Spoiler: sí logré escribir una canción. No ocurrió como yo creía cuando empecé con el hip hop.

Acepté el reto en la clase de técnica vocal: componer una de las dos canciones que presentamos en el semestre.

Este artículo es sobre cómo logré terminarla mientras me sentía suspendida, en ese punto en el que no pasa nada… pero algo se está gestando. Es también sobre cuando escribir deja de ser solo creativo y se vuelve cierre. Un puente, como diría Sting.

Sucedió justo después de publicar mi anterior artículo en Meer. Tenía demasiado en mi plato y lo primero que hice fue escribir desde el veneno: frustración, cierres, decisiones. En mi caso, descubrí que la rabia y la frustración pueden ser las llaves de la abundancia creativa.

Por fuera no pasaba mucho, pero la procesión iba por dentro.

En 2024 decidí aprender a componer. Empecé por el hip hop, convencida de que entrar por la palabra y la improvisación sería más fácil.

No lo fue.

El hip hop tiene una estética y un énfasis en el punch line que exige una agilidad mental y verbal que, a pesar de mis esfuerzos y los del profesor, no logré desarrollar. (Si quieres ver más sobre ese proceso, lo cuento en “El deseo adulto” y en mi experiencia en hip hop en “Quién manda”.)

La canción como proceso (no como producto)

En un artículo anterior incluí un video de Sting en el que explica que muchas canciones modernas están hechas para mezclarse y sostener un bucle. Eso hace que pierdan la estructura más clásica: problema, puente y resolución.

En ese mismo video dice algo que se me quedó: componer puede ser terapéutico. Eso fue para mí esta canción.

Al inicio del semestre tenía varias decisiones importantes sobre mi permanencia en algunos grupos y actividades. El cierre era inminente.

Y cerrar no es solo irse: es mirar lo que pasó, reconocer lo que se siente y preguntarme qué parte de mí estoy viendo en otros —esa que no me gusta o que prefiero negar.

Es poder integrar eso que proyecto afuera… y reconocerlo como propio.

Cerrar también es completar el ciclo de la experiencia: ver el regalo oculto en el conflicto, agradecer lo comprendido, integrar… y seguir.

En esos días también me reencontré con Borges y recordé cuánto me gustaba.

Fue como si hubiera dejado una cuerda lista en el pasado para tirar de ella justo en este momento, que no era precisamente fácil.

Ese hilo me llevó a querer escribir sobre el entusiasmo, el deseo, lo que admiro y disfruto y sobre esas cuerdas que dejamos abiertas para seguir saboreándolas después.

En la clase de técnica vocal, la profesora nos hizo una pregunta clave: ¿qué artistas escuchábamos entre los 12 y 13 años? Ese momento —cuando la voz cambia— lo que escuchamos tiene influencia en cómo hablamos y cantamos.

En mi caso tuve que separar por idiomas:

  • En inglés: Chicago, Erasure, Roxette.

  • En español: Soda Stereo y Sui Generis.

Casi todos, curiosamente, voces masculinas.

Luego vino la otra pregunta: ¿a qué artista mujer admiro hoy?

  • Sia, en inglés.

  • Ana Torroja, en español.

Y de ahí tiré otra cuerda: Mecano.

Me puse a estudiar la estructura de sus canciones. Los hermanos Cano construyen historias llenas de imágenes.

Siempre me ha parecido fascinante ese contraste: una energía masculina en las letras, sostenida por la voz profundamente femenina de Ana Torroja.

La pregunta de la profesora me ayudó a ver con claridad mis influencias. Quiero contar historias como los hermanos Cano, pero con un uso del lenguaje más simbólico, como en las canciones de Gustavo Cerati, donde lo que se siente no siempre se revela a primera vista.

No se trata de copiar. Se trata de estudiar… y volver propio lo que admiramos. (Austin Kleon lo dice muy bien en Roba como un artista.)

El lenguaje simbólico, “La cuerda”

En esa lógica de “robar como artista”, lo que tomo de Gustavo Cerati y de los hermanos Cano es el uso de lo simbólico como una llave: una forma de no decirlo todo de frente, sino de sugerir y abrir imágenes que se sienten antes de entenderse, algo que empiezo a explorar en esta canción.

Desde que leí el cuento de Jorge Luis Borges, se me quedó una imagen: una cuerda, o varias, colgando como opciones. A veces abruman, cuando no se procesan o no se integran. Las mías estaban por ordenarse en esta canción.

La primera versión de la canción estaba llena de lo que venía decantando y de lo que me daba energía para el siguiente paso. Había mucho material, pero no todo pedía quedarse. El proceso fue ir soltando hasta que una imagen empezó a sostenerlo todo: la cuerda, la suspensión y lo que se transforma ahí.

En ese proceso apareció también la imagen de Dominic Miller, guitarrista de la banda de Sting, que me llevó a tomar clases de guitarra. En la canción, la cuerda aparece en varias formas: una de ellas, como puente entre la guitarra y la voz.

Lo demás nutrió la idea central: lo que pasa en la quietud, cuando no hay resonancia porque la cuerda no está vibrando. La primera imagen, la que abre la canción, es una embarcación sostenida por dos lazos en direcciones opuestas.

La letra llegó primero, apenas me desperté. En esos momentos sirve tener una grabadora o una libreta cerca, para atrapar eso que aparece cuando una no está ni aquí ni allá. Llegué a clase con eso, y la profesora sacó los acordes. Cuatro acordes, en 4/4. Me sigue asombrando esa capacidad de escuchar un sonido y saber de dónde viene. Magia. Y también confirmación de que fue buena idea tomar clases de guitarra este semestre: ya empiezo a reconocer patrones.

En esa primera estrofa apareció también la imagen de El Colgado, el arcano 12 del tarot de Marsella: la quietud, la confianza en el proceso y la posibilidad de ver todo al revés. Justo donde estaba yo. No era bloqueo. Era suspensión.

Cuerda, y estar suspendida. No colgada. Esa diferencia se volvió importante después.

Para la siguiente clase escribí la segunda estrofa. Fue más sencillo: ya tenía la métrica y la rima. Esa semana, además, escuché en YouTube el mito de Astrea: frente a la injusticia, no pierde la fe, pero se retira y asciende, dejando atrás lo humano y volviéndose visible en otro plano, asociada a Virgo.

También entendí algo más personal: el nodo sur en Virgo —ahora en tránsito— nombra una tendencia a controlar, a querer ordenar lo que no necesariamente se deja. En esa tensión apareció la rendición como otro movimiento posible.

Al oír el mito de Astrea, sentí que ese retiro era el cierre que necesitaba: salir de donde ya no hay frecuencia y ocupar mi lugar en otro espacio.

Los otros artes que ayudan a bajar la información

La idea de la cuerda y la suspensión atravesó todo el proceso de composición. Para entrar ahí, al inicio me puse en modo asociación libre: enlazar, amarrar, atar, subir, salvavidas, horca, péndulo, guitarra, vibración, sonido, tejer, nudo, cordón, cordón umbilical, conexión, alianza, hilo, jalar, hilo de Ariadna, saltar lazo, arco, liana, vela, cometa, trompo, columpio, balancearse, arnés, rienda, látigo, hilo. Seguro a ustedes se les ocurren más. Ese era el universo de la cuerda.

También apareció lo visual: la carta de El colgado y la imagen de una mujer suspendida por una cuerda, en postura de arco (urdhva dhanurasana). Le pedí a la inteligencia artificial que la construyera para llevarla de modelo a una clase de acuarela. Se negó: leyó la imagen como vulnerabilidad o alusión al suicidio. Me sorprendió, porque yo estaba muy lejos de eso y no quería transmitir eso con la canción.

Después de ajustar el “prompt”, me dio una versión más cercana. Me sirvió para la clase. La acuarela me exigió lo mismo que la canción: esperar, dejar secar, no precipitar.

A la sesión llevé la letra, que ya tenía coro y precoro. En la estructura de una canción el precoro y el coro tienen una función muy importante. En una balada, el precoro funciona como un puente emocional: recoge lo que viene de la estrofa y crea tensión, preparando el momento de mayor intensidad. El coro es el centro de la canción: donde se condensa la idea principal y la emoción más clara. Suele ser la parte más memorable y repetida, la que se queda.

En paralelo a la cuerda, aparecía una frase de un juego de la formación en terapia Gestalt: “la tiro, la cojo”. En Latinoamérica esas palabras tienen una carga sexual evidente. La amiga con la que había ido a la clase se rió y bromeó que era por eso que la IA se había negado a darme la imagen que le pedí.

Me llevé esa incomodidad a la casa: esas palabras tenían que cambiar. Mi canción no es sobre eso, aunque el juego de soltar y tomar —como en una liana, al estilo Tarzán— fuera tentador.

Yo creía que el cierre de la canción era salir del estado de suspensión. Empecé a intuir que no era tan simple: que la suspensión no era bloqueo ni se resolvía con una decisión. El puente y el coro nacieron desde ahí, pero me llevaban a un cierre que no estaba viviendo. Pasé varias semanas entre frustración y escucha, esperando a que el cierre apareciera.

Lo que aparece cuando dejo de empujar

En los días de descanso de Semana Santa dormí más y soñé con claridad. Ayudó el silencio, la pausa. Soñé que Gustavo Cerati me pedía mi business card. Le decía que no tenía, que en mi cartera debía estar una de cuando era profesora de yoga. No la encontraba. Me desperté con la angustia de tenerlo ahí y no poder mostrar quién era y por eso perder el contacto.

Era evidente: el asunto era la identidad. ¿Soy lo que hago? ¿Qué pasa si cambio? ¿Dejo de ser? Venía haciéndome esas preguntas porque me inscribí a un open day de un posgrado y sentí que, con mi trayectoria variada, no sabía cómo presentarme.

En el sueño le daba las gracias a Cerati por tres canciones: Planta y Moiré, de Sueño Stereo, y Sulky, de Siempre es hoy. No son éxitos de radio. Son canciones a las que se llega cuando se tiene el disco y se escuchan tantas veces que se les encuentra el gusto.

Moiré trajo la clave. Está escrita en primera persona y habita una suspensión serena, incluso gozosa. Yo estaba en ese mismo umbral, pero sin esa tranquilidad. Hay presión por moverse, por producir. Quedarse quieta a veces se asocia a la muerte. Esa canción me abrió otra posibilidad: ¿Y si la pausa también es un lugar de gozo? ¿Y si la suspensión no es bloqueo?

Dejé de empujar y llegó mi respuesta. Una semana después, en una charla sobre innovación, escuché una frase que terminó de ordenar las piezas: “el desbloqueo se da cuando aceptamos la nueva identidad que surge del proceso”. Eso era. No estaba bloqueada: estaba en tránsito. En la pausa había aparecido una identidad nueva.

Pude escribir la estrofa final. En ella nombro un arrullo que regula mi cuerpo; está en una cuerda que vibra, en la guitarra y en mi voz. Soltar, reconocer lo que se transformó y nombrarlo sin duda: soy artista; canto, compongo, toco guitarra y escribo.

Llevo doce semanas en esta canción. Me alegra haber llegado al cierre desde el gozo. La próxima semana la presentaré en clase de técnica vocal. Será una experiencia completamente diferente a las presentaciones de otros semestres donde canté canciones de otras personas. Lo que pase ahí será otra historia.