Mi recuerdo más joven del jazz siempre será el gusto que agradezco a mi madre por ese estilo de música que forjaron los afroamericanos en los Estados Unidos. Y por supuesto escuchar en el hogar de mi infancia al gran Louis Armstrong, Frank Sinatra, Cole Porter y George Gershwin. Entre los ritmos latinos, ella mantenía esa discografía jazzista en los años 60 y 70. Atesoro con claridad varias noches el ver a mis padres disfrutar en la gran terraza jardín de la casa que construyó mi abuelo paterno en la exclusiva urbanización Caurimare de Caracas, esa música acompañada de cócteles o whiskys servidos con diligencia y amor por mi papá a mi mamá. Los años pasaron y esa música dejó huella en mí.
El jazz más melódico se puede definir como el jazz clásico de las grandes bandas del swing en las décadas de 1940 y 1950. Ese era el preferido de mi madre, entre sus cantantes escuchados tenía a: Billie Holiday, Dinah Washington, Nat King Cole y Ella Fitzgerald. Para ella, el jazz experimental y más de vanguardia como el de John Coltrane o Herbie Hancock era difícil de digerir… no para mí, que sí aprendí a disfrutarlo con la madurez.
Sin hacer apología de dipsomanía alguna, tengo la sensación desde los años 1990 de que un gran deleite es escuchar o ver en vivo a una buena banda de jazz disfrutando de un buen whisky o mejor de su versión norteamericana, el bourbon.
Jamás olvido una caminata solitaria exploratoria por una urbanización costera de la isla de Gran Canaria en 1994, estaba comenzando a oscurecer y vi una elegante casa bar con terraza y balcón vista al mar. El mesonero en la amplia entrada me dice: –Pase adelante, amigo. Más de noche viene la banda de jazz, pero mientras ponemos algo de música y se puede tomar lo que quiera, le recomiendo un bourbon que va con nuestro estilo.
Me senté en la iluminada barra y pedí un vaso del sugerido trago. Ya comenzaban a poner un jazz que no recuerdo de quién era, sin embargo, no era el clásico de grandes bandas de los años 1930 o 40, ni mucho menos cantado, se acercaba a los experimentales, aunque relajante y acogedor. Luego llegaron discretamente los músicos que empezaron con el mismo estilo sin cantante, por lo que pedí otro whisky. La gente llegaba desde casuales solitarios como yo, hasta elegantes parejas y grupos de –supongo– amantes del género.
Al tercer bourbon, llegó una cantante muy buena que completó la noche, sinceramente no ubico en mi memoria que cantó. No obstante, la disfruté mucho. Ya el cuarto whisky y el frío de la noche, me decían que estaba bueno y en el descanso de la banda recuerdo que me fui caminando de regreso a mi apartamento rentado cerca del muelle de Taliarte antes de las 10 pm. Desde allí siento que el Jazz va bien con escoceses, o mejor, un buen bourbon.
Ya de regreso en Venezuela, busqué en Caracas donde escuchar buen jazz, aunque mi música preferida siempre será el rock clásico, el jazz como otros estilos latinos tiene una gran parte de mi pasión. El templo del jazz en la capital venezolana ha sido siempre el Juan Sebastián Bar desde el año 1973 y aún el mismo local está activo en El Rosal. Únicamente hice dos visitas alrededor de 1995 y sería que no estaba en una buena noche porque no vi nada como la experiencia en España. Sin embargo, a inicios de los 2000 fui a algunos conciertos de Jazz muy buenos, pero sin poder disfrutar un whiskicito ya que era en salas de concierto donde no permiten bebidas, y eso se respeta. De allí que afuera de las salas de concierto hay un buen bar antes del espectáculo o al intermedio. A pesar de esto, nada como el bar donde tocan jazz en vivo.
Los tiempos difíciles en Venezuela (de 2013 a la actualidad) llevaron a muchos a divertirse puertas adentro de sus casas, donde siempre tendrás tu música y como quieras o puedas te sirves tu comida, snacks y tragos. Detalle aparte es que mi carro actual lo apodo Sachmo en honor al gran trompetista Armstrong. Y para cerrar esta nota, sé que vienen mejores tiempos cuando el jazz de bar tendrá muchos grandes templos.
Finalmente, me gusta mucho cómo se ve reflejado en la película The Terminal (2004, dirigida por Steven Spielberg) al personaje central, Viktor Naborski, interpretado por Tom Hanks, quien es un fan del jazz proveniente de un país ficticio de la Europa oriental con muy poca libertad. Allí en el bar del Ramada Inn de Nueva York, Viktor queda maravillado al encontrar a quien buscaba, el saxofonista Benny Golson, quien toca magistralmente la pieza Killer Joe. Mientras, Mr. Naborsky tiene su lata de recuerdos en la mesa cuando cesa su larga espera y cumple así la promesa a su padre… Creo, a mi gusto y de muchos, faltó colocar en esa mesa un buen vaso de bourbon.















