No hay un solo día en que la mire y no sienta el inmenso privilegio que yo he tenido en esta vida, de que esta mujer se cruzara con la mía.
(Ricardo Darín, 2015, “Entrevista en el programa español de televisión dirigido por Risto Mejide: Al rincón”)
De todos los artículos que he escrito sobre mi vida de piedad, quizás este sea el que más me ha costado escribir. Y paradójicamente desde que conocí a mi esposa he querido escribir algo que dejara testimonio de lo mucho que la amo, de la inmensa felicidad que me ha generado compartir la vida con ella y; al mismo tiempo transmitir a otros la importancia del sacramento del matrimonio. Dejar testimonio de su importancia para la vida cristiana identificando sus aprendizajes. Y hacer todo esto conservando el pudor mínimo para cuidar lo que pertenece exclusivamente a nosotros.
El año 2003 fue decisivo en mi vida. Se dio uno de los milagros por el cual había pedido desde adolescente (e incluso niño): el amor conyugal que esperaba. Era un anhelo de una amistad distinta, mucho más integral. Con ella podría compartir mis sueños, podría construir un hogar, tener hijos con toda la entrega que significan los hijos. Seríamos un equipo en el cual cada uno podría lograr su vocación personal y al mismo tiempo realizar su vocación matrimonial. Existiría la confianza para vivir la intimidad. Desde el primer día y a medida que la conocía, confirmaba que era la persona esperada y rogué a Dios porque todo funcionara. Si en el pasado había pedido que la pusiera en mi camino, ahora le pedía que me diera la sabiduría para cuidar nuestra relación y entregarme para hacerla feliz. Y que ella sintiera y se comprometiera de la misma forma. Tener un solo corazón (Ez 11, 19; Fi 2, 2) y “ser una sola carne” (Gen 2, 24; Mt 19, 5-6; Mc 10, 7-8).
Y debo decir: ¡Gracias, Señor, gracias! Porque me lo has concedido e incluso mucho más de lo que te pedí. Al principio quedé fascinado por su belleza física, la cual sigo admirando, pero luego descubrí su gran inteligencia que demostraba estableciendo relaciones entre los hechos que yo no lograba hacer.
Puedo decir con orgullo que es más inteligente que yo, y me hace feliz todo lo que aprendo a su lado. Me ayuda a tener una mirada del mundo totalmente nueva. Al mismo tiempo posee un carácter fuerte que sabe combinar con una perfecta asertividad, la cual regula cuando mi caridad cristiana intenta ser aprovechada por personas inescrupulosas. Posee una cultura de ahorro y austeridad que nos ha permitido sobrevivir en medio de las grandes dificultades que ha padecido Venezuela, ¡e incluso nos permite soñar con una vida más digna! Hemos logrado armonizar nuestras diferentes formas de ser y trabajar en equipo para construir nuestro hogar. Me aconseja y me apoya, me consiente y me ama. ¡Gracias, Señor, gracias! ¡Solo le pido a Dios que nos dé la dicha de seguir juntos hasta viejos y que yo la quiera como ella desea ser querida!
A nivel espiritual, para hablar del matrimonio debemos ir a las fuentes de la fe (sagrada escritura, tradición y magisterio). Estas son claras al afirmar que Dios nos dio una naturaleza que anhela la unidad esponsal, así queda establecido desde el primer momento de la creación. Y Nuestro Señor Jesucristo lo constituye en uno de los medios de santificación, en un sacramento (fuentes bíblicas anteriormente citadas y el Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], Nº 1601). Es un medio por el cual su acción redentora en la cruz transmite su gracia.
De esta manera lo que para la mayoría es considerado algo imposible (CIC, Nº 1615): estar enamorado toda la vida de la misma persona, ser pacientes en medio de la convivencia doméstica cuando dos formas de vida distintas deben compartir un mismo espacio y tiempo, hacer el amor con la misma persona sin aburrirse y con pasión, y aceptar ser fiel en las condiciones más difíciles como dice el “texto del consentimiento”: “en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad” (Ritual romano de la celebración del matrimonio, 1969/1991). Solo la gracia puede darnos eso, ¡y vaya que he visto la generosidad de Dios actuar en medio de tantas dificultades!
Todo ser humano busca la felicidad, y esta se encuentra en el amor. Tal como conté en anteriores entregas, en especial la dedicada a mi adolescencia, donde señalé cómo la pobreza de tantos seres humanos me conmovía. Ante la injusticia anhelaba hacer algo para cambiar toda esta realidad, por esta razón pensé en ser médico o político.
Poco a poco descubrí que este anhelo era parte de la vocación común que todos tenemos que es amar a los demás. Al ir conociendo la complejidad de la realidad social y lo que hacían los santos ante el mal, llegué a la conclusión de que debemos amar a las personas que tenemos a nuestro alrededor. Al casarnos y fundar una familia, Dios nos ofrecía la oportunidad de ser felices amando a ese pequeño grupo. No había que cambiar el mundo con grandes reformas o revoluciones, solo aceptar responsablemente la parcela de la creación que el Señor ponía en nuestras manos. El matrimonio es una forma de seguir a Cristo, entregando nuestra vida por el bien de cada miembro de la familia, y al verlos felices nosotros somos felices.
En Venezuela (y seguramente en el resto de Hispanoamérica) se tiene la idea de que uno de nuestros principales valores es la familia, en comparación a la cultura claramente individualista de Estados Unidos y Europa. No lo tengo tan claro, porque muchos matrimonios felices son “signo de contradicción” e incluso escándalo. La cultura machista condena a los hombres que son fieles a sus esposas o que consultan a las mismas para importantes decisiones personales o profesionales. Se ve mal que un hombre no tienda a salir con frecuencia con un grupo de amigos o compañeros de trabajo. Por no hablar de aquel que vive la castidad matrimonial. Un hombre de familia, un hombre enamorado que cumple aquello de “amarte y respetarte todos los días de mi vida”, es interpretado como debilidad ¡y cuidado si también hay una falta de masculinidad! Gracias a Dios, esto ha empezado a cambiar con mi generación (la “X”, la de los ochenta).
Han pasado 23 años y en mi memoria hay un montón de momentos felices. Tal como dijo el padre jesuita Rafael Baquedano en nuestro matrimonio eclesial en la capilla “María, trono de la sabiduría” de la Universidad Católica Andrés Bello el 12 de mayo de 2007: “allí donde estén juntos, sea el sitio que sea, ahí encontrarán la felicidad”. Dios ha sido muy generoso conmigo y mi esposa también. Ella ha sido paciente con mis defectos y ha confiado en mí en medio de las carencias. Siguiendo a San Ignacio en el numeral 233 de sus Ejercicios Espirituales, al ser consciente “de tanto bien recibido” y “enteramente reconociéndolo” solo anhelo pedirte, Señor, que “pueda en todo amar y servir”, amarles y servirles “todos los días de mi vida”.















