Pasada ya la cumbre de la vida,
justo del otro lado, yo contemplo
un paisaje no exento de belleza
en los días de sol, pero en invierno
inhóspito.
He tomado del poeta estos versos con la pretensión, no tanto de evocar su figura (por lo demás, perfectamente conocida) como de traer a la memoria un tiempo en que todavía era posible invocar el impulso ético que animaba la lucha por la vida. Esa vida que ahora mismo se desenvuelve en medio de un invierno inhóspito, agresivo, en el centro mismo de una atmósfera crepuscular.
Quien haya visto Berlinguer. La gran ambición, película dedicada a glosar la trayectoria del que fuera secretario del Partido Comunista de Italia (PCI), no podrá sino remitirse al núcleo más dinámico del pensamiento de Antonio Gramsci, filósofo para el cual lo importante y decisivo en cualquier apuesta era la de implicarse, desde la perspectiva de una ética radical, en un fin cuya consecución debía estar en consonancia con los medios adecuados para obtenerlo. Es decir, que tanto en la arena de la praxis política como en cualquier otro registro de nuestra existencia, no todo vale. Ni mucho menos.
Enrico Berlinguer, más allá de las reservas que podamos abrigar con relación a su estrategia, fue un hombre que supo escuchar y dialogar, practicar, tanto en el seno de su partido como en los intercambios que mantuvo con adversarios políticos, esa noción básica, sin la cual cualquier tentativa, por acertada que pueda parecer en un momento dado, no puede sino acabar en un rotundo fracaso. Los casos de la antigua Unión Soviética y países satélites de la misma constituyen ya un paradigma de cuanto, durante los años setenta, sostenía el antiguo secretario del PCI: no es posible construir una sociedad más avanzada sin libertad. Libertad, claro está, basada en los pilares de la justicia y la solidaridad.
La suya fue una figura controvertida. Molesto para la Unión Soviética, dirigida entonces por una gerontocracia senil, e inoportuno para el Imperio americano por su propuesta de articular un sólido compromiso histórico con la Democracia Cristiana (DC), Enrico Berlinguer fue objeto de un atentado en 1973 por parte de los servicios secretos búlgaros durante una corta estancia en Sofía. Un hecho silenciado durante años y que la película dedicada a su memoria muestra en la primera escena.
No acabarían ahí las desventuras de nuestro personaje. En 1978, cuando estaba a punto de materializarse una primera tentativa de dicho compromiso con la DC, Aldo Moro, el político más decidido a gobernar con la colaboración del PCI, fue secuestrado por las Brigadas Rojas, un grupúsculo de extrema izquierda que, hábilmente manipulado por fuerzas más que oscuras, acabaría con la vida de Moro, precipitando así el final de la tercera vía propuesta por Berlinguer a lo largo de esos años. Se confirmaba una vez más cuanto se ha comprobado innumerables veces: el terrorismo, objetivamente, sólo sirve a los enemigos que, en teoría, pretende destruir.
El final de esa época, que terminó con la muerte de Berlinguer y la caída del Muro de Berlín, acabó —aún lo estamos viendo— en una desmovilización general en todo el mundo. De pronto, e inopinadamente, referentes que sirvieron de guía o acicate para ciertas vanguardias y movimientos que pretendían cambiar el mundo se han ido deshaciendo como un castillo de arena junto al mar, erosionado por el embate de olas que nada ni nadie ha logrado detener ni conjurar.
En España, uno de los introductores del pensamiento de Antonio Gramsci, crítico en no pocos aspectos con el eurocomunismo, fue el filósofo Manuel Sacristán Luzón, marxista de sólida formación científica, que tuvo, entre otras, la virtud de enseñarnos a pensar por cuenta propia. Director de las revistas Materiales y Mientras tanto, su pensamiento fue un vivo reflejo de esa sombra viva de la que nos habla Luis Cernuda en uno de sus poemas, «El poeta y la bestia», recogido en La realidad y el deseo:
La espada se anuncia con vivo reflejo.
Palabra de poeta refleja sombra viva.
Sacristán fue, además, un hombre que nunca abdicó de esa ética que nos transmitió a través de sus propios escritos y de la magnífica traducción que realizó para la editorial Siglo XXI del pensamiento de Gramsci1. Militante y también dirigente del Partido Socialista Unificado de Catalunya (PSUC) durante los largos años de lucha contra la dictadura franquista, fue una figura central, una obligada referencia, tanto de la política como de la cultura españolas. Jaime Gil de Biedma, que junto a otros intelectuales frecuentó su amistad y pensamiento, solicitó en cierta ocasión su ingreso en el partido al que pertenecía el filósofo.
Es ésta una anécdota que ha dado mucho que hablar.
En efecto, no pocos han querido ver en la negativa dada por Sacristán a Gil de Biedma la manifestación de un prejuicio: el del sistemático rechazo a cualquier demanda de ingreso en la antigua organización comunista por parte de un homosexual. Gil de Biedma lo era y nunca tuvo que arrepentirse de ello. Quizás, a tenor de lo ocurrido, sí habría lamentado formar parte de las filas del comunismo realmente existente.
No obstante, Manuel Sacristán no encarnaba en absoluto la figura del inquisidor que algunos han retratado en sus memorias o relatos de esos años de penitencia, o sin excusa, propios de una España agobiada por un clima de opresión insoportable. La realidad de esa época aconsejaba cautela, mucha cautela, pues toda precaución era poca para el militante comprometido que arriesgaba, si salía con bien de la tortura tras una detención, largos años de cárcel o de exilio.
Tú sabes que el ambiente en el que se movía Gil de Biedma resultaba particularmente permeable a la provocación policíaca. La Brigada Político-Social (BPS), que en esos años no perdía detalle de la vida privada de cualquier militante fichado o vigilado, podía organizar no importa qué intriga con el fin de seguir primero para desarticular después redes o células de nuestra organización. Las consecuencias, pues, podían resultar catastróficas. En esas condiciones, Gil de Biedma, vástago de una familia de la alta burguesía y ejecutivo de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, no arrostraría la peor parte. En cambio, cualquier otro militante podía perder la vida en el transcurso de los interrogatorios a los que solían someternos los esbirros de la BPS. Estimé, pues, que lo más conveniente para todos era no autorizar su ingreso en la organización del partido.
Así se expresaría Manuel Sacristán en el transcurso de una entrevista que mantuve con él en su domicilio particular de Barcelona, con motivo de mi breve colaboración en la puesta en marcha del primer número de la revista Mientras tanto. Nada que ver con las especulaciones de quienes han querido ver, de forma más que torticera, un repudio a su más que gozosa homosexualidad. Insisto: nada que ver.
Hoy, cuando el viento de la Historia nos confronta de nuevo con los viejos demonios del fascismo, de la xenofobia, del racismo rampante en nuestras sociedades pretendidamente desarrolladas, de la homofobia; cuando miles de mujeres son asesinadas cada año en todo el mundo por el hecho de no asumir valores propios de divisas ya desmerecidas, esta evocación que aquí hago pretende aunar el libre impulso del poeta con el rigor del filósofo que no reniega de la razón que enfrenta la barbarie de nuestro tiempo. Una dimensión del Mal que, asentada en Nerópolis, distribuye sus cabezas nucleares por todo el mundo como arma de disuasión para que «libre y espontáneamente» nos sometamos al Orden Nuevo que amenaza con tragarnos a todos en una orgía final de sangre, basura y desperdicio.
Los enemigos de ayer se reconcilian hoy con el propósito de repartirse otra vez el mundo de acuerdo con sus intereses. Seguros de su poder, arrogantes, sin nadie capaz de chistarles en la oreja su patética estupidez, se disponen a reordenar el orbe entero tomándose por la viva encarnación de un antiguo dios munificente, caprichoso y cruel, como si su reino no fuera de este mundo y hubiese de durar por toda una eternidad maldita y sola, desprovista de razón o sentido.
Sólo hay que observar el rostro del autócrata de turno para darse cuenta de todo aquello que nos muestra su condición: esfinge carente de misterio, vacía, con el corazón entumecido por el frío lunar de un desierto helado.
En el mundo que acaba de romper aguas con la invasión de Venezuela, y que seguirá con la ocupación de Cuba y Nicaragua, con la consiguiente derrota de Europa en la guerra de Ucrania, la toma de Taiwan por parte de China y la anexión de Groenlandia para mayor gloria de Trumpilandia, uno hubiese querido manifestar deseos de paz y prosperidad, de justicia universal, de activa solidaridad con los condenados de la tierra. Me temo, sin embargo, que la realidad de los hechos consumados que acabamos de vivir no está por la labor de satisfacer estos u otros votos que podamos formular. Sólo me resta la esperanza de que la rebeldía que brota del árbol humano, unida a la razón creadora que hunde sus raíces en la ayuda mutua como palanca para afirmar que otro mundo sí es posible, den al traste con este orden inicuo, criminal y arbitrario.
Que así sea no depende de nadie más que de nosotros mismos.
Nota
1 Antonio Gramsci; Antología; Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán; Siglo XXI Editores; 1970.















