Más allá de cualquier construcción de una perspectiva exacta derivada de la configuración psicológica del espacio, es decir, de aquellas representaciones que pueden o no tener homogeneidad e infinitud, y que, por la vivencia, se transforman en espacio matemático, surge una paradoja: esta estructura niega la imagen “delante” o “detrás”. Así, resulta difícil separar la percepción visual del espacio libre de la imagen reticular del ojo, donde las líneas no son fijas, sino que se curvan.
En este contexto, el “Hombre de Vitruvio”, inscrito en un círculo y un cuadrado, representa la conexión entre el hombre y el universo. El círculo simboliza el cosmos, mientras que el cuadrado representa la tierra. Aunque el dibujo no posee un punto de fuga, en el sentido clásico de la perspectiva lineal, la armonía de sus proporciones puede interpretarse como una búsqueda de un “punto de equilibrio” entre el cuerpo humano y el universo.
Pero entonces, ¿no será también la propia muerte de las distintas conciencias del animal humano? Leonardo no solo leyó a Vitruvio: quiso ilustrar y verificar esas proporciones con su propio estudio del cuerpo humano. Un cuerpo no solo físico, sino también espiritual; un ser íntegro, una iluminación de la creación misma.
Un artefacto cósmico perfecto en geometría, matemática y conciencia.
La muerte de una conciencia para dar paso a otra no es más que un ciclo semejante al final de la Edad del Hierro: el hombre ya no necesita de dioses, se vuelve antropocéntrico y asume su existencia, cuida el fuego y controla la naturaleza. Del mismo modo, en el espacio matemático las líneas rectas y los puntos de fuga crean la ilusión de profundidad, aunque también sirven para engañar al ojo y simular cómo vemos el mundo real. El horizonte, en perspectiva, se ubica en la línea imaginaria que marca nuestro nivel de visión.
En la muerte de la conciencia, el Hombre de Vitruvio puede comprenderse en un contexto más abstracto: todos los elementos del dibujo convergen en el centro del hombre, su punto de equilibrio. Los ángulos de los brazos se aproximan a 90 grados, extendidos en direcciones distintas; las piernas, al separarse, forman ángulos variables, que sugieren movimiento y balance. El cruce del círculo y el cuadrado en el ombligo señala el centro de gravedad del cuerpo humano.
Así, el Hombre de Vitruvio puede simbolizar la muerte de cada conciencia en dos dimensiones: cada pensamiento perece para dar lugar a un nuevo. Una especie de embrujo que la mente teje, en lucha interna con el yo.

Leonardo Da Vinci, 1492. El Hombre de Vitruvio. Gallerie dell'Accademia, Venecia, Italia.
En otras palabras, la muerte de la conciencia es la muerte de cada viejo pensamiento: un renacer constante frente a múltiples egos. Aristóteles lo explicó como estoicismo: los pensamientos moldean a las personas, pues de ellos surge la acción; de la acción, el hábito; y de este, el carácter y el temperamento. Así, cada hombre crea su propio universo y debe interactuar con él en equilibrio.
Este principio, recuperado en el Renacimiento, nos ofrece valor y entendimiento: regresar a los orígenes, a la creencia en un ser equilibrado, como la matemática que une la esfera y el cuadrado, la tierra y el universo. Los pensamientos son parte o totalidad de la conciencia en sus diversas manifestaciones.
Nada está por crearse, porque ya existe. La emoción verdadera no nace de una inducción intelectual ni de la razón pura: exige asumir, liberarse de la esclavitud emocional. No se puede obtener claridad en la oscuridad de una habitación si no se enciende la luz.
Pensar que es posible despojarse del mundo natural para impulsarse hacia un origen más científico implica reconocer la fuerza del interés individual por investigar las leyes que rigen la naturaleza. Sin embargo, este impulso no conduce a un simple alejamiento, sino a un retorno a la realidad empírica del hombre, a su descubrimiento en la tierra y en el vasto universo que lo contiene.
Este proceso se fundamenta en la libertad de pensamiento y en el despertar de una nueva conciencia, una conciencia que busca salir de las tinieblas del pensamiento, controlado por el clericalismo y las viejas estructuras dogmáticas. Y aunque se ejerce una crítica al clero, se mantiene un respeto hacia la Iglesia como institución que, con sus luces y sombras, forma parte de la historia cultural del ser humano.
Más allá de todo entendimiento, este tránsito conduce a la emancipación plena del ciudadano, a la autodeterminación de su espíritu y a la creación de un destino en equilibrio con su propia razón.
En este camino, el Hombre de Vitruvio puede simbolizar la muerte de cada conciencia en dos dimensiones: cada pensamiento perece para dar lugar a otro nuevo. Así, el ciudadano emancipado se renueva en cada ciclo, afirmando su autodeterminación y creando un destino en equilibrio con la razón y con el universo que habita.
Para finalizar
El Hombre de Vitruvio, nacido de la genialidad de Leonardo da Vinci y de la sabiduría antigua de Vitruvio, trasciende la mera representación anatómica. Al inscribir al ser humano en las formas perfectas del círculo y el cuadrado, el dibujo se convierte en un símbolo alquímico y espiritual que nos interpela sobre nuestras propias muertes de conciencia.















