Durante gran tiempo tuve la posibilidad de coleccionar varios números de la aclamada Fierro. Como un suplemento mensual de Página12, con un formato de varias tiras de diferentes guionistas y dibujantes, estilos y colores; gamas y trazos muy variados hacían de la revista un hermoso cúmulo de historias, en capítulos, listas para ser disfrutadas en papel.
Mi llegada al mundo de las historietas no es por mera casualidad. Durante mi adolescencia, antes de entrar al colegio –bien temprano, con las lagañas enredadas en los sueños–, acompañaba a mi viejo a su oficina de trabajo. Allí, él y sus compañeros, en el eterno ritual del café de la primera hora donde hablaban y comentaban sobre las novedades del día naciente, de sus trabajos, del último partido de sus equipos. Mientras ellos se sumergían en su letanía cotidiana, en una esquina en el escritorio de mi viejo aprovechaba para agarrar el diario, (y como creo que la mayoría de los adolescentes de quince años no se va a poner a leer sobre economía, política o policiales) miraba la contratapa de El Tribuno, otras veces del Pregón y me sumergía en las tiras de Mafalda, Inodoro Pereyra, El Loco Chávez, Yo, Matías, Clemente. Autores de la talla de Quino, Fontanarrosa, Sendra y Trillo.
Al concluir el secundario, dejé de ser parte del ritual de las mañanas en esa oficina y se me escapó ese hábito de las mañanas, pero a la vez gané otro: la radio, como una compañera en algunos días mientras aún no tenía un equilibrado horario y podía escuchar a cualquier hora. Un programa de literatura en la noche como El Pez Naufrago, alguna vez con Alejandro Apo (animal de radio) y también con Tom Lupo, para llegar a la medianoche con el negro Dolina en el ciclo de La Venganza Será Terrible dónde te sumergías en las infinitas historias y fábulas envueltas en un halo de misterio y fantasía; otras de una realidad apabullante. Típico del negro Dolina. Qué épocas.
Fue en una de esas noches donde echado en mi cama escuchando que uno de los conductores hacía referencia a una entrevista, en otro programa de radio de la tarde sobre una oyente que contó cómo Robin Wood, otro gran guionista de historietas, que galvanizó a muchas generaciones de lectores con su obra, le había salvado la vida.
Hiela y conmueve el tono, por momentos latente, con que ella narra cómo una noche, durante la dictadura militar, un grupo paramilitar irrumpe en madrugada en un operativo de secuestro. En ese operativo buscaban a una hermana de la protagonista, que no se hallaba en casa. Que mientras removían bibliotecas, estanterías, chifoniers, pero justo debajo del colchón de la cama de nuestra narradora –mientras ella y su madre están en un rincón acorraladas y amenazadas–, uno de los agentes agarró uno de varios fascículos de la obra de Robin Wood, que había sido Gilgamesh, el inmortal. Y que este había quedado enganchado a la historieta, que la había leído durante un tiempo alargado y tenso para ellas. Que luego se lo paso a un compañero que también leyó abstraído. Pero que pasado una hora se marcharon llevándose algunos números de Gilgamesh, el inmortal y de Nippur de Lagash.
Aun conmovido por aquella historia de la noche anterior, a la mañana siguiente encaré al canillita de la esquina de casa, justo en la puerta de una librería de compras y ventas de libros usados que ahora ya no existe. Le pregunté a Ángel si tenía algo de Robin Wood, de Gilgamesh.
–No, pibe, eso ya no se consigue –fue la respuesta del diariero–, pero sin embargo está esta revista, que es más nueva, te va a gustar.
Fue allí cuando me mostró un número de la Revista Fierro. Le pagué al tipo y volví a casa preguntándome si había hecho bien hacerle caso a Ángel gastar en una revista que no sabía si me podía gustar.
Abrir la revista, ojear y leerla fue ingresar a un universo en sí mismo, tenía ante mí un mar desconocido al que solo había que sumergirse para palparte de ese mundo. Ya no eran las tiras cortas de unos cuadrantes de humor, ahora tenías historias de ficción, biopics, de diferentes tipos de trazo, colores, tonos, tamaños y estilos tan variados; cada autor era una estación propia y cada uno tenía su estilo. No encontré a Wood en aquellas hojas, pero hallé a guionistas y dibujantes como Lucas Varela, Carlos Nine, Juan Giménez, los Breccia, Minaverry, Santullo, Sasturain, Salvador Sanz, entre muchos más. Era solo tomar aire y dejarse caer de espaldas.
Con el tiempo pude encontrar más de la obra de Robin Wood y poder disfrutar de obras como Gilgamesh, Savarese y Nippur; personajes taciturnos, otros contemplativos o temerarios que son aclamados por varias generaciones de lectores. Porque muchas de estas obras calaron hondo en la imaginación y moldearon muchas miradas y formas de vivir. Para mí, fueron y son una lectura obligada y necesaria.















