La predicción de Warhol
“En el futuro todo el mundo será famoso por quince minutos”, predijo Andy Warhol en 1978. ¿Será que Warhol imaginó que todas las personas tendrían acceso a una cámara pequeña de bolsillo, que harían de su vida una exposición, y de esa exposición un oficio? Imaginó que si estuviera vivo, detestaría a los influencers1. Seguramente, en este punto estaría de acuerdo con Fran Lebowitz, a quien no quería, me preguntó qué diría sobre la relevancia que adquirió, pues muy a su pesar, Fran Lebowitz se ha convertido en uno de los personajes más relevantes del siglo XX, una verdadera influencer, incluso antes de que el término naciera; claro que llamar influencer a Fran Lebowitz, teniendo en cuenta la connotación de la palabra, es más bien un insulto.
Entre influencers e identidades frágiles
Me pregunto cómo serían las conversaciones si las personas conservarán su identidad, si las frases no fueran comentarios reciclados de internet que se insertan como plantillas: “escuchamos pero no juzgamos”, “no tengo pruebas pero tampoco dudas”, “ella devoró”, “vamos a confiar en el proceso”, “a uno no lo han querido es nada”, “¿y pintar no te gusta?”, “X2”... Todas las conversaciones son la misma conversación, porque todos los hablantes son la misma persona. La consolidación de los influencers, las tendencias, la corrección política, el miedo a la cancelación y el afán de ser visto han menoscabado como nunca la identidad2. La gente copia la forma de hablar, vestir y comportarse de los influencers con el fin de pertenecer, y esa necesidad trae como consecuencia la pérdida de la identidad.
Porque para seguir dentro de lo aceptado es necesario acoplarse a lo colectivo. Lo cual implica no atreverse a explorar o gustar de otras cosas que están fuera del márgen, y mucho menos decir algo que pueda molestar o incomodar, pues el miedo a ser “cancelado” o “viralizado” es mayor que el deseo de expresarse y ser fiel a sí mismo. A excepción de aquellos que se benefician de la controversia y encuentran en el escarnio una oportunidad para ser vistos3.
Ahora, la necesidad de pertenecer a un grupo es tan primitiva como el ser humano. De ahí, que la aceptación sea algo que nos mueve a moldear nuestro comportamiento, como bien lo decía Pierre Bourdieu, así que modificamos nuestros gustos, forma de vestir o de hablar de acuerdo a aquello que asociamos como necesario para pertenecer a un grupo. Y no hay nada malo en ello, es algo que siempre ha existido. El problema viene cuando en aras de esa aceptación se pierde la identidad y lo colectivo toma el espacio de lo individual.
Fran Lebowitz, un icono en medio de la cacofonía de influencers
En sentido ontológico, la identidad se define como que una cosa se parezca a sí misma, es decir, que la identidad del ser humano es ser fiel a sí mismo. Así, esta tiene que ver con la manera como una persona entiende su yo: cómo se autopercibe y se muestra ante los demás. Esa identidad se construye a lo largo de la vida y se forma a partir de referentes.
Actualmente, esos referentes son los influencers. Sujetos con la misma personalidad, gustos, manera de hablar y pensamiento. De acuerdo a su enfoque se clasifican en doce tipos4 pero yo tengo una lista aún más corta: 1) Los que se especializan en moda, maquillaje, baile, manualidades o alguna actividad, y se mantienen al margen de las controversias; 2) los que adoptan un humor tonto e ingenuo y se muestran como tiernos o inofensivos, para protegerse de críticas y de “hate”; 3) los que se graban llorando, comparten detalles e historias de su vida personal para conectar con la audiencia y verse como personas reales y sobre todo resilientes (la nueva palabra de moda); 4) aquellos que usan el humor negro, con frecuencia hacen apología al delito o al suicidio en clave de broma, critican a otros influencers y buscar parecer rudos para diferenciarse; y finalmente, 5) aquellos que se perfilan como intelectuales, discuten temas de política, economía, cine, arte, psicología, medicina, entre otros, buscan proyectar una imagen verosímil, la mayoría sin tener autoridad sobre la materia.
A partir de estos referentes limitados y forzados se construyen las identidades, por eso nos encontramos atiborrados de copias y copias de las copias. Ahora, si bien es imposible no fijarse en referentes, pues nadie es netamente original, y es imposible pretender esa pureza, los referentes solían ser diversos, auténticos y llegábamos a estos de manera un poco más natural. Te volvías fanático de algún escritor porque habías escogido uno de sus libros al azar en una librería, ahora lees a Pizarnik porque se convirtió en la bandera de los influencers emo intelectuales; te ponías una prenda exótica, porque la encontraste en un viaje a Perú, ahora todos visten esa prenda porque un influencer hizo un video sobre las tejedoras indígenas de una comunidad; estabas triste y llorabas en tu cuarto, ahora pones una cámara y te grabas mientras lloras; te terminaba tu novio y se lo decías a tus amigas, ahora haces un storytime contándole a extraños; comprabas una chaqueta y te mirabas en el espejo de tu casa, ahora haces un unboxing mostrando la chaqueta que compraste.
Como dice Fran, “No hay nada malo en ser un inútil, pero guárdatelo para ti” (Lebowitz, 2021); es decir, no todo merece ser publicado y no todos merecen atención. Volvemos a Warhol, todos tienen sus quince minutos de fama… Pero no todos tienen el prestigio de Lebowitz5. Se preguntarán el porqué de esto, bueno, en primer lugar, su escritura fresca es el reflejo de un humor inteligente, un pensamiento crítico y, por supuesto, de una identidad propia. Lebowitz escribe sin pretensiones, sin la pomba, utiliza un lenguaje claro y sus textos reflejan la complejidad de la cotidianidad.
En segundo lugar, hizo parte de la escena neoyorkina de los setenta6, para empezar, fue taxista, en una época en que el oficio era monopolizado por los hombres; hizo parte de Factory, el punto de encuentro de artistas emergentes en Nueva York, a pesar de llevarse mal con Andy Warhol; asistió a fiestas en CBGB y otros clubes emblemáticos de Nueva York7, fue amiga de personajes como Robert Kennedy y Toni Morrison. Lebowitz construyó parte de la escena neoyorkina de los setenta.
Finalmente, ha logrado imponer sus demandas a la sociedad y que esta se adapte a ella y no al revés8. Es decir, sólo Lebowitz puede darse el lujo de no tener un smartphone sin caer en el ostracismo, de dar entrevistas vía teléfono fijo, de prescindir de una laptop, de no actualizar su imagen de acuerdo a las reglas del marketing sin perder relevancia. Lebowitz escapa del performance digital, de ese pensamiento colectivo en el que nadamos todos. Y en el mundo de las copias, un referente original es más que necesario.
Notas
1 Definición de “influencer” del Diccionario del Observatorio de la Real Academia Española.
2 Artículo ¿La generación sin brújula? La crisis de la identidad en la era digital publicado por Desafío Aragón.
3 Artículo El imparable poder político de los influencers publicado por Connectas.
4 Artículo Tipos de influencers: identifica y selecciona perfiles publicado por Smartbrand.
5 Entrevista Autor Fran Lebowitz on stuff she hates sobre los archivos de CBC publicados en Youtube.
6Artículo Así era la (cruda) Nueva York de los 70 publicado por Esquire.
7 Artículo CBGB, el templo del punk neoyorkino que dio su primera oportunidad a los Ramones publicado por RTVC.
8 Artículo ¡No soy un asesino!: Fran Lebowitz sobre no dormir, no escribir y no dar nombres publicado por Interview.















