En la escala de valores humanos que predomina sobresale la inteligencia muy dotada, la de los genios; compite con la que debiera ser número uno, el amor, propio de personas plenas que profesan un querer inmenso a sus semejantes.
Entre las tantas características que dan brillo a esos individuos, encontré una que no conocía y me apresuro a compartir en limpio las ideas que recopilé sobre ella.
Se trata de la bilocación –o la capacidad de estar en dos lugares a la vez– de muchos personajes conocidos.
Personas a quienes les sucedió
Sabemos de la bilocación que vivieron algunos santos y nadie más. Digo esto porque experiencias con cierta semejanza como las de los monjes tibetanos son esencialmente distintas, asimismo los niveles de concentración de los que hablan el ocultismo y el espiritismo; también, no es lo mismo que ver un fantasma, o que se me aparezca alguien. Se trata, como decía, de casos bien reconocidos como los de San Francisco, San Antonio, San Martín, San Pío… donde su vida ha sido muy documentada; y –muy importante– no hubo fugacidad, sino que se tomaron el tiempo de interactuar con su entorno.
En el caso de San Martín de Porres (Perú, siglo XVII), el religioso logró la curación de un enfermo que desde el lecho pidió su ayuda; al presentarse ante el (im)paciente, el fraile le dijo en vez de otra cosa: “Flojo, flojo”, pues, atenazado por el padecer, clamaba por un fallecimiento prematuro. Al aliviarse, el beneficiario fue a darle las gracias a su convento, donde el religioso, como saludo, lo recibió con un “Flojo, flojo”. Ajá, solo que la cura presencial fue en México y el buen Martín nunca salió de Perú.
Los críticos de estos hechos los explican por el bajo desarrollo de la ciencia de los siglos en que vivió la mayoría de estos personajes, o bien porque las noticias de la iglesia permeaban mucho más que hoy, en que –muy lamentablemente– ha descendido su credibilidad1. El caso del padre Pío, quien vivió en el siglo XX –es decir, donde la comunicación creció como nunca–, desmiente aquella postura (la de la ciencia insuficiente); incluso fue su contemporáneo un papa –entre otros varios– que se caracterizó precisamente por sus conocimientos científicos.
Pío llevó a cabo la vida de fraile en el convento italiano de Giovanni Rotondo, sin salir de allá, ejercitando una decidida espiritualidad. Con todo, al igual que Martín de Porres, fue encontrado muy lejos –con un océano de por medio, como ejemplo– en muchas ocasiones, practicando lo de su día a día: confesar y brindar asistencia y consuelo.
Una duda
La iglesia –o, más bien, algunos ministros que han publicado al respecto– sostiene que en la bilocación una es la persona real, mientras que la otra es una representación de ella. En cambio, fuera de la iglesia, en escritos sobre el tema se asienta que cada una de las dos personas puede hacer todas las acciones propias de un humano2.
No confundirla
Fuera del terreno religioso existen casos que guardan semejanza con el que nos ocupa –como los del Tíbet–, mas solo eso, pues son diferente cosa. Una de ellas es la de la vida después de la vida, como, incluso, se titula un libro al respecto.
Quienes la han experimentado narran lo que vivieron: se desprendieron del cuerpo, se observaron a sí mismos –comúnmente en el lecho, como enfermos graves, incluso terminales–, caminaron por un túnel luminoso y, finalmente, llegaron ante un resplandor muy vasto. Concluyen que estuvieron ante una presencia que llaman “ser de luz”. Esa es en resumen, la narración que, en su momento, superada la merma de salud, comunicaron.
La bilocación es parte de la mística
La mística es el campo de mayor acercamiento a Dios en sí mismo. Se trata de un proceso con diferentes pasos a seguir hasta alcanzar un máximo grado3. Los que han llegado a este último son los mayores místicos de la historia, como Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Ambos dejaron testimonio en su obra escrita, reconocida por todo el mundo y objeto de inagotables investigaciones.
Puede ser que a los místicos “les sucedan cosas”, pues son diferentes al común de los mortales; no digamos simplistamente que por ser personajes raros, sino porque viven estados extraordinarios como el que nos planteamos y, más aún, inverosímiles, ilógicos y todas las íes que guste usted: pueden levantarse del suelo que pisan (esto es, levitación), dicen lo que va a ocurrir en el futuro (es decir, profesía), o encarnan heridas de la pasión semejantes a las de Jesús (conocida como estigmatización)4. Esos son algunos ejemplos y no significa que todo místico los tenga –tampoco quiere decir que no tenerlos convierta en caso de segunda clase el del santo. Es importante recalcarlo: puede alguien vivir un elevado misticismo y no presentar ninguna de esas manifestaciones especiales.
Notas
1 Por cierto que esa reacción de la humanidad es obra, en mucho, de (innegables) pecados sexuales del clero, pero es muy injusta, pues se asemeja a aquella reacción de buena parte del mundo respecto de México: se descalifica a todo el país por la malhadada violencia de algunos –así sean muchos.
2 Hasta ahí he llegado a saber por lo no especializada de mi escritura.
3 No sé si por resultar este paso un pedacito de la gloria, le antecede un gran sacudimiento, una “noche oscura”, en que el místico la pasa muy mal: el purgatorio, digamos, purificación previa… pero aquí mismo en la tierra.
4 Espero no tardar demasiado en publicar sobre ese tan singular hecho.















