Cada sistema social y cada orden político está basado en una concepción del mundo y en una escala de valores que son, en última instancia, de carácter religioso.

(Christopher Dawson, 1948, Religion and the Rise of Western Culture)

Al llegar de Europa en el 2001 comencé a dar clases de Historia Universal en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila. Comenzaba así mi sueño de ser profesor universitario. Dicha institución había nacido con el anhelo de hacer del humanismo-cristiano el centro de su formación, tal como me dijo el profesor Gabriel Gutiérrez cuando me dio a conocer el proyecto de la Monteávila en 1996. Desde ese entonces el pequeño grupo de fundadores me invitó a cooperar con la redacción de los programas de historia de la escuela de Comunicación (aunque los mismos estarían relacionados también con las otras tres: Derecho, Administración y Educación) al cual ya estaba dedicado el profesor Antonio Ricoy.

En la quinta “Joselin” de la avenida San Carlos de La Floresta nos reuníamos varias veces a la semana para discutir sobre dicho contenido, pero también sobre el ideal que queríamos construir. Allí conocí también a muchos de los que hoy en día son y han sido profesores de la Monteávila, especial mención debo hacer de Jennifer Uzcátegui (desde ese momento nunca hemos dejado de ser buenos amigos a pesar de las distancias geográficas) y Alicia Álamo Bartolomé (QEPD).

Antonio Ricoy (licenciado en Educación: mención ciencias sociales y de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello: UCAB) me daría a conocer un conjunto de autores que enriquecerían mi visión de la historia y que cimentarían mi visión cristiana de la misma. Hasta ese momento, mi conocimiento de la filosofía de la historia e historiografía, había sido formado por las numerosas asignaturas de historia a lo largo de los cinco años de la licenciatura de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), cuyo contenido no era específicamente estos aspectos sino algún período de la historia. Mi pasión por la historia hizo que buscara conocer los mismos de forma autodidacta bajo la guía de tres profesores que considero mis maestros: Helena Plaza, Graciela Soriano de García-Pelayo y Oscar Vallés.

Antes del pregrado había mirado la historia desde el marxismo y la Escuela de los Anales. Ahora estos tres profesores me dieron a conocer la historia de la historiografía resaltando el importante papel de las perspectivas románticas y positivistas en nuestro país, para luego, de la mano de las historiadoras Plaza y Soriano –en especial esta última–, centrarme en la historia del personalismo político y las instituciones. Desde ese entonces estas dos realidades han sido tanto la temática como la perspectiva; centrada en el análisis de las formas políticas: estructura donde convergen las creencias o mentalidades, el derecho y la economía; desde la cual miro la historia. Luego se agregaría la visión humanista cristiana que me dejó el paso por la Monteávila (en diversas etapas: antes y después de su fundación: 1996-98, 2001-2003, 2006-2025) y finalmente por la Universidad Católica Andrés Bello (2003-2021) (sobre mi experiencia en ella dedicaré otro artículo de esta serie).

En mi segundo año de licenciatura vi la asignatura sobre Historia de Venezuela con la profesora Helena Plaza. La primera lectura que mandó fue el texto: Graciela Soriano de García-Pelayo, 1988, Venezuela 1810-1830: Aspectos desatendidos de dos décadas. Al mismo tiempo el cambio que viví en mi vida de piedad asumiendo el humanismo-cristiano (ver tercera entrega de esta serie: “Encontrar a Dios en la universidad”, 20-01-2025) se armonizaba con muchos de los principios de la perspectiva historiográfica que planteaba la profesora Soriano. Mirar la historia ante todo como historia de la cultura, y como esta a su vez se manifiesta primordialmente en las formas de vida política que una comunidad construye. La historia no era la imposición materialista de estructuras económicas y sociales, sino el ejercicio de la libertad humana, de cómo sus creencias, mentalidades e ideas legitiman y dan sentido a sus formas legales, institucionales y de conducta.

En la quinta “Jocelyn” desde 1996, con la célula inicial de lo que será la Universidad Monteávila, discutíamos y leíamos a autores que sostenían la importancia de la cosmovisión para comprender la historia. Tal como dije anteriormente: no había contradicción con lo aprendido junto a la profesora Soriano. Para mí fue un gran descubrimiento leer al historiador británico y converso del anglicanismo al catolicismo: Christopher Dawson (1889-1970). Su conversión había nacido de sus estudios de la historia de Occidente al comprender que esta cultura no podía entenderse sin la Iglesia Católica. Al mismo tiempo fue defensor de una educación que integrara espiritualidad y técnica, lo que precisamente buscaba la Monteávila al elaborar los pensum de estudios de sus primeras carreras y el ideario que sostiene hasta el presente. Estos principios fueron asumidos por mí y todavía los sigo defendiendo en mi labor como profesor. Tal como dijo Dawson: “la educación que ignora la base religiosa de su propia cultura está condenada a convertirse en un instrumento de propaganda estatal o una mera instrucción técnica” (1961, The Crisis of Western Education).

Al iniciar mis clases de historia en el 2001, siguiendo las enseñanzas del profesor Ricoy, leí e incorporé a las mismas el libro del politólogo Samuel Huntington (1996, El choque de civilizaciones) el cual sostenía las tesis de Dawson sobre la religión como corazón de toda civilización, y por lo cual en el mundo de posguerra fría las identidades religiosas reemplazaron las ideologías políticas y los intereses económicos. Ese año con el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York se volvería a comprobar este principio. Pero también repasamos otros autores como Henri-Irene Marrou, Etienne Gilson y Jaime Vicens Vives; mirando desde otra perspectiva la modernidad, es decir, no como una ruptura con la cristiandad medieval sino como herencia y continuación de esta. De modo que la ciencia y la libertad moderna son su consecuencia.

Esta perspectiva histórica fue observada en el caso venezolano por los profesores Fernando Cervigón y Rafael Tomás Caldera, los cuales nos dieron diversas charlas. Ambos revalorizan el período hispano como el sustrato religioso, institucional y cultural de nuestra nacionalidad y valores, y afirman que la Ilustración en nuestro caso fue mediada por lo hispano-católico. Un buen ejemplo fue el caso del redactor de nuestras actas del 19 de abril de 1810, de la Independencia y nuestra primera Constitución: el prócer Juan Germán Roscio. Roscio (1817) realiza una exégesis bíblica para justificar la ruptura con la monarquía en defensa de la libertad y para asumir la forma republicana, en su obra: El triunfo de la libertad sobre el despotismo.

Y finalmente, asumir esta forma de comprender la historia, me hizo mirar la realidad política de otra manera. Mi revaloración de la libertad personal a través de la lectura de Mario Vargas Llosa (ver mi anterior artículo: “¿El liberalismo es cristiano?”) ahora tenía el apoyo de una antropología humanista cristiana que siguiendo a Juan Pablo II (2005) en su libro Memoria e identidad definía al fascismo y al comunismo como “ideologías del mal”. Poseen estas características por su condición totalitaria en la cual el Estado define el bien y el mal prescindiendo de Dios. Negar la trascendencia del hombre destruye su dignidad y libertad, haciéndolo parte de una maquinaria social. Todo historiador al rechazar la naturaleza trascendente del ser humano limita su visión de la realidad social; y todo político que siga estos pasos terminará por crear un sistema que irá contra las personas.