La obra de Manuel Puig se erige como una de las operaciones más singulares de la literatura latinoamericana del siglo XX: una escritura que no reniega de la emoción, que se alimenta de la fantasía cinematográfica y que asume sin pudor los giros y clichés, los estereotipos y las formas consideradas “menores” por la alta cultura.

Lejos de la ironía distante o del mero pastiche, Puig construye un vínculo afectivo con el público a partir de una devoción genuina por el cine clásico, el star system y la sensibilidad popular, reformulando la dramatización recurrente como una herramienta expresiva y política.

Desde sus primeras novelas, concibe la literatura como un espacio en el que la experiencia emocional es central. Sus personajes sienten de manera intensa, excesiva, melodramática; aman, sufren y fantasean siguiendo los modelos aprendidos en la gran pantalla.

Esta “creación emocional” no es un defecto ni una ingenuidad: es una toma de posición estética. El autor de títulos como The Buenos Aires affair entiende que la emoción es un lenguaje compartido con el lector, una zona de reconocimiento mutuo que permite que la obra circule más allá de los límites de la literatura experimental o elitista.

El séptimo arte ocupa un lugar fundacional en esta operación. Para Puig, la fantasía fílmica no es solo una influencia temática, sino una forma de organizar la percepción del mundo. Las estrellas de Hollywood, los géneros clásicos, los diálogos aprendidos de memoria y las tramas repetidas funcionan en su imaginario como matrices de sentido a través de las cuales sus personajes interpretan la realidad.

El star system no aparece como un simple decorado nostálgico, sino como un dispositivo de identificación: las figuras cinematográficas ofrecen modelos de deseo, de conducta y de sufrimiento que estructuran la subjetividad.

En este punto, la tolerancia —e incluso la celebración— de la propagación del código emocional resultan clave para la comprensión de esa estructura. De ningún modo el escritor intenta desmantelar esta forma desde una posición de superioridad intelectual; por el contrario, la acepta como parte constitutiva de la cultura sentimental.

La recurrencia afectiva, en su obra, es una lengua común: permite que el lector reconozca situaciones, emociones y conflictos sin necesidad de mediaciones complejas. Sin embargo, esta tolerancia no implica ingenuidad: al reiterar y acumular clichés, Puig deja en evidencia sus mecanismos, su artificialidad y su potencia afectiva.

Es aquí donde lo kitsch adquiere una formulación específica. En lugar de ser entendido como un error estético o un exceso de mal gusto, el simbolismo de saturación en Puig se transforma en una forma estratégica de comunicación.

La exageración sentimental, la repetición de fórmulas melodramáticas y la apelación directa a la emoción construyen una estética que busca deliberadamente el contacto con el público. Lo kitsch deja de ser un residuo cultural para convertirse en una esclusa de escape para el lector, especialmente aquel formado por el cine, la radio, las revistas populares y las narraciones seriadas.

Esta lógica de acumulación y exceso puede releerse a partir del llamado efecto fregadero-fregadero, concepto atribuido a Alfred Hitchcock para pensar la primacía de la lógica emocional por sobre la coherencia racional estricta.

En este sentido, el trabajo de Puig no busca resistir el análisis frío posterior —ese momento en que, ya lejos de la experiencia estética, el espectador o lector detecta artificios, repeticiones o inverosimilitudes—, sino garantizar que, durante el contacto con la obra, la intensidad afectiva sea absoluta.

La saturación de voces, géneros, clichés y registros populares funciona así como un dispositivo de absorción total: mientras dura la experiencia, no hay distancia crítica posible.

Como en el cine hitchcockiano, lo importante no es la explicación perfecta, sino la eficacia del hechizo, una lógica interna sostenida por la emoción, el deseo y la identificación, que solo puede ser cuestionada una vez que el relato ya ha cumplido su función.

En un espacio donde todo confluye, su desarrollo reúne restos, fragmentos y excesos que, lejos de anularse, producen una experiencia estética singular.

El resultado es una obra profundamente democrática en términos culturales. Puig no escribe “sobre” la cultura popular, sino desde ella, compartiendo sus lenguajes y afectos.

Su devoción por la fantasía fílmica no es escapismo (aunque lo parezca), sino una forma de comprender cómo los sujetos construyen sentido y consuelo en un mundo atravesado por frustraciones, desigualdades y deseos insatisfechos.

La reciente versión cinematográfica de El beso de la mujer araña funciona como una confluencia notable con el camino estético y afectivo que recorre toda la producción literaria de su autor.

Lejos de actualizar el texto desde una lógica meramente contemporizadora, la película recupera y potencia aquello que ya estaba en el núcleo de la novela: la centralidad de la fantasía como refugio emocional, la potencia del relato compartido y la convivencia entre melodrama, política y deseo.

En esta relectura, el funcionamiento de la industria, los climas exagerados y la sensibilidad border aparecen como vehículos de identificación y resistencia, lo que confirma la vigencia de la poética propia del autor y su capacidad para dialogar con nuevos públicos sin perder la densidad afectiva que define su vínculo con el espectador.

En definitiva, Manuel Puig redefine el lugar de la emoción, el cliché y lo kitsch en la literatura, proponiendo una estética donde la fantasía cinematográfica y el star system funcionan, a pesar de la lógica experimental, como dispositivos de identificación colectiva.