Desde hace un tiempo, vengo buscando un libro sencillo que me aleje de la obsolescencia programada que nos está invadiendo desde hace décadas, cada vez con más brutalidad. Como un acto de rebeldía al consumismo, me planté firme, como Las Manzanas Silvestres de Thoreau.

Henry David Thoreau (1817-1862) es uno de esos escritores que uno conoce, pero no lee. Es un filósofo trascendentalista del siglo XIX, que fue conocido por tener una profunda conexión con la naturaleza y una crítica a la vida materialista de su época.

Al terminar el libro, pensé en el escritor y en nuestros días. Queriendo hacer un análisis contrafactual, pensaba de qué manera hubiera sobrellevado los asuntos de su existencia, si hubiese vivido en tiempos como los actuales.

Las Manzanas Silvestres es de una simpleza que puede causar alguna inquietud a cualquiera que, ensimismado en el devenir moderno, se llegue a topar con el libro. Sus páginas son una metáfora de una profunda búsqueda existencial en la que estaba inmerso el escritor.

En el libro, vierte una reflexión sobre la vida, la belleza y el significado de lo natural, usando como imagen a los manzanos silvestres.

Les puedo decir que, si no resuenan con el mensaje de la búsqueda, el significante de su prosa puede abrumar. No por lo difícil, sino por lo peculiar ¡escribe sobre manzanos silvestres! Sin embargo, el significado es profundo.

Pero analicemos por qué Thoreau pudo haber escrito un libro como Las Manzanas Silvestres y hacer de él un alegato de la vida natural. Primero, porque era conocido por ser un naturalista. Y segundo, tengamos en cuenta la época. El escritor murió en el año 1862, el libro es de una edición póstuma, en un país como EE.UU. donde la industrialización trajo consigo profundos cambios, no solo tecnológicos, sino que la vida se vio radicalmente afectada. El paisaje se fue modificando; las urbanizaciones comenzaron a abrirse paso, a costa del entorno natural. Sea de manera acelerada o lenta, la transformación era cada vez más evidente.

Walden (1854) fue uno de los libros más importantes del escritor, donde aborda su vida sencilla en la naturaleza; era un libro personal.

Otro libro que se destacó fue Desobediencia Civil (1849). Una obra crítica del estado y sus leyes injustas, con un llamamiento a los ciudadanos a desobedecerlas de manera pasiva. El escritor se manifestaba en contra de la esclavitud. Era un abolicionista que inspiró a figuras como Gandhi o Martin Luther King. El mejor gobierno es el que gobierna menos, escribió el autor.

Observemos la actualidad de esa cita, en el debate contemporáneo sobre el papel de los gobiernos y los límites a las libertades individuales. La desconfianza en las instituciones y la defensa del individualismo, son temas centrales en la obra del escritor. Estamos en un mundo complejo y polarizado, y sin embargo, lo encontramos reflejado en muchas obras de siglos pasados.

Esta persistencia, nos advierte que la lucha por la protección de la naturaleza y las libertades individuales, es una tarea constante, imprescindible comprenderla en nuestros tiempos.

Luego de haber publicado los dos libros más trascendentales de su carrera, en 1850 se retiró definitivamente a Concord, Massachusetts, donde permaneció hasta el final de sus días. Se convirtió en agrimensor y, prácticamente, su lectura se ceñía a la botánica.

El agrimensor trascendentalista: botánica y filosofía en Las manzanas silvestres

Con su nueva labor, de alguna manera, el escritor se estaba convirtiendo en un “experto en anticipar las estaciones de la naturaleza y sus fluctuaciones”. Revelación que el mismo autor hizo en su libro Tintes Otoñales del año 1882. Este hábito que desarrolló por la lectura botánica, se ilustra en su último libro: Las Manzanas Silvestres, páginas que no solo desarrollan la dendrología y la pomología, sino que son muy ricas en citas históricas, para terminar erigiéndose como un ensayo filosófico trascendentalista.

El escritor estadounidense no pasó desapercibido para sus contemporáneos ni para sus sucesores. Sus ideas eran tan férreas que llamaban la atención; muchas veces, fueron tildadas como poco convencionales. “Thoreau era un tótem de la desobediencia civil”, dijo el autor John Updike, y dejó un concepto tan interesante como dramático sobre el libro Walden. “Siendo Thoreau un excéntrico y santo ermitaño tan perfecto, el libro corre el riesgo de ser tan reverenciado y poco leído como la Biblia”.

Richard Ruland, en el libro Twentieth Century Interpretations of Walden (1922), publicó la “Carta a Wade Van Dore”, escrita por el poeta Robert Frost, donde había escrito que: “Thoreau en un solo libro supera todo lo que hemos tenido en EE. UU.”. Recordemos que Frost fue un poeta multipremiado en los Pulitzer, Medalla de Oro del Congreso, Medalla de Oro de la Academia de Letras. Un artista de los grandes para la literatura estadounidense.

Y por último, no quiero dejar de mencionar las palabras de Henry Miller, el gran provocador que influenció en escritores como Charles Bukowski o William S. Burroughs. “Thoreau era un proteccionista de la naturaleza, un tipo raro, porque era un individuo”. Definición profunda, a mi entender, porque deja de manifiesto cómo la naturaleza humana se perfiló siempre hacia la masificación, algo que, posiblemente, el escritor se resistía.

Un legado de individualidad: Thoreau y la resistencia al Hombre Masa

Evidentemente, el fenómeno de masas, tal vez incipiente en su época, haya provocado en el escritor un intenso rechazo, sumado ya a su tendencia natural de aferrarse a su individualidad, hecho que hizo que tenga una manera peculiar de vivir, casi apartado de la sociedad.

Pero vamos a lo convocante, el libro Las Manzanas Silvestres. Las manzanas silvestres son una figura retórica para expresar que lo natural es superior a lo cultivado. Aquí tenemos un principio: la intervención del hombre como sujeto que altera la naturaleza y su devenir. Thoreau le otorga un sello negativo a esta intervención.

Las manzanas silvestres, al no ser manipuladas, representan la autenticidad y la pureza. El autor describe su alegría de encontrar estas manzanas en estado natural. Esto sugiere una analogía: la verdadera belleza se encuentra en las cosas simples (naturales) de la vida. Su sueño de vivir retirado lo había anticipado en su famosa obra Walden, donde el personaje es él mismo. Se retira a vivir en una cabaña en el bosque para experimentar la vida en su forma más pura.

El escritor nos revela citas de personajes históricos o anécdotas antiguas, mostrando cómo las manzanas fueron importantes a través de los siglos, valorando, con el protagonismo, la grandeza del fruto. Fruto relevante para la alimentación de las gentes primitivas de un pueblo suizo, más antiguo que la fundación de Roma, donde no tenían ningún rastro de instrumentos metálicos.

Invoca las Sagradas Escrituras Cristianas, donde, por ejemplo, “el árbol se menciona en al menos tres lugares del Antiguo Testamento, y su fruto en dos o tres más”. En el antiguo libro católico, vemos cómo la manzana se convierte en un símbolo de connotación moral y del conocimiento. Dios les “prohibió comer del árbol del conocimiento del bien y del mal”, para que no mueran, pero viene la serpiente y tienta a Eva y ella a Adán. Lo paradójico, es que no se nombra a la manzana como el fruto prohibido. Sin embargo, el fruto prohibido es la manzana.

También, menciona al crítico de la historia, especialista de la Roma antigua, Barthold Georg Niebuhr (1776-1831), quien observa en sus investigaciones que las palabras en latín y en griego son las que definen la agricultura y modos de vida pacíficos. En cambio, las ligadas a conflictos bélicos son ajenas al griego. Por lo que infiere que la manzana, en igual medida que el olivo, podría ser considerada un símbolo de paz.

Es así como el fruto se convierte en una expresión figurada que se encuentra presente en la historia desde tiempos primitivos, como símbolo moral y símbolo de paz. Además de estas referencias históricas, el autor se refiere a acciones a las que no siempre somos conscientes. Si estamos caminando por un prado o un bosque, podemos tener la libertad de comer una manzana silvestre en el camino. Ese acto nos coloca en una posición de privilegio, de conexión con el entorno natural. Seguramente para un caminante, no sería lo mismo comer una manzana silvestre que una cultivada, donde intervino la mano del hombre.

En cambio, en el hogar, nuestras percepciones cambian considerablemente; preferimos las manzanas cultivadas en lugar de una manzana silvestre. En nuestro hogar, cuanto más intervenida por controles humanos, mejor; comemos prácticamente un producto corrompido y “manchado” por la mano del hombre. Cuanto más controles, mejor es su sabor, y más confianza se le tiene, quizás porque la industrialización nos ha condicionado a desconfiar de lo natural, anula nuestro criterio y nos convierte en rehenes de sus productos.

Pero Thoreau va un poco más allá. Al momento de considerar este regalo de la naturaleza, habla de que deberíamos tener “una actitud correcta”. Esta hace referencia a los rituales o ceremonias que algunos granjeros de Devonshire practican en su tierra. Los lugareños toman un cuenco con sidra, con una tostada adentro y se dirigen a saludar a los manzanos para honrarlos y pedirles bendiciones para poder obtener buenos frutos en la siguiente temporada.

Este pasaje tan significativo, nos enseña la importancia de honrar y agradecer a la naturaleza por los dones que recibimos, pero sobre todo, nos ayuda a entender que nuestra relación con ella no sea únicamente con ánimo de consumo, sino con espíritu de gratitud. Invita a conectarnos con la tierra, que reconozcamos nuestra dependencia hacia ella y actuemos de forma en que la preservemos.

Esto me recuerda un ritual llamado la Pachamama, una deidad venerada por los pueblos incaicos, que nutre, protege y sustenta a los seres humanos con el fruto de la tierra. La celebración se realiza todos los primeros de agosto, y se lo considera un acto de reciprocidad entre el hombre y la tierra.

Estas celebraciones paganas se desarrollan en muchos pueblos del mundo y, Thoreau como gran proteccionista de los frutos de la tierra, incluso de los que no se podían comer, reconoció que, aunque no fuera aborigen, se ha apartado del género cultivado por elección.

Las manzanas silvestres son mejores y más nobles que las tocadas por la mano del hombre; cada árbol de manzano es único. Nosotros, los individuos en nuestra individualidad, deberíamos preservar nuestra naturaleza y evitar que se corrompa por la excesiva influencia social y consumista.

Cómo un libro sobre manzanas puede enseñarnos lecciones profundas

El contraste de las manzanas silvestres y las cultivadas o “domesticadas” se convierte en una comparación con el hombre. Cuanto más aprendamos de las manzanas silvestres, es decir, ser auténticos y sin artificios, más conexión con el prójimo podremos experimentar. Un antiguo dicho inglés que el autor menciona, dice: “Cuantas más manzanas lleva el árbol, más se inclina hacia la gente”. La autenticidad es el valor central de esta filosofía.

Fue auténtico un precursor del ecologismo, un defensor de la naturaleza en su estado más puro y salvaje, que celebraba la humildad y la lucha por la supervivencia de un fruto desdeñado por la sociedad moderna formada por hombres masas; fruto honrado por los antiguos.

El libro escrito por Henry Thoreau, La Manzana Silvestre, aboga por una vida sencilla, natural, lejos de las complicaciones que implica la modernidad. El significado es que lo natural es superior a lo cultivado, que la vida en armonía con la naturaleza anterior a la Revolución Industrial es mejor que la que se estaba experimentando el escritor en aquel entonces. Imagino a Thoreau en nuestro siglo XXl. No le bastaría retirarse a las afueras, sería un auténtico ermitaño, un rebelde solitario atrincherado, protegiendo su individualidad, negándose a aturdirse en la farsa frenética de la sociedad de consumo, esperando el colapso inevitable de un mundo que ha dado la espalda a la naturaleza.