En nuestra familia siempre hemos corrido.
Sobre todo huyendo de la policía.
Es difícil de entender.
Sólo sé que hay que correr.
Sin saber por qué, por el campo y el bosque.
Una voz en off desgrana estas palabras de Colin Smith mientras corre por los contornos de la campiña inglesa aledaños al centro en el que está internado. Ese centro, dispuesto por el Estado para corregir la conducta de este joven «descarriado» procedente del distrito obrero de Nottingham, no es precisamente un lugar de ensueño. Tampoco un recinto donde se practique la tortura con aquellos que se desvíen con mala intención del «recto camino», aunque en él se propine de vez en cuando alguna que otra paliza a quien se muestre remiso o refractario al «tratamiento» programado. Se trata, más bien, de un reformatorio al que Colin ha sido destinado tras cometer una fechoría de poca monta sin graves consecuencias.
Escrita por Alan Sillitoe y adaptada por él mismo para el cine, La soledad del corredor de fondo es una de las películas más emblemáticas del Free Cinema, movimiento que, surgido en 1956, se prolongaría hasta el final de los años sesenta con el propósito de narrar historias que reflejasen fielmente la vida cotidiana y que respondieran, además, al planteamiento de un cine social comprometido. Reactiva ante las producciones de la industria hegemónica del momento, la estética promovida por el «Manifiesto de los jóvenes airados» que integraron esa escuela británica se apartaba por completo de los gustos de las grandes productoras para trabajar con equipos de bajo coste, equivalentes a los propios de un documental. En este sentido, los realizadores que tomaron parte en esa aventura iniciática replicaron, en cierto modo, las propuestas procedentes del neorrealismo italiano adaptándolas al ámbito propio de la cultura inglesa.
Dirigida por Tony Richardson y protagonizada por un joven actor de gran talento interpretativo, Tom Courtenay, muy pronto la película devino en un objeto de culto, una referencia inevitable para toda clase de realizadores que pretendieran desarrollar un discurso rebelde e inconformista, intuitivo, transgresor de las normas y prejuicios propios de una sociedad timorata y reprimida.
Metáfora de un esfuerzo sostenido con propósitos de largo alcance, La soledad del corredor de fondo se yergue en la sombra del tiempo como un estímulo para quienes no ansían otra cosa que liberarse de la sumisión al orden establecido; emanciparse de un presente que ignora tanto nuestras necesidades como deseos verdaderos. Una carrera contra el reloj del éxito, el triunfo, el dinero. Una negación de cuanto nos niega e ignora; para afirmar, mediante el fracaso, el límite que impide al goce del Otro reinar en lo absoluto de un hastío mortal.
Viene a cuento esta historia cuando vemos cuanto está sucediendo en Estados Unidos (EE.UU.), donde gente que se ha visto en la necesidad de abandonar su país de origen para tratar de mejorar su existencia mediante el trabajo y la educación, se ve acorralada, perseguida, incomunicada en centros especiales de internamiento cuando no rematada a golpes tras sufrir los disparos de esa milicia que, como un bloque de hielo, responde al brutal acrónimo de ICE.
A los inmigrantes, en los EE.UU., se les culpa ahora de la creciente inseguridad que vive el país y del tráfico de drogas, que, como todo el mundo sabe, causa estragos entre la población desamparada.
Tal situación ha dado lugar a que no pocos observadores y periodistas hablen del retorno de un fantasma. Un fantasma que se ha extendido como una sombra a lo largo y ancho de ese inmenso territorio: el agente naranja. Recordaremos que este «agente», antes de infectar las mentes de buena parte de la gran nación americana, fue un herbicida y defoliante que los militares del Pentágono aplicaron amplia y generosamente en Vietnam.
A día de hoy no se sabe exactamente cuántos damnificados produjo, pero cálculos nada alarmistas estiman que unos tres millones de vietnamitas fueron víctimas del mismo y que unos quinientos mil niños nacieron con malformaciones congénitas tras la aplicación de semejante «programa» en esa parte de la península de Indochina. Hay, claro está, quien habla de karma, de retorno de lo reprimido u oculto, de lo no simbolizado, de lo nunca dicho ni reconocido. Brujerías. Nadie sabe exactamente qué ha ocurrido con los buenos ciudadanos norteamericanos que le han dado el poder, todo el poder, al Señor Presidente. Para saber algo más acerca de este fenómeno tendríamos que hablar con algún psicoanalista, preferiblemente francés y lacaniano. Me temo, sin embargo, que tal consulta no sea posible por razones editoriales.
Sea como fuere, y estrechamente unida al color de ese «agente», buena parte de la nación americana ve a los inmigrantes no como una fuente de riqueza y renovación sino como un foco maligno que porta consigo un virus: el de la destrucción de la «identidad» americana. Sobre todo si ese virus habla español, es pobre, no da la talla como raza blanca de pura cepa y se reproduce con facilidad en el seno de una familia numerosa. En consecuencia, pues, se ha decretado una limpieza a fondo de la sociedad americana. Todo aquel que no reúna los requisitos dictados por el algoritmo dispuesto por ese agente naranja, o cuya presencia en suelo americano sea catalogada de «anómala», habrá de ser reducido, deportado y, si a ello da lugar, eliminado de la faz de la tierra mediante el empleo eficaz de cualquier arma reglamentaria.
Es decir, que además de desempolvar la antigua doctrina Monroe, los EE.UU. recuperan el viejo sabor del salvaje Oeste americano. Ya sólo faltan aquellos pasquines que anunciaban cuantiosas sumas de dinero para quienes lograsen capturar, vivo o muerto, al fugitivo considerado como peligroso para la comunidad.
Perdamos, no obstante, todo cuidado: al paso que vamos pronto llegarán los cazarrecompensas que, a tanto la cabellera, visitarán las oficinas de Greg Bovino para reclamar, entre largos tragos de whisky añejo, la suma ofrecida por el desgraciado que haya tenido la poca fortuna de caer en sus manos.
Menos mal que otra América no sólo es posible sino realizable; que ahora mismo, en este instante, sale al paso de ese agente naranja para interrumpir o aniquilar sus efectos, tan perniciosos como deletéreos.
Hablamos de esa América soñada por Walt Whitman, «poeta del amor, de la fe y de la rebeldía», así caracterizado por nuestro muy querido y entrañable León Felipe, el cual le dedicó claros y rotundos versos a lo largo de toda su obra. Versos como estos:
Se llama Whitman. Pero Dios le llama Walt. No tiene familia. Es hijo de la tierra más que de la sangre, como todo norteamericano legítimo. Que en esto se diferencia del europeo. Y en esto se diferencia también el pionero del conquistador. No tiene genealogía.
[…]
No dice el nombre de sus padres ni de sus ancestrales. Le basta con saber que todos fueron hijos, como él, de la tierra y el viento, de esta tierra y de este viento de América1.
Sí, el mismo viento, la misma tierra que han engendrado vidas y almas como las de Renée Good y Alex Pretti, abiertas y generosas como los grandes ríos de esa nación, tan hospitalaria como fértil en otra época. Y que ante los ojos atónitos del mundo han sido asesinados a sangre fría. Asesinados, sí, por el terrible delito de ayudar a quien huye… no de la policía, sino de una banda de forajidos y matones; macarras uniformados que se tienen por dueños absolutos de la vida ajena. Renée era poeta y escritora y madre de tres hijos; Alex, un enfermero con un acusado y noble sentido de la solidaridad, muy comprometido con su trabajo y con todas las personas de su entorno. Ambos, como tantos otros cuyos nombres nunca sabremos, han desaparecido por la acción fulminante del agente naranja, esa mancha que ahora, para echar más leña al fuego de las hostilidades, ha publicado los nombres de los dos miembros de la Patrulla Fronteriza que, procedentes del sur de Texas, acabaron con la vida de Pretti: Jesús Ochoa y Raymundo Gutiérrez. Sí, dos hispanos.
La pregunta, aunque embarazosa, resulta necesaria: ¿Habrían publicado los nombres de esos dos patrulleros de haber sido anglos de raza blanca? Lo dudo. Es evidente que, para desprestigiar si cabe, y todavía más, a todas las personas procedentes del mundo hispano, se han divulgado esos nombres con el propósito, nada inocente, de convertirlos en chivo expiatorio para la masa hambrienta de un respaldo que confirme sus aprensiones.
Jesús Ochoa y Raymundo Gutiérrez, por esa transubstanciación producida por los milagros de la prensa sensacionalista, serán, de ahora en adelante, dos condenados para siempre al ostracismo en el seno de su medio cultural de origen; dos lumpen que, para salir de la miseria y del anonimato, llegaron hasta el punto de traicionar a su propia gente. Gente que, como ellos, sólo busca una oportunidad de tener una vida decente. «¿Alguien duda de la nula confianza que merece esta clase de desechos de la raza hispana?» Este será el mensaje que, quiérase o no, calará en el inconsciente de la clase biempensante. Con «ellos» —es cosa que ya se sabe— no caben distinciones. Se les podrá emplear para cualquier trabajo sucio, pero nunca lograrán la confianza o la estima del patrón. Sobre todo si el Amo, imitando el augusto gesto de Nerón o Calígula, en lugar de conceder la gracia propia de su divina potencia, tuerce el gesto, y, dirigiendo el dedo pulgar de su diestra hacia el suelo del circo, resuelve que la muerte de los gladiadores será el tributo que, por un instante, calme la sed de sangre del populacho enardecido.
Nota
1 León Felipe, «Dios le llama Walt», en Obras Completas, Editorial Losada, S.A., Buenos Aires, 1963, pp. 411-412.















