Esteban no era muy amigo de recetar medicamentos y lo evitaba siempre que podía. Lo conversaba alguna vez con uno de los dos farmacéuticos de Alminares, Álvaro García, quien era de idéntico parecer pese a que su negocio consistía precisamente en vender remedios, y cuantos más, mejor. Don Álvaro, un enciclopedista ilustrado de voz ronca y setenta y muchos años, era un hombre íntegro y toda una institución en el pueblo1.

A Esteban le hubiera encantado tratarlo más, pero el viejo boticario, aquejado de dolencias reumáticas y respiratorias, no estaba de humor para alargar las conversaciones y resultaba muy escurridizo. Contaba con un ayudante, quien le llamaba al piso de arriba cuando le mostraban una receta complicada. Allí, refugiado en su cueva y en sus lecturas, don Álvaro ejercía una vida casi monacal.

La farmacia se situaba en el barrio más alejado de la casa del médico. Aunque Alminares era una villa pequeña, la comunicación entre sus tres barrios no era para nada fluida. Formaban una “U” de trazos alargados con callejuelas enrevesadas y angostas y con un corte rocoso en el medio que se salvaba mediante un estrecho puente construido en la época romana. La consulta de Esteban se encontraba en uno de los extremos de la “U”, mientras la farmacia de Don Álvaro se ubicaba cerca del otro, lo que dificultaba aún más el encuentro entre ambos.

El farmacéutico se resistía a jubilarse porque se negaba a traspasar aquella farmacia que con tanto esfuerzo había levantado a personas ajenas a su familia. Había tenido tres hijos: el mayor, con su mismo nombre, quien había fallecido en un trágico accidente durante una cacería; el menor, Tomás, buen catador, quien carecía de profesión conocida y se había labrado fama de tarambana; y Angelines, la del medio, también farmacéutica, quien trabajaba en un laboratorio en Madrid. Don Álvaro mantenía en ella sus esperanzas y, en efecto, después de haber enviudado y con un hijo ya adulto, cansada de vivir en el vertiginoso Madrid y de andar corriendo todo el día de aquí para allá, decidió buscar la paz que ofrecía Alminares y ponerse al frente de la botica del padre, lo que supuso para éste un gran alivio. El hijo de Angelines, con pareja y trabajo, se quedó a vivir en la capital.

Al igual que no hay bien que se mantenga siempre, tampoco hay mal que cien años dure. Cuando Esteban conoció a Angelines, quien, como él, se prodigaba poco por bares y cafeterías, se turbó ante su presencia y sintió latir con fuerza su corazón. Le pareció inteligente y hermosa, aunque se dispuso a guardar distancias hasta asegurarse de que no erraba en esa primera impresión. También quería averiguar si era tan buena persona como el padre.

Un lunes a mediodía, Angelines llegó a la consulta del médico en el sillín de atrás de una motocicleta. Un vecino la había encontrado con las rodillas y manos ensangrentadas, tirada al lado de una bicicleta en la que todavía giraba la rueda delantera junto a un charco. Había intentado incorporarse y, sencillamente, no pudo. El dolor era intenso y el hombre se ofreció a llevarla al consultorio en su vieja moto.

  • Ya ves, Esteban, en qué estado calamitoso me encuentro —sonrió—. Por poco me descalabro.

Esteban constató que las raspaduras en las manos, provocadas al detener el golpe que de otro modo se hubiera dado en la cabeza, eran superficiales. Un buen lavado con agua y jabón sería suficiente. Después se cercioró de que no había rotura en los huesos, lo que parecía evidente pues, de lo contrario, el dolor sería muy agudo y Angelines apenas podría mantenerse en pie. No las había.

El vecino se disculpó, otros quehaceres le reclamaban. No había problema, Esteban la acercaría a la farmacia.

Descartadas las roturas, ahora había que lavar bien las heridas para examinar su profundidad. La suciedad que la sangre y el barro habían formado impedía una visión clara. Angelines llevaba un pantalón corto de deporte, lo que permitió a Esteban sentarla en el borde de la bañera y enjabonarle las rodillas, la parte del cuerpo que parecía más dañada. El jabón es un buen desinfectante y ahora veremos si es necesario dar algún punto de sutura.

La rodilla izquierda presentaba el corte más profundo, pero Esteban juzgó innecesario coser. Se cerraría solo, a condición de que la mujer no doblase demasiado la pierna durante los siguientes días. Lanzó su veredicto: nada grave aunque para que la herida cicatrice deberás auxiliarte, al caminar, con unas muletas. El médico explicó que no vendaría para evitar el roce de la gasa con la piel, pero que debía poner cuidado en no golpearse en esa zona. Échate un antiséptico un par de veces al día, recomendó mientras la acercaba a la farmacia. Mañana te haré una visita para saber si todo va bien.

Al regresar al consultorio, su cabeza bullía. Mientras ordenaba la consulta, puso en la disquetera el Amor brujo de Falla, una pésima elección pues la fuerza de la pasión que trasmitía aquella obra le provocó que el pensamiento al que se resistía se abriese paso sin dificultad alguna. Está bien, se confesó: cuando le pusiste una mano en el muslo para verter el antiséptico, sentiste un estremecimiento. Y Esteban se reconoce también que le cuesta borrar de su mente la vista de sus torneadas piernas, magnéticas más bien, y aquella sonrisa que iluminaba como un pequeño sol.

Esteban atendía siempre a sus pacientes tratando de deslindar el hombre que era del doctor que también era. El médico ponía sus cinco sentidos en la sanación mientras el hombre se abstraía. Pero tal cosa no sucedió ante Angelines. No hubo muro capaz de separar la atención del galeno y la atracción del varón. El roce con los muslos de aquella mujer, el contacto con su suave y tersa piel, le había soliviantado, provocado, conmocionado, turbado. Daría mi vida por verla entrar de nuevo y escuchar ese: “Ya ves, Esteban, en qué estado calamitoso me aparezco”, acariciar sus piernas y verla sonreír otra vez. Lo reconoció, esa mujer le encantaba.

Al día siguiente tendría que acercarse a la farmacia para ver cómo evolucionaba la herida. Se lo repitió: “Para ver cómo evoluciona la herida, no para volver a admirar sus piernas”. ¡Pero bueno!, se perdonó: y ¿qué pasa si suceden las dos cosas? ¿Qué tiene de malo? Eres un médico y también un hombre.

A las pocas noches de aquel episodio, Esteban Almeiras soñó que entraba en la farmacia a preguntar por unas tabletas para aliviar un resfriado de su madre. Angelines aparecía en el mostrador cubierta tan sólo por una bata transparente y Esteban se quedaba mudo ante su perturbadora belleza. Al fin sostenía una conversación sobre algún medicamento y, aunque quedaba admirado por sus conocimientos, era incapaz de retirar la vista del canal que se ofrecía entre sus pechos. El atisbo de sus pezones lo enloqueció.

Sabía que su mirada insistente no era de buena educación, pero se sentía atrapado como por un imán ante la visión de aquel busto del que debía manar un arroyo de leche y miel. Angelines le dio la espalda para buscar las pastillas en una gaveta, aunque lo miró de reojo y sonrió. Esteban interpretó que sería bienvenido y se animó a acercarse por detrás y a susurrarle algo al oído. La farmacéutica suspiró y entonces él comenzó a besarla con delicadeza en el cuello y a atrapar el lóbulo de sus orejas con los labios. Ella gemía mientras apretaba su trasero contra él, y él aprovechaba para deslizar una mano con gran destreza entre los pliegues de la bata y atraparle los pezones.

Angelines gimió más fuerte y se apretó más y más contra él, y la otra mano de Esteban bajó entonces por su vientre hasta que sintió la pelambre de la entrepierna. Allí, el dedo índice desbrozó el camino y comenzó a acariciar un clítoris empapado. Angelines, sin darse la vuelta y sin dejar de gemir, restregaba sus nalgas sin cesar contra el empinado miembro de Esteban hasta que éste, ya loco de deseo, le subió la falda de la bata para que le ofreciese la redondez de sus nalgas, mientras ella se agarraba con fuerza al mostrador dispuesta a recibir aquel ariete que se adentró suavemente en la espesura y que, después, en medio de los gritos de ella, la penetró de forma compulsiva hasta que se vino con un chorro interminable.

Esteban se despertó con la sábana mojada e interpretó el sueño con facilidad: el duelo por Cala había concluido. Los cuerpos nunca se equivocan, pensó, y pensó también que, por la intensidad de su mirada, la atracción que sentía por Angelines era recíproca. Después de algunos años de viudedad, ella debía estar preparada para una nueva relación.

Así que el médico comenzó a frecuentar la farmacia con cualquier pretexto: que si necesitaba leer en el prospecto la eficacia de tal medicamento; que si requería el consejo de la farmacéutica sobre un determinado remedio; que si sería posible preparar un complicado brebaje para uno de sus pacientes y que si tal y que si cual. Hasta que se percató de que Angelines, como no podía ser de otra manera, tenía otros pretendientes que también revoloteaban por la farmacia. Uno era un tal Matías Tizón, dueño de una de las librerías del pueblo, y otro un tal Javier Hornero, propietario de un frecuentado restaurante que se había abierto camino, poco a poco, entre parroquianos y visitantes. Con aquel apellido parecía predestinado a la restauración.

El caso es que ambos coincidían sospechosamente con él en sus visitas a la botica. Esteban supo con certeza de aquella competencia cuando, haciendo alarde de cierta valentía, invitó a la mujer a tomar un aperitivo en una terraza de la Plaza Mayor. Ella aceptó, aunque comentó que había quedado también con Javier Hornero, pero que no había problema en que se juntaran los tres. “En ese caso será mejor que pospongamos esa cita para otro día, no quisiera ser un entrometido”, se disculpó, pero ella insistió en que se trataba sólo de un amigo.

Cuando Esteban acudió puntualmente a la cita con la esperanza de quedarse un rato a solas con Angelines, comprobó que Javier Hornero no estaba dispuesto a dejar terreno libre y que el restaurante le importaba un comino si se comparaba con el interés que despertaba en él aquella mujer. Una hora más tarde, cuando Esteban se excusó porque le esperaba su madre para almorzar, Javier seguía atornillado a su asiento. Y sólo cuando el médico desapareció de su vista pareció percatarse de que se le hacía tarde para atender a sus clientes.

Javier Hornero no le pareció a Esteban un contrincante de peso. Había algo en él que, si Angelines era como se la imaginaba, no debería de atraerle demasiado; aquel indefinible rebuscamiento en su persona, en sus ropas, en sus objetos, como la pitillera de oro que, vanidoso, exhibía sin cesar; o la americana cruzada con botones dorados y el pañuelo de seda bien doblado cuya punta asomaba por el bolsillo superior de la chaqueta… no, no le pareció que aquel individuo siempre tan acicalado fuera su tipo.

Pero Matías Tizón era otra cosa: atractivo, erudito, uno de esos libreros capaces de recomendar una obra específica a cada cliente y de conseguir, con su simpatía, que se la comprasen, y una persona de esas que siempre sacan de la chistera un buen relato en el fragor de una agradable conversación. Esteban coincidió con él en otro aperitivo y tuvo que reconocer que irradiaba una luz particular y que siempre encontraba algún comentario que venía a cuento. Él sí podría ser un buen compañero para la farmacéutica.

(...)

Es domingo y Esteban Almeiras y Matías Tizón almuerzan con Angelines García. No están en el restaurante de Javier Hornero, quien nunca invitaría a ninguno de los dos a sus dominios, al menos no en compañía de Angelines. Javier Hornero los sabe adversarios y a los adversarios no hay que darles ni agua. La propuesta del almuerzo salió de Angelines, quien quiso juntar a dos de sus amistades sin ser muy consciente de que competían por ella. O tal vez siéndolo. Mechi animó a Esteban y le convenció de que no tenía que preocuparse por ella. Se quedaría encantada en casa en compañía del televisor.

El día está hermoso, el sol radiante. Eligen una terraza en la Plaza Mayor y se sientan debajo de una sombrilla. Angelines denota contento. Sin duda se encuentra muy a gusto entre esos dos amigos. Durante el aperitivo hablan de vaguedades, pero, en cuanto llega el primer plato, Esteban se ve desbordado por la verborrea de Matías. Enseguida se da cuenta de que su contrincante juega con ventaja. Mientras él empollaba los libros de Anatomía, Matías leía a los clásicos y ahora habla con voz cálida tanto de las peripecias de Odiseo como de la nobleza del feroz Aquiles, cuando recibe a Príamo y le devuelve el cadáver de Héctor, su hijo, para que le dé digna sepultura. Ese es uno de los pasajes más conmovedores de la Ilíada, pontifica, mientras a Esteban le viene a la cabeza Héctor el-de-la-sonrisa-radiante, su viejo camarada. Matías Tizón habla también de Antígona, cuando desobedece la injusta orden del tirano Creonte, quien le impedía enterrar a su hermano, y de la tragedia de Edipo, quien mató a su padre y se casó con su madre sin tener la menor idea de que eran sus progenitores.

Esteban no es que juegue en desventaja; es que se ha quedado fuera de juego. De lo que más sabe y de lo que más puede hablar es de enfermedades. Ni siquiera de enfermos, por respeto a su intimidad. No resulta un gran tema para la mesa ni muy ameno para la sobremesa; tampoco resulta cautivador cuando lo que se pretende es enamorar a alguien.

Aun así, el médico aguanta el tipo: se traga con humildad las aclamaciones de Angelines hacia los cuentos de Matías, bien ilustrativas del agrado con que las escucha, y tantea su única oportunidad, cuando el librero se refiere a Don Quijote como ese loco maravilloso capaz de hacernos reír y llorar al mismo tiempo frente al cazurro Sancho, un personaje preocupado tan sólo por llenar la panza, evitar los líos en los que lo mete su señor y gobernar una ínsula. Esteban ha leído a Cervantes y mete baza defendiendo a Sancho: recordemos que, al final de la segunda parte, Sancho se dirige a Don Quijote cuando éste se encuentra ya viejo y cansado y le anima a seguir cometiendo locuras, se atreve a decir.

Pero Javier en los asuntos literarios es imbatible: Sancho no le llega a nuestro hidalgo ni a la suela de la bota, replica envanecido. Todo, hasta ese fugaz destello de locura que en realidad esconde su preocupación por la salud y el ánimo de Don Quijote, se lo debe a Alonso Quijano; hasta esa muestra de pequeño valor le ha sido contagiada por el caballero de la Mancha.

El duelo verbal termina, no podía ser de otra manera, con la derrota de Esteban. Derrota digna, pues se ha producido en el terreno de Matías, pero derrota sin paliativos.

En los cafés hablaron del amor y Matías, de nuevo en posesión de la palabra y siempre con un cuento a mano, narra el de la princesa que no quería casarse e inventaba para sus pretendientes condiciones imposibles: matar al dragón, vencer al mago, conquistar un castillo..., algo así como los trabajos de Hércules. Hasta que un día, un mozalbete enamorado cumple con todo: se impone al dragón, derrota al mago perverso, se hace con el castillo… Entonces ella inventa una nueva artimaña para evitar la boda: el aspirante tiene que aguantar un año sin moverse de la entrada del palacio, sin importar que el sol abrase o que la nieve congele, como nueva prueba de su amor.

El joven se dispone a cumplir ese nuevo capricho: transcurre un mes, después otro…, pasan nueve, diez meses y el mozalbete sigue su espera a la intemperie; pasan once meses, once meses y tres semanas, once meses y 29 días… Y cuando solo faltan un par de horas para que se cumpla el año completo, se levanta decidido a marcharse. El rey y padre de la princesa, sabiendo que nadie más cumpliría con las condiciones exigidas y que se quedaría para siempre sin descendencia, sale disparado para rogarle, suplicarle, disuadirle, convencerle de que no renuncie. Si ha aguantado 11 meses, 29 días y 22 horas, ¿qué significa para él esa menudencia, esa nimiedad, esa minucia, ese último esfuerzo de tan sólo dos horas más? Y el muchacho responde: “Si he demostrado que podía permanecer un año sin moverme por amor a su hija y ella no ha sido capaz de conmoverse y acortar la espera ni tan siquiera una hora, entonces… prefiero no casarme con ella”.

Matías extrae una moraleja que Esteban interpreta dirigida a Angelines: “No se puede dar largas a un pretendiente durante un tiempo excesivo”.

Angelines se retira antes que sus contertulios, pues espera una visita de Madrid. Esteban se queda un rato más con el librero y le pregunta, sin rodeos, lo que parece evidente: si está interesado en aquella mujer. Y el librero le hace una confidencia: “Sí, le he confesado mi amor y me dijo que era correspondido”.

Esteban, ante aquella revelación, siente un golpe en el estómago, pero es capaz de esconder su turbación. Se sobrepone y finge indiferencia, aunque en sus labios se dibuja esa sonrisa estúpida del que se ha quedado descolocado y no sabe qué decir. Piensa que no tiene derecho a esperar nada de Angelines; simplemente se ha equivocado al creer que su atracción era mutua, al confiar en los buenos augurios que prometía aquel sueño. Bueno, no hay que darle más vueltas al asunto; nada más tenía que hacer allí. Le da la enhorabuena a Matías, expresa que ella es una gran mujer y le agradece que haya compartido la noticia. Al cabo, no le están arrebatando nada que sea suyo. Simplemente, se había hecho unas ilusiones que no correspondían.

Todavía no vamos a hacer público el compromiso, aclara Matías impertérrito, pues ella quiere compartirlo antes con su hijo, cuando venga de vacaciones. A Esteban le parece razonable y promete guardar el secreto.

El médico se retira con las orejas gachas. Camina a su casa apesadumbrado y un poco aturdido. Imagina qué hubiera pasado si algún comensal se hubiera atragantado con un hueso de pollo. Seguro que Matías no tendría ni la menor idea de cómo salvarle del ahogo, mientras que él se habría levantado con rapidez y le hubiera aplicado la maniobra de Heimlich, evitándole la muerte por asfixia. Entonces hubiera quedado como un héroe ante los ojos de Angelines, como un Aquiles o como otro Héctor; pero no, no ha sido el caso, por suerte nadie se atragantó y por desgracia, en el duelo venció Matías. Seguro que resulta un buen compañero para ella. Recuerda a los sabios griegos: “No te agobies por lo que no está en tu mano”.

Llega a casa decidido a retirarse de esa contienda, a olvidarse de la farmacéutica y a poner su mente en otra cosa. ¡Perdí la felicidad dos veces y ahora se me niega hasta la esperanza!, clama, y entonces se queja a los dioses del Olimpo, a pesar de no creer en divinidades: “¿Alguna vez sentiréis compasión por mí?” Después borra de un manotazo esas jugarretas de la mente que ya sabemos que si la dejas se mueve como un mono a sus anchas saltando por la selva de liana en liana, y se sienta en la cocina trabajosamente, como si el peso de la tristeza se hiciera sentir sobre todo su ser. Mechi ha escuchado ruidos y se asoma por la puerta. Sólo con verlo adivina lo sucedido. No pregunta ni comenta nada, le da un beso en la frente y se apresta a prepararle un café.

Nota

1 Tercera entrega de la tercera parte del libro El Stradivarius. Segunda entrega disponible aquí.