: fue en la India, donde un fotógrafo inglés le invita a entrar a un monasterio de la religión zoroástrica, llamado Torres del silencio o Torres de la muerte1. Es allí donde se lanza a la aventura de ingresar clandestinamente, con una cámara a mano y un objetivo gran angular –me preguntaba a mí mismo qué era eso pero a la vez deseaba, casi con fervor, tener un gran angular en mano para fotografiar esas escenas. Hoy, aún intento hacer lo mismo, solo que no hay torres del silencio. Es ahí, en India, donde se ve la miseria de muchos por ganar algo de limosna, donde también se debaten entre la vida y la muerte en un barrio, hundidos en la mierda.

Su ingreso a Nepal fue discreto, ya estaba vivo solo para drogarse. Charles estuvo tiempo hasta decidirse a juntar el poco dinero que le quedaba para comprar algo de heroína, dejar su nombre y su patria para ir a la montaña y entregarse al tiempo, el poco tiempo para morir en silencio y en soledad. Pero por destino, como hojas al viento, no se lo permitió y en su recorrido, en su ascenso a la cima del Himalaya fue oficiando de médico con algunas medicinas y drogas. Nuestro amigo sobrevivió. Pero no sin secuelas. Al menos dejó su historia que marcó huella en muchos que, aún, la leemos casi con fervor y buscando experimentar ese flash.

Notas

1 Las Torres del silencio son edificios funerarios, ubicados principalmente en la India. Para la religión zoroástrica el cuerpo humano se considera como un elemento impuro, por lo que está prohibido permitir que estos contaminen a los elementos como el fuego, agua y tierra.