Hace apenas seis mil años aparecieron los primeros signos escritos de la humanidad. Surgieron en Mesopotamia y, tiempo después, de manera independiente en Egipto, la India y China. Aquellos trazos no nacieron para contar historias ni para escribir artículos para revistas con sede en Montenegro, sino para algo mucho más práctico: inventariar, facturar y administrar las posesiones de los grandes terratenientes. Antes de que existiera la palabra escrita, la contabilidad era oral. Las transacciones —esclavos, botellas de aceite y vino, sacos de trigo y avena— dependían de la memoria humana, frágil y limitada. Los primeros registros eran dibujos: cabezas de ganado, jarras, siluetas humanas. Con ellos los poderosos inventariaban rebaños, bosques, despensas, ejércitos, esclavos y amantes.
Cuando los signos se multiplicaron demasiado, surgió una invención decisiva: trazos que representan los sonidos de la voz. El alfabeto fue una revolución tecnológica mayor que internet. Como dice Irene Vallejo, “las letras construyeron, por primera vez, una memoria común y expandida, al alcance de todos”. Ni el saber ni la literatura caben en una sola mente, pero gracias a la escritura, cada uno encuentra las puertas abiertas a todos los relatos y conocimientos”.
Los antiguos creían que las letras eran mágicas: representaban palabras, números, planetas y notas musicales. La evolución del alfabeto —nombre derivado de las dos primeras letras griegas, Alpha y Beta— tardó siglos: desde los grafitis en el Alto Egipto, pasando por los navegantes fenicios, hasta los 22 símbolos, que originaron la escritura hebrea, árabe, india, griega y latina.
De tablillas y papiros a libros
Los primeros textos se grababan en piedra, arcilla o madera. Imagine cargar un libro de piedra o escribir algo importante en un material tan frágil como la arcilla, vulnerable a la primera lluvia. Quizá por eso las tablas de los Diez Mandamientos no fueron más largas.
Después llegó el papiro: ligero y flexible, aunque escaso y vulnerable al colmillo del fuego y a las termitas. Hace no mucho más de 3000 años, la ciudad de Pérgamo innovó con un material de piel de cordero o cerdo que facilitaba el trazo de la pluma, aumentaba la velocidad de escritura y resistía el paso del tiempo. En honor a esa ciudad, ese invento se llamó pergamino.
Otro paso clave fue la idea del rey de Biblos, de apilar manuscritos en un solo tomo, en lugar de llevarlos enrollados. De ahí proviene el término griego biblion, raíz de “Biblia” y de “biblioteca”.
Como dijo Borges:
De todos los instrumentos creados por el hombre, el más asombroso es el libro. Los otros son extensiones de su cuerpo; el libro es extensión de su memoria y de su imaginación.
La primera palabra
La primera palabra registrada en la literatura occidental es “cólera” en la Ilíada de Homero. El poema empieza describiendo uno de los sentimientos más intensos del espíritu humano. Ahí comienza el viaje de la palabra escrita y de los libros: de Sófocles a Shakespeare y Chespirito, de Dante y Dylan a Joaquín Sabina, de García Márquez y Lewis Carroll a Cervantes, de La muerte sin fin de Gorostiza a los poemas anónimos de los mingitorios de cantina.
Sócrates, sin embargo, ya advertía sobre la paradoja de la escritura. En el Fedro, Platón pone en su boca:
Es olvido lo que producirán las letras en quienes las aprendan… Será la apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que la escritura dará a los hombres.
La ironía es evidente: conocemos este argumento gracias a un libro. Sócrates temía que las personas, confiadas en las letras, dejaran de cultivar la memoria y la reflexión propias.
El post-futuro de la escritura
Hoy escribimos y leemos más que nunca. Pasamos horas entre pantallas, teclados, carteles, redes sociales, anuncios, correos y chats de WhatsApp. Sin embargo, desde 2011 se habla del “efecto Google”, descrito por el psicólogo D. M. Wegner: priorizamos recordar dónde está la información antes que recordarla. No sentimos necesidad de saber, basta con saber googlearlo… o preguntárselo a ChatGPT.
Todos hemos visto la escena: alguien duda de un dato, otro saca su smartphone y, tras googlearlo, emerge como si fuese un erudito. “Entonces se creerán sabios, en lugar de serlo”, diría, otra vez el viejo Sócrates. El conocimiento, sin embargo, es más que consultar un buscador. Recomiendo una lectura perturbadora: Diabolus Ex Machina. Después de leerla, quizá su visión sobre la inteligencia artificial cambie.
El alfabeto “mexicano”
Desde niño me pregunté qué lengua hablamos en México. Siempre me dijeron que era español, pero al ver televisión o escuchar música de España descubrí que muchas palabras no significaban lo mismo. Hoy, incluso, cuando veo una película española, necesito subtítulos.
Allá no conocen el color café; al zorrillo le dicen mofeta; y, lo más desconcertante, para los españoles una tortilla es un omelet de huevo, no la base del taco.
En México, en cambio, nuestra lengua es un híbrido: español antiguo, náhuatl, inglés gringo, arabismos y otros sincretismos. Bien podría decirse que hablamos “mexicano”.
Nuestro alfabeto también es peculiar. Oficialmente tiene 27 letras (y en un tiempo se incluyeron “ll” y “ch”), pero en la práctica sucede otra cosa:
Z y S son indistinguibles en México; en el español de España sí hay una clara diferencia entre ellas.
B y V son homófonas en México; no hay diferencia real entre “b de burro y v de vaca”.
Q y K se pueden intercambiar sin problema.
H es muda salvo cuando forma “ch”.
Y griega es un enigma: no es griega ni tampoco “i”. Su sonido original remite a una “u” semiconsonante.
Epílogo
De las tablillas de arcilla a los teclados táctiles, del papiro al PDF, de Homero a WhatsApp, la escritura es memoria colectiva e imaginación compartida. Aunque el alfabeto se transforme y reinvente, seguirá contando nuestra historia y conjurando su antigua magia. Porque el impulso de dejar huella —de inscribir el pensamiento en signos— continúa tan vivo como al principio.















