El concepto de “Pueblo Elegido” que se maneja regularmente acerca del judaísmo ha enfrentado incomprensiones históricas que van desde acusaciones de superioridad racial o religiosa hasta conceptos que se han transformado en prejuicios discriminatorios, incluso la conformación de filosofías como la llamada “Teología de la sustitución”, donde los judíos dejaban de ser el pueblo de Dios debido a haber cometido el juicio de “deicidio”, con la firma de la declaración de Nostra Aetate en el Concilio Vaticano II hace más de seis décadas, se dejó de contemplar este pensamiento y se ha promovido el diálogo interreligioso y la aceptación entre cristianos (católicos en este caso) y judíos.
Es importante explicar, a partir del análisis textual de la Torá, la Halajá y las enseñanzas rabínicas, que la elección de Israel de acuerdo con la tradición monoteísta constituye sobre todo un mandato espiritual de servicio y de sometimiento a la voluntad divina, basado en los principios de Or LaGoyim (luz para las naciones) y tikún olam (reparación del mundo).
De acuerdo con los fundamentos del pacto abrahámico, la primogenitura espiritual de Israel se encuentra explicada desde el texto de Éxodo (Shemot) 4:22 y el reconocimiento de que todas las naciones poseen un propósito divino bajo las leyes universales atribuidas a los Hijos de Noé, sobre lo cual se habló en un artículo anterior1, con lo cual se puede considerar que la elección no implica exclusión, sino una responsabilidad ética universalista. La tradición judía, por lo tanto, afirma que el pacto con Dios conlleva una misión de servicio moral hacia toda la humanidad.
El origen del concepto se remonta al pacto divino con el patriarca Abraham (no se debate su existencia histórica o no, solamente la base teológica que se desprende de él). En Génesis (Bereshit) 12:3 menciona que por medio de Abraham serían bendecidas todas las familias de la tierra. De acuerdo con Greenberg (2011), este pasuk (versículo) refleja que la elección del pueblo de Israel es instrumental para el beneficio universal, incluso antes de la aparición de Israel y sus tribus. Esta idea es reforzada posteriormente en el monte Sinaí, donde señala que Israel sería un pueblo atesorado, reino de sacerdotes y una nación apartada (santa).
Incluso, por esta razón en el pensamiento judío el rol sacerdotal implica mediación delante de Dios y un ejemplo moral ante otras naciones, con la práctica de Kidush Hashem (Santificación del nombre divino) y ser un testimonio ético a tal punto que hay prohibiciones de cosas en las cuales el sacerdote (cohen) no se puede “contaminar”.
En términos bíblicos, Israel es definido como primogénito de Dios (Éxodo / Shemot 4:22), pero el concepto de la primogenitura, sin embargo, no niega la existencia de otros hijos, sino que compromete al primogénito e hijo mayor con un deber de ser ejemplo hacia el resto de sus hermanos como lo mencionaría el Rabino Sacks (2015), de ahí que aparece el concepto de ser Or LaGoyim (luz entre las naciones), tal y como lo señala el profeta Isaías (49:6) el cual sostiene la idea central de la misión judía ante la humanidad, inspirar una visión de moral y justicia para todos (Heschel, 2001), de esa manera, ser elegido no implica poder o superioridad, sino carga ética y responsabilidad en sus actos, por esto los profetas han explicado que entre mayor sea la cercanía con la fuente de la espiritualidad (Dios), la exigencia de perfección moral estará presente. También, por esta razón la ley judía (Halajá) regula esta misión por medio de un sistema de mandatos que guían la vida cotidiana en pro de la santidad y el tikún olam, así se encuentra establecido en la Mishná en el tratado de Sanedrín 4:5.
Debe señalarse que el judaísmo no es proselitista, no existe la concepción de que para llegar a la fuente divina se deba hacer conversión o aceptar el “yugo de la Torah”, lo que no excluye a aquellas personas que de manera consciente toman la decisión de abrazar el judaísmo. El de la humanidad que no es del pueblo judío, la tradición rabínica reconoce que tienen un camino espiritual propio y de enorme valor moral a través de los Siete Mandamientos Universales dados a los Hijos de Noé, orientados a la justicia y el reconocimiento del Creador, así lo explica el Talmud en el tratado de Sanedrín 56a, contemplando que los justos de las naciones del mundo tienen parte en el Mundo Venidero.
En este sentido, Heschel agrega que los textos bíblicos entienden acerca de la diversidad humana como parte del diseño divino, de ese modo, todas las naciones del mundo tienen valor y sentido en la obra de la creación como menciona el texto de Salmos (Tehilim) 145:9 “Dios es bueno con todos, y Su misericordia está sobre todas Sus criaturas”.
Para el pueblo judío, ser llamado “pueblo elegido” también ha significado ser blanco de persecuciones, la existencia judía se ha visto estigmatizada por sufrimientos históricos como exilios, pogromos, y genocidios tales como la Shoah, lo que mostraría que el concepto de elección estaría implicando también riesgos y prejuicios basados en elementos incluso de “celos sociales”.
En este punto, de acuerdo con el pensamiento de Emmanuel Lévinas, la elección es la obligación de responder al Otro, lo que sería la responsabilidad hacia el prójimo convirtiéndose así en el centro mismo de la identidad judía en general.
Por otra parte, de acuerdo con el profeta Isaías en el contexto mesiánico del judaísmo, se describe un futuro donde todas las naciones se acercarán a Dios, con Israel como guía espiritual (Isaías 2:2-4), en aquel momento, ninguna identidad desaparecerá y la paz universal no anulará la diversidad entre Israel y los pueblos del mundo, en este punto el fin último del judaísmo no es la supremacía espiritual de Israel, sino la redención completa del mundo, donde la profecía habla de una justicia que prevalece, el fin de las guerras y las armas cesen de ser construidas y transformarlas en herramientas de trabajo y donde Dios sea Uno para todos, mismo pronóstico que explica el profeta Zacarías, por lo que el fin siempre incluye a todas las personas del planeta sin distinción.
Finalmente, ser elegido lo que significa es ser modelo de moralidad, paz y justicia, guiando con humildad hacia la realización del propósito divino universal. El rabino Hirsch diría pues que “La grandeza de Israel consiste en su misión, no en su privilegio”. De esta forma, la elección del pueblo judío, entonces, se manifiesta como un llamado a servir a Dios, al prójimo y a la humanidad entera.
Referencias y notas
Gopin, M. (2000). Between Eden and Armageddon: The future of world religions, violence, and peacemaking. Oxford University Press.
Greenberg, I. (2011). The Jewish way: Living the holidays. Simon & Schuster.
Heschel, A. J. (2001). God in search of man: A philosophy of Judaism. Farrar, Straus & Giroux.
Hirsch, S. R. (1992). The Nineteen Letters. Feldheim Publishers (Trabajo original de 1836).
Kellner, M. (1991). Maimonides on Judaism and the Jewish people. SUNY Press.
Lévinas, E. (1984). Ética e infinito. Gedisa Editorial.
Sacks, J. (2003). To heal a fractured world: The ethics of responsibility. Schocken Books.
Sacks, J. (2015). Not in God’s name: Confronting religious violence. Schocken Books.
La Biblia Hebrea (Textos de la Torá y Profetas citados: Génesis, Éxodo, Isaías, Amós, Salmos, Zacarías).
Talmud de Babilonia, Tract. Sanedrín 4:5; 56a; 105a.















